Juan Restrepo

Ex corresponsal de Televisión Española (TVE) en Bogotá. Vinculado laboralmente a TVE durante 35 años, fue corresponsal en Manila para Extremo Oriente; Italia y Vaticano; en México para Centro América y el Caribe. Y desde la sede en Colombia, cubrió los países del Área Andina.

Juan Restrepo

Ecuador, la Camboya de América

A quien haya seguido la evolución política y social de Ecuador en los últimos treinta años no debería extrañar la situación actual de ese país ni los graves acontecimientos de esta semana, que han llevado al presidente Daniel Noboa a declarar el estado de excepción. Guardando las debidas distancias, a Ecuador, un país de gentes en otro tiempo pacíficas y honradas, le ha ocurrido lo mismo que al tranquilo reino de Camboya en el Sudeste Asiático, al cual la guerra en el vecino Vietnam convirtió en el infierno de la región. El interminable conflicto de Colombia y sus consecuencias han hecho metástasis en su vecino del sur.

Camboya fue una de las posesiones de la antigua Indochina francesa desde el siglo XIX, hasta que la metrópoli puso al país en manos de Norodom Sihanouk, un títere —pensaron los franceses— que con astucia superó a la potencia colonial, y llevó al país a su país a la independencia en 1953, al amparo de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Pero la gesta de Sihanouk no paró ahí porque, manteniéndose neutral ante los conflictos que vivía Vietnam, supo proteger a su pueblo de todo cuanto ocurría en su problemático vecino.

Norodom Sihanouk, un curioso personaje a quien le interesaba el arte, el jazz, el cine (fue director de películas él mismo) fue acusado de permitir destacamentos de tropas de Vietnam del Norte en la frontera camboyana y, en 1970, un golpe de Estado llevado a cabo por el general Lon Nol con el apoyo norteamericano, acabó con la neutralidad camboyana y se proclamó una república. A partir de ahí, la guerra se extendió por toda la península indochina. Camboya se sumió en el caos y otro golpe, esta vez de signo maoísta, montó en el poder a los Jemer Rojos que instauraron uno de los regímenes de terror más devastadores del siglo XX. Perdieron la vida cerca de dos millones de personas.

Un amigo que se fue a vivir a Quito en los años 80, cuando Colombia se estremecía con el desafío al Estado por parte de Pablo Escobar, me dijo en estos días que se marchó allí “porque Ecuador era tranquilo, seguro y barato”. Nada de eso es hoy el vecino al sur de Colombia que, como digo guardando las debidas distancias, recordaba hace años al pacífico reino del príncipe Sihanouk.

Hay demasiados episodios para tomar como ejemplo de la degradación de ese país gracias a la vecindad de Colombia, pero uno que puede estar en la mente de muchos y que resulta bastante ilustrativo, es la operación militar, durante el gobierno de Álvaro Uribe, en la que murió el jefe guerrillero de las Farc Raúl Reyes en territorio ecuatoriano en marzo de 2008.

La guerrilla colombiana, al igual que hizo la guerrilla vietnamita en Camboya, tomó a Ecuador como su refugio y, al firmarse un acuerdo de paz y ponerse en marcha la desmovilización de las Farc, vino un reajuste de las rutas internas. La cocaína comenzó a desbordar por la frontera de Ecuador buscando el puerto de Guayaquil; y un negocio que fue el sustento de las Farc y la explicación para que haya sobrevivido tantos años un movimiento así llamado “insurgente”, pasó, como no podía ser de otra manera, a territorio ecuatoriano.

Este fenómeno, por supuesto, no llega solo. De su mano llega la corrupción de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y de los miembros de la justicia. Ya los ecuatorianos están viviendo en carne propia la misma situación de Colombia: presencia de los carteles mexicanos de la droga, infiltración del Estado con la compra de jefes de policía, generales, jueces y fiscales. Y los líderes de las pandillas, desde prisiones provistas de facilidades y lujos de todo tipo, controlando las rutas que llevan la droga hasta los principales centros de consumo en Estados Unidos.

Si hubiese algún ecuatoriano leyendo esta columna le tengo una muy mala noticia: el problema ahora no hará más que crecer. Le recomiendo que estudie el caso de Colombia para que vea lo que les espera en adelante durante muchos años. No haga caso a las palabras grandilocuentes de los políticos que está oyendo en estos días: “No vamos a dejar que la sociedad se muera lentamente”, “no lograrán atemorizarnos”, “se acabaron los gobierno tibios”, “jueces y fiscales que ayuden a estos terroristas también se considerarán como partes integrantes de esa red”. Caca de la vaca; ni caso amigo, y prepárese para una mayor degradación.

Y con tres casos muy concretos le voy a dar el porqué de mi rotunda afirmación: en la película “Maestro”, que puede usted encontrar en este momento en Netflix, verá cómo Leonard Bernstein, el más famoso y aclamado director de orquesta y compositor de Estados Unidos, estaba enganchado al consumo de cocaína. En el libro “Los hombres de Putin” de Catherine Belton (página 119) verá cómo Vladimir Putin, ya desde sus tiempos de funcionario de la alcaldía de San Petersburgo prestaba protección a la entrada de cocaína a Rusia y, finalmente, cómo en las memorias del príncipe Harry, hijo del rey de Inglaterra, (página 124) confiesa que era (¿seguirá siendo?) consumidor de cocaína.

Mientras ese commodity, que circula por los aledaños o a lo mejor en el interior mismo del Carnegie Hall, el Kremlin o el palacio de Buckingham no sea legalizado como lo es hoy el alcohol, estará destinado a seguir siendo fuente de la tragedia que viven países como Colombia y Ecuador, y la sangre de sus gentes seguirá fluyendo como un río incontenible.

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