Mundial 2026

El testigo de Chengue

Dom, 19/02/2012 - 14:30
A  Chengue no regreso ni a recoger los pasos. Todavía recuerdo la humareda que brotaba de las casas encendidas como viejo que fuma tabaco, el sol que lagrimeaba ya en

A  Chengue no regreso ni a recoger los pasos. Todavía recuerdo la humareda que brotaba de las casas encendidas como viejo que fuma tabaco, el sol que lagrimeaba ya en lo alto del cielo triste, el tiro a tiro de la guerrilla cobarde desde los ensilles, el trote de los soldados pertrechados en barrancos detrás de la única casa que alcanzamos a ver. Solo nos dejaron arrimar hasta 200 metros de la población arrasada a porrazos y a candela viva el 17 de enero para amanecer 18 de 2001.

Ese día Yesid Ochoa Piñeres no soltó su cámara. Grabó a un niño que, aterrado, narraba cuanto vio: “Anoche se formó una balacera y nosotros salimos corriendo. Parecía una película, pero es la realidad. Ocurrió en nuestras narices. Los cadáveres, cuando los tiraron en una volqueta de acarrear arena, chorreaban sangre por sus cabezas apachurradas”.

Siempre le he tenido miedo a la sangre. También a los muertos. Jamás me acostumbré a sustraer cadáveres de los anfiteatros en mi corto periplo de periodismo judicial para tomarles fotos. Las masacres eran tantas que no había más remedio que informar. No habíamos parado de celebrar el fandango de la gaita cuando el mismo escenario sirvió para apilar cadáveres como leños mustios.

De modo que al ver los primeros cadáveres en medio del llanto de los deudos y el hostigamiento de la guerrilla, no hubo más remedio que seguir grabando. Las balas tronchaban las ramas de los arboles sobre nosotros. Éramos un blanco perfecto. El ejército ingresaba a Chengue a la una de la tarde mientras los periodistas intrépidos nos le adelantábamos en varios carros,  cuando sonaron las  primeras balas. Algunos se escondieron bajo los carros, otros en el monte.  Yo, que tenía una camisa roja estruendosamente visible, atravesé corriendo el campo de futbol, que me pareció interminable, hasta llegar a la casa donde velaban tres muertos. Cuando arreció la balacera se incrementó el llanto.

En el amanecer del 18 de enero, 27 personas fueron asesinadas en Chengue.

La improvisada sala de velación era estrecha y la casa estaba rodeada de soldados que disparaban  ráfagas de metralla. La guerrilla contestaba a tiro.  El frio del muerto que es malo para la gripa, el llanto de los deudos, la balacera afuera y el ruido de los helicópteros que llegaban con sus vientos de guerra sobre las casas fueron mucha presión para alguien que quería ser artista y nada más. Salí al patio y vi el fragor de la guerra en mis narices. Los soldados corrían y tomaban posiciones. Detrás de un árbol uno de ellos soltaba ráfagas interminables hacia la montaña, sin apuntar a nadie.  Tenía dos opciones, regresar a la estrecha sala donde velaban los muertos o huir.  Hice lo segundo. Tomé camino de regreso. Volví a atravesar el inmenso campo de futbol de norte a sur, con mi camisa roja, en medio de las balas. Una vaca pastaba indiferente en la orilla del campo. Pisé su  tibio estiércol, caí y me levanté. Seguí corriendo.

Las cosas cambiaron demasiado rápido. Hacía apenas dos horas estábamos rodeados de un ramillete de candidatas del reinado Nacional del 20 de Enero en el Club Campestre de Sincelejo. Esa mañana todos los periodistas de Sucre estábamos apostados en las gradas, deleitándonos con los frenéticos fandangos y los cuerpazos destapados de las candidatas, cuando de pronto, de un momento a otro, todos los periodistas habían desaparecido. Me quedé solo. Los colegas habían tomado un nuevo rumbo: la población de Chengue, en los Montes de María. Los paramilitares habían matado a 28 personas.

No era primera tragedia que me tocaba cubrir. Trabajaba para El Heraldo cuando el burro bomba de Chalán. La ´chiva’ fue nuestra. Titulamos: ‘Burro-bomba mata 11 policías en Chalán’.  Ahora pasábamos de 11 a 28, en Chengue. La ‘che’ estaba en ambas masacres. Habían ocurrido también la de Tomate y La Mejor Esquina. A donde me movía a trabajar había masacres.

Llamé a la fotógrafa Rosa Márquez, alquilamos un automóvil y nos fuimos a Ovejas. Allí contratamos un campero para vadear las montañas y los caminos embarbascados, que en el verano son nubes de polvo. Era más recto por Almagra, pero a la vez más escabroso el camino. Cuando llegamos a un punto denominado Salitral, encontramos al ejercito apilonado. No habían dejado pasar a ningún periodista.  Los paramilitares tenían a Salitral en su mira, pero solo alcanzaron a llegar hasta Chengue.

Los soldados advertían: “Hay combates en la zona, no garantizamos sus vidas”. Los periodistas, sin atender las sugerencias, seguimos pa’lante hasta quedar en medio de los fuegos cruzados. Claramente no querían que registráramos lo que había ocurrido. Nadie pudo llegar, salvo Yesid Ochoa, el camarógrafo  del canal comunitario TV Gaita, de Ovejas.  Allí quedaron grabadas las imágenes macabras de hombres cuyas cabezas fueron reventadas a martillazos, que presentó el hoy alcalde de Bogotá Gustavo Petro cuando era senador, en un  debate contra los parapolíticos en el Congreso. Las pruebas se convirtieron en el testimonio más contundente contra los implicados.

Yesid viajó a la zona a las seis de la mañana con el padre Alfonso Devia, un auxiliar y un chofer de nombre Rodrigo, más conocido como ‘El Maporo’, muerto después por la guerrilla, acusado de paramilitar. Llevó una cámara pequeña de VHS que camufló en la sotana del cura para pasar el cerco de los soldados, antes de entrar a Chengue, a la altura del campo de futbol, hasta donde nosotros habíamos logrado llegar. Eran las siete pasadas de la mañana. Las  casas ardían aún, mientras un burro masticaba cascarones de maíz biche, indiferente a la tragedia de sus amos.

El joven camarógrafo  grabó 42 minutos que se redujeron a 21 en la edición.  Jamás apagó la cámara.  La llegada del cura al pueblo con los cadáveres en primera fila y la irrupción de los helicópteros oficiales, acusados de ser cómplices por la justicia, son de una crueldad de cine. Llegaban y se perdían en los ensilles como si ellos mismos hubiesen propinado los ataques. El sonido de sus aspas en medio del chirriar de la palma que ardía retumba en la mente del aprendiz de camarógrafo.

El video, que aún hace desgarrar de dolor a quienes lo ven,  lo vendió por solo veinte mil pesos a la televisión  nacional. Estaba tan drogado con la escena que todavía no logra explicarse cómo lo hizo. Luego de ver sus imágenes en la televisión, renunció de por vida a ser camarógrafo. Desde entonces ha hecho de todo, hasta arriesgar la vida, pero como escolta. Le cuida la espalda al alcalde de Ovejas (Sucre) Juró no regresar a  Chengue jamás.

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