Algo emocionante, excitante y seductor (Parte 1)

Publicado por: maria.vargas el Lun, 01/03/2021 - 15:55
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Por: Carlos Salas.
Carlos Salas

Vivimos tiempos de incertidumbre en los que cualquier cosa puede pasar, tanto lo más irracional como también lo más maravilloso ¿por qué no? Este siglo XXI ha venido demostrando que tanto la estupidez humana como su gran inventiva van emparejadas y de la una como de la otra puede resultar lo bueno o lo malo y no hay nada que se construya que no vaya a ser reconstruido. De ahí que el modelo occidental se vea fuertemente impactado por el anti modelo chino, por ejemplo, o que en el discurso filosófico se hable tanto de ciencia y política como de… arte.

Un ejemplo de esto, en el campo artístico, podría ser las dos acciones que rompieron la burbuja especulativa del arte que dominaba desde los años cincuenta del siglo pasado, a las que hace mención el filósofo italiano Mario Perniola en su libro “El arte expandido” de 2016. La primera fue la emprendida en 2006 por la galería Saatchi de Londres quien “democratizó” la práctica del mercado artístico con su “Open Access”  bajo la consigna de que “todos los artistas son artistas”. Por Internet 60.000 artistas tuvieron un lugar de manera virtual en la prestigiosa galería sin pasar por el exigente filtro de críticos y curadores. La segunda fue la Bienal de Venecia de 2013 denominada “El palacio enciclopédico” en la que el joven curador Massimiliano Gioni introdujo 158 “artículos” que no eran tenidos en cuenta en la escena artística. 

Esas dos acciones con las que se pretendió dejar a un lado el juicio estético, proponiendo un ejercicio más de catalogación que de jerarquización, han sido sobrepasadas por la corriente feroz del mercado del arte. Paradójicamente el controvertido curador Gioni terminó absorbido ( el mismo lo admite en una entrevista reciente al afirmar que el “sistema impregna todo a tal grado que no puedes alejarte y, de hecho, si decides alejarte, probablemente estás mintiendo más que si solo fueras parte”)  y arrastrado por esa corriente al ser nombrado curador de la exposición muy institucional y jerarquizada que tuvo lugar en el museo Jumex de México en la que a Jeff Koons se le colocó al lado de Marcel Duchamp justo cuando “coincidencialmente” se subastó Rabbit por cerca de 90 millones de dólares. Hay quienes especulan que fue una jugada financiera en la que, para reanimar los precios de sus obras, el mismo Koons se metió la mano al bolsillo.

La acción emprendida por Saatchi fue igualmente arrastrada por la corriente feroz del mercado del arte con nuevas y poderosas aliadas, las redes informáticas, quedando demostrada la fragilidad de lo que aparentemente es indestructible pero que es capaz de reconstruirse llegando a superar su estado anterior. Lo que se ve como una burbuja es una pompa de jabón que va adquiriendo una superficie cada vez más resistente sin perder su flexibilidad. Es un juego muy arriesgado el de tratar de desestabilizar eso que se ha constituido como poder con respaldos financieros de crecimiento incontrolable. En contraparte los bordes se van diluyendo con lo que la marginalidad terminará por desaparecer.

El ejemplo de La Bachué, la escultura en piedra del joven escultor colombiano Rómulo Rozo puede verse desde esa perspectiva. Realizada a comienzos del siglo XX en París, centro del efervescente mundo de las vanguardias artísticas, esta curiosidad que representa un mito de la América precolombina no mereció ser catalogada como arte ni era la pretensión de quienes la encargaron (evidentemente fue hecha por encargo cosa que no sonaba muy bien para el artista libre de la época comprometido con romper las cadenas del academicismo).

A comienzos del presente siglo, esta vez no en Francia sino en Colombia donde extrañamente “apareció” La Bachué, vino a quedar de nuevo suspendida en el limbo y esta vez del arte institucional al haber sido desestimada su compra por parte de los comités de adquisiciones del Banco de la República y del Museo Nacional, poderosas instituciones que en Colombia, a partir de sus adquisiciones, dan la bendición a las obras que aspiran entrar en el paraíso del “gran arte” en donde es el connaisseur y no el coleccionista el que determina si lo que en potencia es estéticamente relevante merece ser reconocido y legitimado como arte. 

Las colecciones públicas tienden a convertirse en los mausoleos y para que las obras escapen a ese triste destino se requiere dar lo que Perniola llama “el giro fringe” del arte cuya finalidad es la “de convertir en algo emocionante, excitante y seductor lo que por sí solo no logra manifestarse como tal, o que lo es por razones que nada tienen que ver con lo que hasta ahora se entendía por arte, o que estando reconocido y legitimado por la historia del arte, incluso en calidad de obra maestra, se encuentra como momificado y embalsamado y es objeto de devoción frenética o de estudio meramente erudito, en el caso más frecuente, de visita turística”. Ahí es donde la copia, el calco de La Bachué se ha salvado definitivamente de caer en el limbo y se convierte en ese algo excitante y seductor al haber saltado la franja; mientras que la original, la de piedra checa sigue a la espera de un reconocimiento oficial.