José Revueltas

14 de abril del 2011

Hay una buena cantidad de mexicanos, sin duda pertenecientes a la misma oscura fraternidad, que consideran a José Revueltas como el mejor escritor que ha tenido México desde las épocas del Virreinato en que hermosa se escribía fermosa y a la palabra Vuestra se le podían añadir eses al gusto. La lectura de una de […]

José Revueltas

Hay una buena cantidad de mexicanos, sin duda pertenecientes a la misma oscura fraternidad, que consideran a José Revueltas como el mejor escritor que ha tenido México desde las épocas del Virreinato en que hermosa se escribía fermosa y a la palabra Vuestra se le podían añadir eses al gusto. La lectura de una de sus novelas, que son bastantes, confirma que estos mexicanos no están del todo desquiciados. La lectura de otras tres o cuatro, sugiere que de todas formas sí les hace falta una que otra tuerca.

La literatura de José Revueltas es rara porque descontando a Rulfo, no se parece a la de nadie, y en realidad, leída con cuidado, no se parece tanto a la de Rulfo como suponen algunos críticos víctimas tempranas de la presbicia.  Su estilo es raro porque pasa de la oscuridad a la claridad a cada vuelta de página, porque usa las mismas palabras para hablar de sexo y de zoología, porque se detiene en detalles insignificantes del habla popular y los hace tremendamente significantes, los llena de poesía:

“La culpa no es de naiden más que mía, por haberte tenido”. En la memoria de Polonio la palabra naiden se había clavado, insólita, singular, como si fuese la suma de un número infinito de significaciones. Naiden, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de naiden.

Su voz es rara porque no nos deja tomar partido, sentir cariño o repulsión por un personaje, defenderlo o condenarlo. Sus imágenes son raras porque asocian lo bueno y lo malo, lo feo y lo lindo, impidiéndonos saber de qué lado de las cosas está parado el autor:

“tenía la costumbre de cortarse las venas cada vez que estaba en el apando, los antebrazos cubiertos de cicatrices escalonadas, una tras de otra igual que en el diapasón de una guitarra”.

La vida de José Revueltas, cuyo nombre no es un pseudónimo, parece en cambio ser completamente ficcional, un pseudónimo de sesenta y dos años toda ella. Fiel a ese apellido jacobino, que heredaron sus hermanos, todos artistas, José Revueltas se dedicó a turar la actividad literaria, que en realidad es una inactividad, con la actividad política, que lo condujo a su vez a la inactividad de estar preso. Muchos se preguntan por qué no figuró en los grupos y eventos literarios del momento, ni tuvo relaciones cercanas con ninguno de los grandes escritores mexicanos. La respuesta está en su pasado judicial, en orden cronológico. En 1958 se unió al Movimiento Ferrocarrilero, en el 68 al estudiantil.

Pero mucho antes, a los veinte años, ya había cometido el acto más revolucionario de todos, que fue salirse de la universidad para educarse a sí mismo. Sin embargo, no fue gracias a éste, sino a los demás, que terminó cumpliendo una larga sentencia el Palacio Negro, también llamado la Cárcel de Lecumberri. Hablar ligereza de una experiencia tan tétrica sin haberla vivido es sin duda una falta de prudencia, pero es difícil evitar especular sobre las facultades de una cárcel en que tanto Revueltas como Álvaro Mutis escribieron sus mejores libros. Mutis fue a dar a Lecumberri por motivos harto ajenos a la revolución estudiantil, aunque no del todo ajenos a la defensa de la cultura, y allí escribió su Diario de Lecumberri, posiblemente en la misma celda, por qué no, en que unos años antes Revueltas escribió El apando, sin duda su novela más espeluznante, y a la que pertenecen los apartes ya citados.

Al salir de Lecumberri, aunque aún alcanzó a hacer una buena cantidad de activismo político, y a fundar el Partido Popular Socialista Mexicano que casi le vale otra visita a la cárcel, Revueltas se dedicó menos a las revueltas y más a dar vueltas por el mundo, escribiendo, dando clases, hablando de sus libros. Los premios literarios no se hicieron esperar, pero tampoco se hizo esperar la muerte, que lo alcanzó en el año 76, cuando aún le quedaba más de una batalla por librar.

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