Octavio Paz

Lun, 18/04/2011 - 04:17
Octavio Paz tuvo siempre muchísimas ideas. Desde su más tierna infancia, mientras tomaba el tetero o gateaba por ahí, las más variadas ideas le aterrizaban sobre la cabeza, provenientes de los má
Octavio Paz tuvo siempre muchísimas ideas. Desde su más tierna infancia, mientras tomaba el tetero o gateaba por ahí, las más variadas ideas le aterrizaban sobre la cabeza, provenientes de los más remotos rincones del universo. A veces eran tantas las ideas que lo visitaban, que unos indisolubles trancones se le formaban entre las orejas, y lo único que oía, a veces durante días enteros, eran los pitos y los gritos y los detritos que proferían en coro sus ideas, ansiosas de llegar a su destino. En vano intentaron sus padres llevárselo por los pueblos y los caminos de México, pues las ideas lo seguían y en minutos encontraban su cabeza, por espesa que fuera la cobija bajo la cual se escondía el joven Octavio Paz, tratando de mantener la mente en blanco para que las ideas no lo notaran y siguieran, volando, su camino. Cuando cumplió diecinueve años, se le ocurrió ponerse a escribir todas sus ideas, una idea en sí misma excepcional. Pegándolas al papel, se le vino a la cabeza, como hacen con los bichos y las mariposas los coleccionistas, tal vez podría organizarlas un poco mejor, y así entenderlas. Extrañamente, sin embargo, lo primero que escribió no fueron artículos o ensayos, que suelen ser las hábitat naturales de las ideas, sino poesía, para lo cual, bien mirado, no se necesita idea alguna. Sí existen, sin embargo, unas que suelen llamarse ideas literarias, que a los poemas suelen irles muy bien, pero las ideas literarias no son exactamente ideas, pues no se parecen a las ideas políticas, o sociales, de la filosofía o de la jurisprudencia, que son ideas grandes y gordas, con barbas y bigotes. Las ideas literarias, en realidad, se parecen mucho más a un pajarito que por error se cae entre la chimenea de la mente, y aletea buscando la salida. Pero las ideas de Octavio Paz no eran ideas literarias, y por eso sus poemas son un poco extraños. De todas formas eso de pegar con alfileres las ideas en el papel le salió muy bien, pues así es que empezó a aprender a diferenciar unas de otras, y a no dejarse apabullar por las grandes bandadas de ideas que como un grupo de pájaros sobrevolaban el cielo para caer de repente en picada sobre su cabeza. Una vez, por ejemplo, a Octavio Paz se le ocurrió esto: si Dios no existe, debería existir, una idea digna de todos los aplausos y ovaciones y piruetas. Pero como aún no sabía bien qué tipo de idea era esa, intentó ponerla en un poema, como venía haciendo. Al ver que no le funcionaba, sin embargo, intentó ponerla en otros tipos de soporte, escondida en un ensayo literario, referida en un artículo del periódico, deslizada casualmente en una conversación con el vecino, cantada en la ducha, silbada al pasar. Pero nada dio resultado. Entonces juntó esa idea con otra que tenía, que era la de hacer libros por temas, y coleccionando todas las otras ideas parecidas que lo habían visitado, armó un libro sobre Dios, y en el comienzo o en el final le metió la idea esa, y por fin quedó satisfecho. Así fue haciendo libros sobre literatura, erotismo, filosofía, lingüística e historia, que le quedaron muy bien, aunque a decir verdad estas últimas eran las que le llegaban más desordenada y esporádicamente, ya cansadas de revolotear por los siglos y los países visitando las cabezas de otros pensadores. De todas formas Octavio Paz se las arreglaba para que sus libros de historia no fueran del todo incomprensibles, y aún hoy hay gente que los cita. En los años treinta, ya mucho más acostumbrado a alojar centenares de ideas en su cabeza, Octavio Paz de fue para Europa, pensando que sus ideas eran sólo mexicanas y que de ese modo podría darse un merecido descanso de cabeza. Pero en Europa las cosas estaban verdaderamente mal, y cambiaban todos los días, y mucha gente andaba como una loca corriendo por ahí, cambiando de bando, cambiando de amigos, luchando y huyendo, gritando y callando. Al presenciar ese caos general, la cabeza de Octavio Paz se llenó como nunca antes se había llenado de las más diversas ideas, que a falta de espacio en su cabeza tuvieron que acampar durante largos días en los caminos de sus orejas, esperando pacientemente su turno. Ideas comunistas, capitalistas, socialistas, derechistas e izquierdistas lo visitaron, pero también impresionistas, surrealistas y dadaístas, y también gongoristas, y quevedescas, machadianas y juanramonianas, republicanas y franquistas. La confusión lo atortoló sobremanera, y así como lo unió a muchas personas de ideas muy justas y bonitas, también lo unió con otros de ideas más oscuras, y lo hizo pelear también con los primeros. Fue amigo, por ejemplo de Pablo Neruda, que era un chileno con muy pocas ideas, y algunas de ellas bastante flacas y desorientadas, pero todas sin falta honestas y pintorescas. Eso le gustó a Octavio Paz, y después no le gustó más, y después le volvió a gustar y después ya no le gustó. Entonces pelearon, y eso hizo que las ideas más feas de todas se apoderaran por un buen tiempo de la cabeza de Octavio Paz. Un día, sin embargo, observando a la gente que corría por Europa sin mucha dirección, a Octavio Paz se le ocurrió que la libertad no necesita echar alas, lo que necesita es echar raíces, sin duda una idea brillante. Pero así como un día se le ocurría una idea así, al día siguiente se le ocurría otra del tipo cuando cayó el Impero Romano, la Iglesia lo sustituyó, que es una idea flaca y vieja, con el pasaporte atiborrado de sellos y las maletas llenas de ropa sucia. De todas formas eso de tener tantas ideas al segundo, la cabeza hecha una enorme sala de espera, un centro de refugiados, un vagón de tercera clase, no es cosa fácil, y más bien es un mérito haber sido capaz de hallar un orden entre ese delirio general. Eso, por lo menos, pensaron varios, y por eso le dieron todos los premios que existen, desde los de los municipios mexicanos hasta el premio Nobel de Literatura, que en su caso fue más un premio de archivística, razón por la cual Octavio Paz empezó su discurso diciendo: “Numerosas son las ideas que me poblaron la mente al sentarme a escribir este discurso, y no sé bien por cuál empezar”. A falta de una mejor que las demás, empezó por todas al tiempo, haciendo una larga lista de preguntas más bien poco relacionadas, lo que de todas formas constituye uno de los discursos más ordenados que en su vida profirió la atiborrada cabeza del joven Octavio Paz.
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