El pasado deja de dirigir nuestros pasos y podemos seguir adelante sin vivir atados a quien nos hirió.
El perdón comienza cuando elegimos liberarnos de la herida
A lo largo de mi vida, y también en mi trabajo como terapeuta, he escuchado historias de traiciones, abandonos, humillaciones e injusticias que dejan huellas profundas. Yo también he conocido ese impulso tan humano de querer devolver el daño recibido, de desear que el otro comprenda lo que hizo y, algunas veces, que experimente una parte del dolor que causó.
Sentir rabia ante una injusticia no nos convierte en malas personas. Es una reacción natural cuando alguien vulnera algo importante para nosotros. El problema comienza cuando esa emoción deja de pasar y se instala. Entonces ya no estamos simplemente recordando lo ocurrido: seguimos viviendo emocionalmente dentro de aquello que pasó.
Cuando el pasado no se va
En consulta he visto cómo una ofensa ocurrida muchos años atrás puede conservar intacta su fuerza. Basta recordar un nombre, una traición o una conversación para que reaparezcan la ira, la tristeza y la sensación de injusticia.
Viktor Frankl nos dejó una enseñanza fundamental: no siempre podemos decidir lo que la vida nos presenta, pero conservamos un espacio de libertad para elegir nuestra actitud frente a ello.
Ese espacio interior es decisivo. No borra lo sucedido ni nos obliga a pensar que estuvo bien. Nos permite decidir cuánto poder seguirá teniendo sobre nuestra existencia.
La venganza, en cambio, necesita mantener abierta la herida. Para vengarnos debemos recordar, alimentar el agravio y conservar al otro presente en nuestra mente.
El veneno del resentimiento
Siempre he pensado que el rencor se parece a preparar una pócima destinada a intoxicar a quien nos hirió.
Imaginamos qué podríamos decirle, deseamos que la vida le devuelva el daño o fantaseamos con el momento en que finalmente comprenda cuánto sufrimos. Pero mientras esperamos ese desenlace, somos nosotros quienes permanecemos expuestos a esa carga emocional.
El resentimiento sostenido puede alimentar pensamientos repetitivos, irritabilidad, tensión y dificultades para descansar. También puede disminuir nuestra capacidad para disfrutar de las personas y experiencias buenas que siguen presentes.
Nuestro cuerpo participa de ese estado emocional. Vivir durante demasiado tiempo en alerta puede acompañarse de cansancio, tensión muscular y sueño poco reparador. No significa que toda enfermedad tenga una causa emocional. Significa, simplemente, que permanecer durante años en el rencor tampoco favorece nuestro bienestar mental, físico y emocional.
Lo paradójico es que, mientras todo esto ocurre dentro de nosotros, la persona hacia quien dirigimos nuestra rabia muchas veces ni siquiera lo sabe.
El bumerán de la venganza
La venganza promete una especie de equilibrio: “Cuando el otro sufra, yo estaré mejor”.
Pero el sufrimiento ajeno rara vez repara el propio.
Por eso la venganza funciona como un bumerán. La dirigimos hacia afuera, pero sus consecuencias también regresan a nuestra vida. Podemos terminar diciendo cosas que no queríamos decir, actuando en contra de nuestros propios valores o prolongando un conflicto que necesitábamos terminar.
En el fondo, casi nunca buscamos solamente castigo. Queremos recuperar algo que sentimos perdido: dignidad, confianza, seguridad, respeto o paz. Y ninguna de esas cosas depende realmente de la caída del otro.
Una pregunta diferente
Hay una pregunta que utilizo en los procesos terapéuticos porque cambia el centro del problema.
En lugar de continuar pensando: “¿Qué debería ocurrirle por lo que me hizo?”, podemos preguntarnos: ¿Qué necesito hacer para reconstruirme después de lo ocurrido?
La primera pregunta coloca nuestra atención en la otra persona. La segunda nos devuelve responsabilidad sobre nuestra propia vida.
Reconstruirnos puede significar poner límites, alejarnos, elaborar el dolor, recuperar nuestra autoestima, buscar justicia cuando corresponda o aceptar que ciertas explicaciones nunca llegarán. Sanar no consiste en esperar pasivamente. Consiste en comenzar a caminar.
Perdonar sin justificar
Perdonar no significa negar la gravedad de una traición ni permitir nuevamente aquello que nos hizo daño.
Podemos perdonar y mantener distancia. Podemos perdonar y establecer límites. Podemos perdonar y exigir justicia.
El perdón ocurre en otro lugar: en nuestro interior.
Significa renunciar a vivir esperando que el sufrimiento del otro repare el nuestro.
Y tampoco necesitamos que nos pidan perdón para iniciar ese proceso. Algunas personas nunca reconocerán el daño causado. Otras quizá ya no formen parte de nuestra vida.
Si esperamos su arrepentimiento para comenzar a sanar, hacemos depender nuestro bienestar de una decisión que no está en nuestras manos.
La libertad de soltar
Mi experiencia espiritual me ha enseñado que también podemos llevar nuestras heridas ante Dios sin disfrazarlas.
Podemos decir: “Todavía me duele. Todavía siento rabia. Pero no quiero que esto siga decidiendo por mí. Ayúdame a soltar”.
A veces el perdón comienza de una manera tan sencilla como esa.
Quizá por eso, cuando Pedro preguntó a Jesús cuántas veces debía perdonar, recibió una respuesta que rompía cualquier cálculo: “Hasta setenta veces siete”.
No era una invitación a tolerar indefinidamente el daño, sino a comprender que el perdón puede necesitar renovarse mientras una herida termina de sanar.
Porque perdonar no cambia aquello que ocurrió. Cambia el lugar desde donde decidimos continuar viviendo.
Y entonces aparece la verdadera transformación: dejamos de necesitar la derrota del otro para sentir que hemos vencido.
Perdonar es recuperar el tesoro de la libertad interior. Es llegar al momento en que el recuerdo ya no decide nuestro estado de ánimo, el pasado deja de dirigir nuestros pasos y podemos seguir adelante sin vivir atados a quien nos hirió.
Tal vez ese sea uno de los actos más profundos de sanación humana: conservar un corazón que, a pesar de haber sido herido, no permite que el rencor le quite su capacidad de seguir amando.
Por: Armando Marti
