24 horas en el Campamento por la Paz

24 horas en el Campamento por la Paz

31 de octubre del 2016

Por: Laura Robles Muñoz – @LauRobles

Independientemente de la polarización política que quedó al descubierto con el plebiscito del pasado 2 de octubre, los resultados dejaron algo muy positivo para el país: el renacer de la movilización ciudadana en Colombia.

Como no se veía hace muchos años en las calles de las principales ciudades, personas de todos los tintes políticos salieron a marchar para pedir la paz de Colombia. Los del ‘Sí’, los del ‘No’, los jóvenes, los ancianos, los activistas, los políticos, los estudiantes, las familias… todos dejaron las etiquetas para unirse por un sueño común.

Lea también: Santos reafirma compromisos con la paz durante XXV Cumbre Iberoamericana

La primera manifestación multitudinaria en Bogotá se llevó a cabo a tres días del triunfo del ‘No’, el miércoles 5 de octubre. Una gran masa blanca liderada por universitarios recorrió en completo silencio las calles que separan al Planetario de la Plaza de Bolívar.

Cuando los manifestantes llenaron por completo este espacio donde caben más de 50 mil personas, se rompió el silencio y todos cantaron el Himno Nacional y leyeron un manifiesto para exigir acuerdos entre las partes del conflicto. Poco a poco el lugar se fue vaciando y todos volvieron a sus casas.

O casi todos. Esa noche, un grupo de estudiantes decidió quedarse a dormir en dos carpas que armaron en la plaza. A diez días del inicio de este movimiento ‘ocu-paz’, se han instalado alrededor de 100 cambuches  y unas 250 personas se han inscrito al llamado ‘Campamento por la paz’, según cifras de los integrantes.

Vea aquí la galería fotográfica de este cubrimiento especial de Canal Capital

En este espacio se está poniendo a prueba la convivencia de personas con vidas contrastantes: universitarios, ciudadanos de la tercera edad, víctimas, capitalinos y campesinos que vienen desde muy lejos. Pero hay algo que los une y da cohesión a este grupo tan diverso y es ese anhelo de que los colombianos dejen de matarse.

Sin importar las opiniones individuales, el Campamento por la paz se basa en dos exigencias puntuales que son el cese al fuego bilateral y definitivo y un acuerdo inmediato que no implique retrocesos en derechos humanos. Según los miembros, no piensan levantarse hasta que tengan la seguridad de que se implementen los acuerdos.

“Nuestra razón movilizadora son las víctimas. Ellas han sido ejemplo de perdonar y de avanzar. El ejemplo que queremos replicar”, asegura Adriana Quiñones, una de los integrantes durante una rueda de prensa, a ocho días del nacimiento de esta iniciativa.

Esta antropóloga llegó al campamento motivada por la necesidad de escuchar a los pueblos azotados por la violencia que apoyaron los acuerdos en las urnas. “Yo creo que se está despertando la necesidad de entender al otro campesino, indígena, afrodescendiente. Al que vive en esa otra Colombia. Hemos empezado a preguntarnos de qué manera podemos apoyarlos. Cuando llegaron las comunidades indígenas a la Plaza de Bolívar, la consigna fue “¡No están solos!””, explica.

Quienes duermen en el emblemático corazón del centro de Bogotá están lejos de las comodidades básicas de una casa. Aquí no hay camas ni suficientes cobijas. Han tenido que sortear la lluvia que a veces cae en las noches y que, debido a la falta de experiencia y materiales aislantes, se ha colado entre algunas carpas para terminar haciendo imposible la dormida.

Lea también: Gobierno espera concluir acuerdo con las Farc antes de Navidad

Hambre no pasan. Gracias a las donaciones de ciudadanos, cuentan con comida suficiente para todos. Sin embargo, no hay cocina donde preparar alimentos así que los enlatados son la base de su pirámide alimenticia. El menú es básico: abundan el atún y el pan. A veces algunas personas les regalan platos hechos que ellos reparten el mismo día para evitar que se dañen.

“Nuestras necesidades básicas son utensilios desechables, bolsas de basura, alimentos no perecederos y cobijas para el frío de la madrugada”, solicita a la comunidad Alejandro, uno de los miembros del equipo de logística. Según él, hay horarios definidos para desayunar, almorzar y cenar. Entre comidas reparten mecatos y chucherías.

Con el paso de los días, la seguridad se hace más y más importante. Siempre hay alguien a la entrada del campamento, delimitado por vallas de hierro, palos y cuerdas. Todos los integrantes están inscritos y carnetizados. Hacen guardia en la noche para evitar que extraños ingresen.

El grupo tiene unos baños portátiles que ellos mismos lavan con agua caliente todas las mañanas. Sin embargo, no hay dónde ducharse. Quienes quieran hacerlo, deben ir a sus casas y volver.

De hecho la población que ahí duerme no se la pasa todo el día dentro del campamento. Muchos estudian, trabajan o son padres de familia. Tal es el caso de Fernando Conde, un abogado que se unió al movimiento hace más de una semana y reparte su tiempo entre el trabajo y el activismo.

“Tú llegas acá y te sientes como mosco en leche, pero de repente a las horas te contagias. Aquí hay iniciativas y te vas sumando. Al día siguiente, esto parece una vecindad del Chavo. Todos nos conocemos. Aquí hay gente que está estudiando.  Salen de aquí para la universidad y regresan a compartir el almuerzo”, cuenta Fernando, quien proviene de Valledupar.

La comunidad se rige por tres reglas principales para la convivencia: no alcohol, no drogas y no sexo. Se realizan asambleas generales donde la comunidad participa y toma decisiones, porque aquí no hay líderes o jefes. También están organizados por comités de logística, pedagogía, convivencia, cultura y comunicaciones.

Hay un código de lenguaje para evitar que alguien alce la voz o interrumpa durante las reuniones. Consiste en movimientos de manos que representan opiniones y acciones como “estoy de acuerdo”, “entendido” o “cambiemos de tema”.

Aunque está prohibido que niños pasen la noche en el campamento, sí lo hacen animales como Kisha, una gata que representa a esos seres vivos que también han sufrido en la guerra.

Algunas víctimas del conflicto recorrieron largas distancias para unirse a este movimiento. Doña Olga es una campesina que nació en Antioquia, pero ahora vive en Puerto Asís, Putumayo. Ella ha sufrido directamente la violencia, que le arrebató a dos hermanos en manos de grupos paramilitares.

“Para llegar acá me vine echando dedo. Qué pena decir esto. Por allá me tocó vender el celular en 20 mil pesos. Iba a vender hasta los zapatos, pero no me los compraron porque son pequeñitos, vea, mi pie es pequeñito. Me tocó dormir en Ibagué y ahí me puse a pedir. La gente me colaboraba y quedé debiendo 10 mil pesos  en la terminal. Me toca llevarlos. Yo de todas maneras hice el esfuerzo en venir, porque toca buscar la paz”, relata.

Ella quisiera hablar con el presidente Juan Manuel Santos para pedirle personalmente que siga buscando una solución negociada del conflicto. “Yo a él lo felicito por la paz. Le digo que adelante, que no se rinda y que lo queremos mucho, porque desde que está en el Gobierno no se ha vivido tanta derramadera de sangre”, opina.

Juan de Jesús también viajó desde el Líbano, Tolima, para apoyar la iniciativa. Según él, en televisión vio la noticia y aprovechó que tenía que hacer unas vueltas de su negocio en Bogotá para pasar por el campamento, donde al final decidió quedarse.

Lo que más le gusta es que nadie los moleste ni los desaloje. “Nosotros hemos ido a marchas acompañados del Esmad y la Policía. Y al ver esto en paz aquí uno siente como otra cosa”, dice.

Su anhelo es que “en todas las ciudades intermedias, pero también en municipios, corregimientos y veredas, la gente empiece a hacer estos talleres y estas capacitaciones, porque son muy importantes en el futuro del país”.

En el campamento cayó muy bien la noticia del alargamiento del cese al fuego hasta el 31 de diciembre. “Estamos muy felices por el tema, pero nos angustia la dilatación de los acuerdos. No nos podemos permitir que a 31 de diciembre no se solucione el tema de los acuerdos”, advierte Katherine Miranda, otra activista perteneciente al grupo. Ella cree que si a final de año no hay consenso, el tema del acuerdo se dilatará hasta las elecciones de 2018.

Personas de otras nacionalidades también duermen en la Plaza de Bolívar. Hay españoles, argentinos o estadounidenses, como Michael Wagner, un joven que asegura que no se explica cómo ocurrió lo del triunfo del ‘No’ en el plebiscito. “Salí el 5 de octubre a la marcha. Mirar a jóvenes y viejos juntos manifestándose me daba esperanza. Entendí que realmente el país quiere paz. Las marchas han tenido mucho arte. Por invitación de una amiga yo vine a presentarme en la tarima y ahí conocí un poco de la gente en el campamento y decidí venir a apoyar un poquito. Voy a estar cuando pueda”, promete. Pese a estar recién llegado, ya tomó la iniciativa de organizar los residuos.

Aunque los movimientos ciudadanos alrededor del proceso de paz han despertado gran interés entre los menores de 25 años, también adultos mayores que vivieron los años más duros del conflicto están comprometidos con que este capítulo de la historia de Colombia se cierre sin posibilidades de que vuelva a repetirse.

Uno de ellos es Alejandro, un actor y periodista entrado en años que marcha para pedir un mejor futuro para los niños y adolescentes. Según él, hay que meterle plata a la cultura para encaminar a las nuevas generaciones.

“¿Qué sería de los colombianos si Pablo Escobar, los Rodríguez Orejuela o Gonzalo Rodríguez Gacha hubieran tenido educación? Estaríamos llenos de astronautas, científicos, grandes deportistas… Pero la guerra ha dedicado a nuestra Nación a crear muchos delincuentes en vez de hacer gente productiva”, expresa con decepción, pero también con esperanza frente a los aires de cambio que se respiran en el país.