El pescador más viejo de La Boquilla

El pescador más viejo de La Boquilla

27 de enero del 2011

Fotos: Federico Ríos

Las canas de los antebrazos de Luis Alvarado parecen de nylon. Usa lentes bifocales, tiene las manos curtidas y las uñas duras y amarillentas. Es el pescador más ilustrado de La Boquilla, el que mejor conoce las historias de este lugar en donde la pesca es el principal medio de subsistencia de decenas de familias. Alvarado ha luchado contra tiburones toro y ha pescado sin más herramientas que sus propias manos. Este hombre, un negro de cabeza blanca, conoce tan bien el mar que es capaz de ver la estela diminuta de una aleta  en medio del vaivén de oleaje y rastrear a sus presas siguiendo su olor.

La historia del pescador Alvarado comenzó  un día de 1954, a los nueve años, cuando en compañía de su padre salió a pescar por primera vez. Aquel día, con una atarraya  hecha a su medida atrapó a un pipón, un pez diminuto de unos diez centímetros de largo. Al llegar a su casa, fritó su botín y se lo comió de dos bocados. Desde entonces y hasta hoy, cuando está cerca del retiro, Alvarado se ha dedicado al oficio de la pesca artesanal, y todos los días de su vida ha comido pescado.

Su plato favorito es el macabí, un pez repleto de espinas que, según él, sólo les gusta a los pescadores. Sentado en una silla plástica, delante de una nube de humo que sale de una olla desportillada y llena de aceite hirviendo en la que una mujer frita una paila de pargos, Alvarado recuerda los días en que la ciénaga de Vista Hermosa estaba llena de peces. Los pescadores volvían con los botes repletos. Todas las jornadas eran buenas. En la ciénaga había caimanes y babillas que se enredaban entre los hilos de las atarrayas.  Alvarado asegura que Vista Hermosa se volvió una cloaca, un lugar muerto. Un rayo de sol brilla en sus lentes mientras explica que hace varios años que no ve un pargo mulato, ni un sargo, ni una barracuda. Abre las manos de par en par,  como quien no tiene nada en los bolsillos, y dice: “Ya no hay. Al menos aquí, se acabaron”.

En La Boquilla sigue habiendo pescado, aunque ya no  en las mismas cantidades de antes. Lo que más se encuentran son róbalos, pargos y sierras, entre otros, que sirven para abastecer la gran demanda  de Cartagena.  Junto a la cocina hay un largo palo de madera en el que, una sobre otra, hay varias atarrayas guindadas. Las más comunes son las de 27 vueltas. Dos semanas tarda un pescador experto haciendo una.  Éstas tienen una vida útil de unos siete años. Alvarado encarama un pie sobre su silla, le da la vuelta a un grueso hilo alrededor del dedo gordo del pie y con una aguja del tamaño de un peine comienza a tejer. Conforme pasa hábilmente la aguja por entre el hilo, se van formando unos triángulos, todos del mismo tamaño. Está haciendo un retazo de atarraya.

Pero Alvarado no solo ha pescado con atarraya, también lo ha hecho con anzuelo y con línea de anzuelos. Una vez pescó tres tiburones toro frente al aeropuerto de Santa Marta. Ese día puso tres anzuelos de 0.1, que tienen el tamaño de los ganchos de carnicerías más grandes, y en cada gancho colgó un pez llamado cachorreta. Después de una larga espera los tiburones llegaron. Cuando picó el primero, enseguida lo hicieron los otros dos. Fueron 18 horas de lucha intensa. A la mañana siguiente, Alvarado y otros tres pescadores llegaron a la orilla con los tiburones en sus canoas.

El pescador más ingenioso que ha conocido este adelantado pescador se llamaba Ignacio Guzmán. Todos los días Alvarado se preguntaba cómo era posible que un hombre se fuera a pescar sin otra herramienta más que sus manos y regresara luego cargado de pescado. Alvarado decidió averiguarlo y un día lo siguió. Ocultándose tras un arbusto, se dio cuenta de que Guzmán se bajaba de la canoa en una zona poco profunda de la ciénaga, comenzaba a revolver el agua con las manos y al rato salían los peces. Lo que hacía era ahogarlos, llenarles las branquias de tierra, por lo que tenían que subir a la superficie. Alvarado advierte, sin embargo, que ese tipo de pesca también tiene su ciencia.

Las jornadas de los pescadores artesanales son muy pesadas: comienzan hacia las cuatro de la mañana y se pueden extender hasta las tres de la tarde. En los 55 años que lleva pescando, Alvarado dice haber desarrollado la habilidad de rastrear a los peces con el olfato. Cuando ellos comen, cuenta, dejan un aceite sobre la superficie que despide un olor muy característico que pocos perciben. Cada pez  tiene su olor particular: el róbalo, el saín, etc. Las manchas aceitosas que flotan sobre el agua sirven como huella para seguirlos.

En La Boquilla nunca ha faltado la música. Hace cuarenta años se escuchaban cumbias y porros; ahora el ritmo de moda es la champeta. Las balsas de madera hechas por artesanos de San Blas le han dado paso a los botes de fibra de vidrio. Para Alvarado, es muy importante dejar un legado de lo que fue la pesca en La Boquilla y de lo que es ahora. Por eso está escribiendo sus memorias, y las memorias de lo que oyó contar a su padre. Tiene tres casetes en los que ha grabado historias del mar contadas en su propia voz. También ha llenado varios cuadernos con anotaciones de sus recuerdos.

Aquí, en La Boquilla, el centro de todo siempre será el pescado. Cerca de donde está José Alvarado, dos perritos de dos meses de edad se disputan un pedazo de hueso, por la puerta sale hombre  con una bandeja repleta de pargos y mojarras, en medio del humo de la cocina un niño barrigón se come un pez diminuto que va dejando una estela de aceite sobre el piso de tierra. Por todo el lugar hay huesos de pescado. Un ratón pasa corriendo por el borde de una pared blanca. No tiene por qué temer, ya que el gato del lugar prefiere otro manjar: se está relamiendo los bigotes y se dispone a comerse un trozo de entrañas de pescado.