La muerte de una leyenda

“Amadeo, Amadeo, donde estas que no te veo". 

Imposible despojarlo de su rótulo de leyenda. Lo fue en River, en el fútbol argentino, en Millonarios y en el mundo de la pelota.

Subversivo en su puesto, transgresor de conductas futboleras. No se lanzaba, se estiraba. El primero en jugar con los pies, en un rol de expertos con las manos. “Las manos de dios” llamaron las suyas sus compatriotas, tan hábiles con las hipérboles para sus ídolos*

Amadeo uso gorra, guantes, rechazó el balón con la cabeza, lo neutralizó con el puño y lo domesticó con el pecho.

Fue el incitador del apodo “gallinas” para River, en un partido de copa contra Peñarol en Chile, cuando de ganador paso a perdedor. Arrugaron, decían.  Allí, en River, fue titular durante 23 años.

Amadeo no fue el mejor de su equipo, pero está en su historia. No fue el mejor de Argentina, pero sus faenas, en su mayoría, son inolvidables. Tampoco en Millonarios, donde tapo con 44 años, en su ocaso.

No fue gran entrenador en Once Caldas, donde fue despedido por el DAS, cuando no llenaba expectativas, le faltaban los resultados y no soportaban su prepotencia los directivos los que, Con maniobra sucia, lo denunciaron porque no tenía permiso de trabajo. Entrenaba como nueve y se olvidaba de era el técnico.

“Amadeo…Amadeo, donde estás que no te veo” gritaban sus críticos, porque siempre caminó en el umbral de la gloria y el desastre.

Huérfano desde los ocho años, fue conductor de motocicleta hasta los 90; lúcido, muy lúcido hasta su muerte.

Maestro de Higuita, otro revolucionario de la portería; no sobrevivió por su edad, 93 años, en la época del coronavirus. Amadeo, un histórico.
 

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