¿Quebrados?, ¡Mamola!

Aunque sigue moviendo sintonía e ingresos millonarios, el fútbol, que tantos consideran terapia o droga, pierde aceptación y respeto dentro de la comunidad que le sigue.

Se acrecienta el desencanto por los partidos que se juegan sin gol, aplaudidos por los expertos en pizarras y tácticas defensivas, que rechazan la osadía.

Es el miedo, el fútbol destructivo como castigo al talento, impulsado por técnicos de estómago, que temen perder el cargo. Sus clubes corren, aprietan y hasta muerden, pero poco juegan. Se apoyan en libretos limitados con respaldo en crucifijos y estampitas.

Frecuentes son en el fútbol nuestro.

Pocos son los que actúan con atrevimiento, rompiendo moldes, asumiendo riesgos y celebrando triunfos: el camino de los campeones.

Las quiebras ficticias.

A diario los clubes argumentan quiebras irremediables pero, en contraste, contratan figuras con desenfreno, dirigidas en el medio, por entrenadores de bajo vuelo.

Del fútbol, se predica, es un negocio que produce pérdidas. Extraño negocio porque a medida que avanza el tiempo, crece el número de equipos quebrados y aumenta el de los dirigentes ricos.

Mucho se valora a los directivos, entrenadores y deportistas, que con poco hacen mucho, como soporte anímico de una afición que sumisa acepta sus debilidades financieras. Siempre a la sombra de aquellos, cuyo poder extralimitado, marcan las costumbres de la competencia.

Por eso el fútbol pierde afectos. Porque por dentro es una bomba de tiempo. Pero, aunque decae su encanto, sigue su marcha en Colombia con nuestro apoyo masoquista.

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