Un papayazo

Carlos Salas reflexiona, con ironía, sobre la polémica alrededor de una intervención arquitectónica y la defensa de la obra de Rogelio Salmona, entre patrimonio, indignación en redes sociales y cultura de la cancelación.
Créditos:
Kienyke - Ilustración conceptual con IA

Por Carlos Salas

Así digan lo que digan los que están dolidos con los rasguños y mordidas del Tigre, hay algo que me dice que las cosas están cambiando para bien en el país. Esa toma de consciencia de la que tanto se habla cuando se trata de asuntos ecológicos, por ejemplo, y de otros que requieren toda nuestra atención para que no terminemos viviendo en un planeta post apocalíptico con edificios de escaleras luminosas y con campos en los que no prospere ni siquiera la maleza, es hora de que caiga del cielo como bendición divina esa toma de consciencia, para que muy conscientemente comencemos a defender nuestro planeta y conservar lo poco digno de admiración en arte y ¿por qué no? arquitectura.

No es de extrañar que el papayazo dado por una ingenua y arrogante diseñadora haya sido el detonante de una justa cruzada para evitar ese planeta de los simios que nos espera a la vuelta de la esquina si no ponemos bolas a tan trascendentales y arriesgados temas. La señorita aquella se atrevió alardear de que sería capaz de demoler una escalera de una de las vacas sagradas de la arquitectura mundial, Rogelio Salmona, para colocar un luminoso ejemplar sacado seguramente de un reel de esos de diseño de interiores donde muestran cómo viven los más ricos, los más famosos y los lobazos más notorios del zoológico humano que desfila por Instagram.

Lo que nos sirve de consuelo es que se vinieron con toda aquellos que si les dan papaya, gustan de caerle encima a cualquier igualado que no mide las consecuencias de sus actos, que aparte de demoler escaleras de un prestigioso arquitecto, se atreve a vanagloriarse sin ningún pudor en las redes que así como encaraman a cualquier bobo, pueden destripar a otros que podrán ser menos bobos pero que pecan de candidez al publicar en ese exigente y vacuo medio cualquier cosa que pueda ofender la corrección política. Porque no hay que dudar que romper monumentos con los que se puede subir de un piso a otro y ¡Cómo no! bajar si se requiere, es un asunto que merece la cancelación sin piedad alguna por parte de esos correctísimos que sobreviven a los embates de la terrible derecha que está tomándose país por país a todo el continente.

Ustedes dirán si frente a la violencia, la criminalidad, el narcoterrorismo y la corrupción, una inocente escalerita, atacada con cincel y martillo, merece el calificativo de un problema grave ¿Cómo no? Dirán que es una pequeñez, pero el florero de Llorente era más pequeño aún y miren cuanta confusión provocó, que si hubiese existido Instagram habría hecho explotar las redes aún más que los trinos del mequetrefe que ya no más pasa al olvido.

Si sigo a este ritmo terminaré haciendo legión con los innumerables espontáneos que se han manifestado horrorizados por el vandalismo de una pobre ingenua decoradora que por hacer alardes de valentía diseñística salió con toda la arrogancia propia de los que creen saber más de lo poco que saben, así hayan pasado por la universidad y hayan disfrutado de esa vida universitaria que añorarán toda la vida.

Es de anotar que ese virus que se propagó tan rápido o más que el que tenía corona, el de la indignación ante tamaño desastre que compite con otros hasta hacerlos ver pequeños, de esos que no han faltado en este raro siglo XXI, llegó a los medios tradicionales y ocupó páginas en los periódicos y revistas trascendiendo fronteras de todo tipo, hasta las ideológicas.

Lo llamarán amarillismo, pero es amarillismo del bueno, dirán los periodistas. Ya era hora que la escalerita hiciera tomar consciencia en cada uno de los colombianos que con las escaleras no se metan y mucho menos se atrevan a pasar debajo de ellas así tengan luz propia.

Eso de destruir iglesias y vetustas casas viene de tiempo atrás, pero lo hicieron de un totazo y no a poquitos, comenzando por una escalerita que bien defendida se sentía con cipote antepecho en puro y salmoníco ladrillo. Y es que hasta al MAMBO se les ocurrió amputarle su piso de abajo por donde se entraba a ver buen cine en otras épocas ya olvidadas. Y qué tal la Biblioteca con nombre de un presidente que no daba pie con bola impedido cerebralmente, cuyo ventanal fue pintado con unos horrorosísimos caballos -o algo así- cuando Salmona se cuidaba bien de que a sus paredes en concreto y ladrillo no les colgaran cuadritos.

Para el centenario del gran maestro espero que sobrevivan sus obras y muy especialmente el “Sueño de las escalinatas” a las que no se han atrevido a atacar con murales ni con cincel y martillo. Gracias a Dios.

Este contenido corresponde exclusivamente a la opinión y perspectiva del artista, Carlos Salas. Las ideas, reflexiones y afirmaciones aquí expresadas no comprometen la línea editorial ni institucional de KienyKe
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