“-Pues bien, ¡aquí está! -les dijo el anciano, con los cabellos desordenados, el rostro inflamado por una exaltación sobrenatural, los ojos centelleantes y jadeando como un joven embriagado de amor-. ¡Ah, ah! -exclamó-, ¡no esperaban tanta perfección! Están ante una mujer y buscan un cuadro. Hay tanta profundidad en este lienzo, su atmósfera es tan real, que no llegan a distinguirlo del aire que nos rodea. ¿Dónde está el arte? ¡Perdido! ¡desaparecido! He aquí las formas mismas de una joven. ¿No he captado bien el color, la viveza de la línea que parece delimitar el cuerpo? ¿No es el mismo fenómeno que nos ofrecen los objetos que se encuentran inmersos en la atmósfera como los peces en el agua? ¿Aprecian cómo los contornos se destacan sobre el fondo? ¿No les parece que podrían pasar la mano por esa espalda? Y es que durante siete años he estudiado los efectos del encuentro de la luz con los objetos. Y estos cabellos, ¿no están inundados por la luz?... ¡Creo que ha respirado!... ¿Ven este seno? ¡Ah! ¿quién no querría adorarla de rodillas? Sus carnes palpitan. Está a punto de levantarse, fíjense.
-¿Ve usted algo? -preguntó Poussin a Porbus.
-No. ¿Y usted?
-Nada.”
Lo anterior es un fragmento de “La obra maestra desconocida” de Honorato de Balzac. Es Frenhofer, el viejo pintor, quien muestra, lleno de entusiasmo, a dos jóvenes colegas, Porbus y Poussin, la pintura a la que le dedicó los últimos diez años de su vida.
El atelier de Frenhofer se encontraba en el número 7 de la Rue des Grands Augustins en el distrito 6 de París. Cuando Picasso lo supo decidió instalarse ahí y fue donde pintó su muy célebre “Guernica”. El espíritu del personaje imaginario habitaba ese espacio y para una persona tan supersticiosa, como el pintor español, se convirtió en algo que marcaría su trabajo. El pintor y la modelo, tema central del relato, fue del que se ocupó Picasso en muchas etapas de su obra.
En contraste con la romántica visión de unos artistas instalados en humildes buhardillas en el París de comienzos del siglo XX existieron elegantes “ateliers” diseñados por los más reconocidos arquitectos de la época, muchos de ellos en los estilos Art Nouveau y Art Deco tan a la moda en los locos años veinte, o Modernista como los que diseñó y construyó Le Corbusier. Fue en uno de esos en donde Rómulo Rozo talló su Bachué según se puede inferir de la fotografía realizada por el fotógrafo de los famosos, el ruso Pierre Choumoff quien realizó 295 fotografías de Auguste Rodin y sus esculturas.
Choumoff, recién llegado a París -ciudad en la que encontró refugio cuando, por su militancia en el Partido Socialista, tuvo que huir de la Rusia zarista- se instaló en un elegante estudio en Montparnasse, barrio de moda que desplazó el ya emblemático Montmartre, convirtiéndose en el fotógrafo de las celebridades. Posaron para él músicos como Stravinsky, escritores como Anatole France, pintores como Monet, bailarinas como Anna Pavlova, científicos como Einstein, políticos como Kerensky y tantos otros entre quienes conformaban la elite intelectual en la Ciudad Luz, centro mundial del arte y la cultura.
Acá, como se trata de hilar fino rastreando coincidencias, es de anotar que Marc Chagall, quien en 1912 adhirió a la Francmasonería bajo el influjo de Apollinaire, fue retratado en 1920 por Choumoff. Los vínculos entre masonería y socialismo salen de nuevo a la luz en el laberinto en espiral en el que me he extraviado con este asunto de La Bachué de Rozo.
No he podido saber en dónde se encontraba el atelier de Rozo si en Montmartre o en Montparnasse. Sus mecenas debieron ser muy selectos al decidir dónde instalar a su protegido. Es de anotar que la mayoría de los artistas que tuvieron el privilegio de habitar y trabajar en esos magníficos espacios gozaron, entre 1920 y 1930, de las mieles de la fama y quedaron luego en el olvido.
P.S.: Como nota al margen pongo en consideración la manera descarada con que se introducen falsedades y verdades a medias para construir la historia cuando se cuenta con medios, como Google y Wikipedia, que, en manos de inescrupulosos, se convierten en un instrumento para hacer pasar lo que mejor les convenga como si fuesen realidades históricas, cosa que he constatado rastreando La Bachué.
