“En Sudáfrica sacrificaron justicia para no perpetuar el dolor”

“En Sudáfrica sacrificaron justicia para no perpetuar el dolor”

5 de febrero del 2015

John Carlin llegó a Sudáfrica a finales de los 80 para cubrir la agonía y fin del apartheid. Trabajaba para el diario británico The Independent, y hasta entonces cubría conflicto armado en Centro América..

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“Creo que hice un trabajo decente en Centroamérica. Trabajé los conflictos desde México hasta Panamá; tierras una tierra muy convulsas. Había cierto parecido con el conflicto sudafricano: una gran injusticia y mucha violencia. Quizá por eso pensaron que yo era más indicado para cubrir un país así”, recuerda el periodista de madre española y padre escocés, sobre su viaje al último rincón de África, donde negros y blancos se mataban en una guerra racial.

Allí conoció al hombre que más ha admirado en el mundo, el expresidente sudafricano Nelson Mandela, y recorrió la tierra que le inspiró algunos de sus libros: Heroica tierra cruel y El factor humano. Esta última obra fue la base para la famosa película Invictus, de Clint Eastwood.

Carlin se tomó un café con Kienyke.com aprovechando su visita a Cartagena, mientras participaba en el Hay Festival 2015. Comparó la experiencia del posconflicto de Sudáfrica con las expectativas que hay en Colombia ante una eventual transición hacia a la paz, luego de la firma de una acuerdo. Además contó cómo un campeonato de rugby fue capaz de unificar a un país dividido por odios raciales.

-Resulta sorprendente que Nelson Mandela se haya fijado en el rugby como su principal estrategia para unificar al país tras la caída del apartheid. Causa curiosidad la forma cómo apostó casi todo el futuro de Sudáfrica a ese deporte. Usted que conoció de cerca el proceso y a ‘Madiba’, ¿sabe cómo se le metió esa idea en la cabeza?

Mandela tuvo la inteligencia de entender que para vencer al enemigo hay que conocerlo. El Arte de la Guerra, libro de Sun Tzu escrito hace 3 mil años, dice que si no te conoces a ti mismo y no conoces al enemigo, te van a derrotar siempre; pero si te conoces a ti mismo y a tu enemigo, vas a ganar siempre.

Desde la cárcel, Mandela hizo un esfuerzo por conocer cómo eran los afrikaans, la tribu blanca dominante, y aprender su idioma, conocer su historia y su cultura. Entendió que el rugby era un tesoro de identidad de esa gente; que su orgullo colectivo estaba contenido en buena medida en el altísimo nivel que tenían respecto a otras ligas.

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Antes de que Mandela llegara al poder se plantea la posibilidad de que el rugby tenga un mundial en Sudáfrica. Madiba tiene que darle el visto bueno y decide que sí. Lo ve como un incentivo para que los blancos se sumen al proceso de paz y la democracia. Mejor dicho, Mandela pensó: “ustedes aceptan la democracia y yo les doy su mundial de rugby”. Esto tuvo un impacto grande.

-Pero también se estaba arriesgando mucho, porque ¿cómo sentar las bases de la reconciliación a partir de un mundial de rugby?

Mandela llegó al poder en 1994 y un año después se celebró el mundial de rugby en Sudáfrica. Esto era potencialmente delicado y complicado. La prioridad de Mandela en ese momento era sentar las bases de la nueva democracia, pero todo estaba muy frágil. Había mucha gente de extrema derecha blanca que estaba pensando si dedicarse al terrorismo o contrarrevolución.

Pero Mandela tenía una visión más lúcida y entendió que en ese mundial había una oportunidad de transformar el símbolo de la división (el rugby como deporte de blancos), y convertirlo en instrumento de reconciliación.

Cuando al final Mandela salió vistiendo el uniforme del enemigo (la sudadera verde de los Springboks), se mostraba que ese partido (la final entre Sudáfrica y Nueva Zelanda) podría sellar finalmente el proceso de paz en Sudáfrica o afectarlo. Pero tras la victoria de Sudáfrica, los blancos no tuvieron oportunidad de levantarse en armas. Mandela se había apropiado del símbolo de identidad de ellos y les dijo: este deporte también es mío; y yo soy como ustedes, con sus mismos valores.

Nelson Mandela y Francois Pienaar

-No cabe duda que también hubo suerte, porque si el mundial lo hubiese perdido Sudáfrica, quizá la historia sería diferente…

Sí que hubo suerte porque en el rugby puede pasar cualquier cosa. El primer partido de Sudáfrica fue contra Australia, que eran campeones del mundo, y fácilmente pudieron haber perdido ese primer encuentro y todo se hubiera ido a la basura. Hay un factor de suerte, pero los jugadores de ese equipo eran conscientes de que eran mucho más que jugadores de rugby. Mandela les había metido el mensaje de que ahora eran sus discípulos; tenían un papel importantísimo para sellar la paz en su país.

-¿Cuál fue la primera impresión que se llevó de Nelson Mandela, cuando usted lo conoció?

Mi primer contacto cercano con él, después de su liberación, fue en su primera rueda de prensa el 12 de febrero de 1990. Llegué a esa sala de prensa desde temprano, absolutamente convencido de que estaba con el líder político más admirable y especial que había conocido o que iba a conocer en mi vida.

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-Entonces después de Mandela, ¿nadie con semejante nivel?

No. Es que él combinaba carisma, una colosal confianza en sí mismo, más allá de cualquier prepotencia. Era como entrar a un salón donde hay muchas personas y no conoces a nadie, pero sabes que eres el centro de atención y el favorito de todos. No es nada de arrogancia. Tenía una clarísima visión de dónde quería llegar, y cuál era su objetivo estratégico; tenía principios definidos y no se desviaba de ellos. Además tenía un enorme respeto hacia el adversario; se metía en su piel, y eso le daba una ventaja competitiva a la hora de negociar. Y tenía un cerebro de abogado, muy persuasivo y detallista. Es el prototipo del gran perfecto líder político.

John Carlin

-Sobre ese proceso de paz en Sudáfrica, tras la abolición del apartheid, uno de los hechos que más llama la atención fue la forma como funcionaron las Comisiones de la Verdad. En otras palabras era intercambiar perdón y olvido por verdad. Este modelo no es muy apreciado en Colombia como mecanismo de reconciliación. ¿Qué tanto podríamos aprender de esa iniciativa?

Yo creo que mucho. Hay dos modelos extremos, polos opuestos, entre los que puede elegir Colombia. El primero es Israel-Palestina, que es quedarse estancado en el lodo de los odios, rencores y resentimientos para siempre. Quedarse en el ‘ojo por ojo’ nunca resulta en la paz.

El otro modelo es el sudafricano, donde había también profundos sentimientos de rencor. No pueden decir que el apartheid era un motivo menor que el que tienen otros conflictos para sentir odios y resentimientos. Pero Mandela y su puedo decidió: podemos darnos ese gustito de estar permanentemente de odio o indignados –porque hay cierto placer en esas sensaciones-, o hacemos borrón y cuenta nueva. Es decidir que mantener el conflicto no nos lleva a ningún lado, y que hay que pensar en nuestros hijos y nietos.

-En Colombia se plantea que los victimarios paguen por sus crímenes, aunque no necesariamente cárcel. Allá la historia fue de olvido. ¿Eso es tan fácil como se cree?

Bueno, allá la cuestión es que tenían que tomar la decisión entre la justicia perfecta y lo que funciona en el mundo real para el país. Es bajar un poquito la vara, y entender que en este momento delicado de transición apuntar a esa justicia perfecta -en la que todos los malos sufren su castigo y los buenos triunfan-, no era posible, mucho menos cuando todos tienen diferentes conceptos sobre quién es el bueno y quién es el malo. El secreto de la solución pacífica en Sudáfrica fue sacrificar la justicia para no perpetuar el dolor.

-Sea cual sea el camino, ¿siempre es muy dura la transición? ¿Hay que tener una preparación especial para el posconflicto?

-Es súper difícil. Y va en contra de la naturaleza humana. Es como decir: me hicieron este mal, mataron a alguien bueno para mí, y nadie está en la cárcel por ello. Pero esas víctimas no pueden ser las que condicionan el futuro del país. Hay que ser un poco frío, incluso cruel si se quiere, para obtener el beneficio de la mayoría.

-¿Conoce otro ejemplo en el que el deporte haya sido de catalizador de la reconciliación en el posconflicto?

Hay un caso mucho más extremo que Sudáfrica y Colombia: Ruanda. En Colombia se reportan casi 250 mil homicidios por causa del conflicto en estos 50 años. En Ruanda, en solo cien días, mataron a un millón de personas a machetazos. Era un gran problema de víctimas.

Quisiera cambiar la palabra “reconciliación” por “convivencia”, porque la primera implica ser amigos, y tampoco hay que exagerar. Lo importante es convivir en paz, como de alguna manera se ha logrado en Ruanda.

Ese país tiene una selección de fútbol, que no es que sea crack a nivel mundial, pero disputa buenos partidos en la Copa Africana de Naciones. Poco después de esa masacre, Ruanda tenía un partido final contra Uganda y ganaron. Toda la nación salió esa noche a recibirlos, y fueron todos al estadio con el presidente. Esa selección tenía jugadores de ambas tribus, Hutus y Tutsis. En un mismo equipo estaban las tribus que antes se mataban. Había jugadores Hutus cuyos papás habían masacrado a los papás y hermanos de los jugadores Tutsis. Pero el juego les hizo olvidar el odio pasado.

(En 1994 Ruanda registró uno de los genocidios más aterradores de la historia. Hutus, una tribu mayoritaria, encabezó un exterminio sistemático contra los tutsis y Hutus moderados. Murieron más de 800 mil personas).

John Carlin

-Sin embargo en muchos países el fútbol también desata emociones de lucha, riñas y conflictos, con barras bravas por ejemplo…

Esa situación se da entre clubes. La gente se reúne alrededor de la selección nacional y encuentra unidad. Ahí se olvidan los tribalismos de los clubes y se une todo mundo. Tanto el guerrillero de las farc como el ‘para’, o el de extrema derecha; ahí todos tienen un objetivo común, que es la victoria de su selección. Eso se puede utilizar de manera positiva. No digo que sea la solución porque es un asunto político y requiere más elementos, pero puede impulsar un escenario de convivencia.

-¿Persisten ciertos resentimiento en la Sudáfrica del posconflicto?

-Siempre hay alguna gente que tiene resentimientos; gente que critica a Mandela por haber reconciliado al país. Pero el hecho es que Sudáfrica hoy es un país en paz, y es una democracia sólida, con libertad de prensa, justicia sólida.

-Dicen que sus trabajos periodísticos son una “mina de oro” para los cineastas. ¿Cuando escribe piensa que sus reportajes llegarán a la pantalla grande?

Ha habido dos cosas que he escrito que se han hecho películas, pero en ningún caso se me pasó por la cabeza que iban a acabar en el cine. Es pura casualidad. Yo no soy cineasta; no tengo ese tipo de mente que piensa en imágenes. No hay nada deliberado. No tengo la mente estratégica para pensarlo así.

-¿Le gustó Invictus?, se lo pregunto porque hay escritores que dicen que el cine les arruinó la obra original…

Sí claro que me gustó. Me gustó sobre todo el papel que hizo Morgan Freeman, quien captó todo el espíritu y esencia de Mandela.

-Sus recientes trabajos periodísticos sobre el caso de Óscar Pistorius, ¿cree que también llegarán al cine?

Podría ser. Pero hasta ahora no ha habido señales de eso. Yo escribí el libro lo mejor que pude como libro.

-Un régimen de segregación como el apartheid, que puso de guerra a todo un país, entre blancos y negros, ¿es un conflicto más difícil o más fácil de solucionar que un conflicto político-social como el de Colombia?, es decir, si Sudáfrica pudo lograr la paz, ¿por qué nosotros aún no?

Cada país tiene sus diferentes culturas; la gente es diferente y la población en Colombia no es tan pobre como la mayoría de Sudáfrica. Cuando uno es pobre uno se ve obligado a ser pragmático, porque la cuestión es poner comida en la mesa. A veces no es cuestión de satisfacciones de justicia, sino de acabar la guerra para recuperar la vida y la tranquilidad. Pero la gente acá es más próspera y no se pueden dar el lujo de disfrutar de estos odios. En Sudáfrica la gente, por azar, nació negra y esclava; pero esa gente fue capaz de reconciliarse y hoy conviven con sus opresores. No creo que el de Colombia de un caso más extremo ni difícil de solucionar.