La misión Artemis II no solo marcó un hito al orbitar la Luna por primera vez en más de seis décadas, también dejó en evidencia una pregunta clave para el futuro de la exploración espacial: ¿qué le ocurre al cuerpo humano fuera de la Tierra?
Tras pasar 10 días en el espacio, los astronautas regresaron con cambios fisiológicos que afectan la masa muscular, la densidad ósea, la circulación y el sueño. Expertos de la Universidad Nacional explican que la principal causa de estas alteraciones es la microgravedad.
Según el profesor titular de la Facultad de Medicina de la UNAL, Hugo Fajardo, la ausencia de gravedad altera funciones básicas del organismo. En estas condiciones, los líquidos del cuerpo dejan de distribuirse normalmente, lo que afecta el sistema cardiovascular y el equilibrio.
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Por su parte, el residente de Medicina del Hospital Universitario Nacional y estudiante de Medicina Aeroespacial, Camilo Muñoz, detalla que la presión hidrostática cambia por completo: “los líquidos pueden acumularse en el tórax y la cabeza, lo que da la sensación de tener la cara hinchada y las piernas más delgadas”.
Además, el cuerpo elimina más líquidos, lo que puede generar deshidratación.
Cambios físicos y riesgos para la salud
La falta de gravedad también impacta directamente los músculos y los huesos. En la Tierra, el cuerpo trabaja constantemente para sostenerse, pero en el espacio esa exigencia desaparece. Como resultado, los astronautas pueden perder entre 4 y 7 kilos en misiones prolongadas, además de masa muscular y densidad ósea.
Estos cambios pueden derivar en problemas como osteoporosis, mayor riesgo de fracturas e incluso enfermedades cardiovasculares al regresar al planeta. A esto se suma la exposición a radiación cósmica, ya que fuera de la atmósfera terrestre no existe la misma protección natural, lo que incrementa el riesgo de cáncer y alteraciones genéticas.
El sueño también se ve afectado. Al orbitar la Tierra cada 90 minutos, los astronautas no experimentan un ciclo normal de día y noche, lo que obliga a usar antifaces o tapones para lograr descansar.
El reto de los viajes largos
Aunque la tripulación de Artemis II permaneció 10 días en el espacio, algunos astronautas como Christina Koch han pasado más de 300 días en órbita, lo que intensifica estos efectos.
“Quienes pasan más tiempo tienden a adaptarse, pero esto es contraproducente”, advierten los expertos, ya que el deterioro físico y los riesgos psicológicos aumentan con el aislamiento en espacios reducidos.
Estos hallazgos son clave para futuras misiones como Artemis III o los planes de llegar a Marte. La gran incógnita sigue siendo si el cuerpo humano podrá resistir viajes aún más largos sin consecuencias graves.
Por ahora, la ciencia continúa estudiando estos efectos, mientras cada misión aporta nueva información sobre los límites del organismo humano fuera de la Tierra.
