Erre, la mujer que pintó éste y otros grafitis

Erre, la mujer que pintó éste y otros grafitis

30 de marzo del 2016

Erre usa unas botas vinotinto pero están chispeadas de pintura: pequeñas manchas amarillas, como pecas, la delatan.

Todos sus zapatos están manchados, menos un par que usa en ocasiones especiales.

Tiene 27 años, pero aparenta menos. Su cabello es negro. Su piel es canela. Lleva un corte a la moda: un lado de la cabeza rapada y el resto largo. Su cara se adorna con una ampliación en la oreja y tal vez lleva un piercing en medio de la nariz.

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No es fácil recordar a alguien que no se deja tomar fotos, no publica retratos en ninguna parte y se rehúsa a posar para esta entrevista. Sin embargo no es una persona evasiva. Habla, ríe y narra con facilidad.

El mural de su vida comenzó en Zipaquirá, allá nació. Su familia es más bien conservadora: cinco hermanos, ahora todos, menos ella, están pensando en comprar casa, ahorrar, tener hijos. Todos menos ella. ¿Por qué?

– No quiero las cosas como están estipuladas, dice.

De hecho Erre ni siquiera desea que se conozca su nombre. Diremos solamente que es un nombre sonoro de cuatro letras, sin embargo ella renunció a él para tomar el alias de Erre porque un hermano suyo decía con énfasis esa letra cuando la aprendió a pronunciar. El nombre de pila de Erre lleva esa letra en la mitad.

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No quiere un nombre.

No quiere, por ahora, tener hijos.

No le interesa casarse.

No sigue de lleno las noticias.

Generalmente vota en blanco.

No piensa en la vejez.

Su oficio es ser artista. Toma fotos y hace grafitis. Recibe más dinero por lo primero que por lo otro.

Le gusta vivir a la deriva. Unas semanas tiene plata, otras no.

Se niega a tener un trabajo de planta. Cree que tener siempre dinero en el bolsillo es aburrido.

“Es muy aburrido ser pintor clásico”

Su desinterés por la plata se extiende a su oficio. Dice que una de las características positivas del arte callejero es que es asequible a todo el mundo.

“¿Cuánta gente -se pregunta- tiene plata para ver un cuadro de Picasso en un museo?”

Un trabajo de Erre puede comenzar con una frase. Este mural por ejemplo:

GRAFITERA ERRE-O1

La figura nació de la frase de un merengue popular que sin razón aparente la memoria de Erre trajo a su cabeza un buen día.

También una pintura puede salir de un dicho callejero como “échele ojo”, o de las groserías que se oyen a diario; ahora Erre trabaja en un collage de groserías, por ejemplo.

GRAFITERA ERRE-O2

Cuando trabajó en los murales sobre Antonio Nariño en la Biblioteca Nacional la posición en la que dibujó al prócer es una copia de una de las tantas maneras que ella misma tiene para sentarse: los pies en alto, muy por encima de la cabeza, apoyados en una superficie superior.

¿Muros blancos o muros pintados?

El oficio de pintar muros no es algo que se tome, a veces, tan a la ligera. Quienes lo hacen en gran formato y para cumplir un contrato, deben tener todas las medidas de protección: usan cascos, arneses, e incluso deben acreditar ante el Sena un certificado de alturas.

Erre sabe armar andamios, pero casi siempre su trabajo se hace al margen de tanta formalidad.

Cerca de su apartamento – que también es su taller – hay un muro que los grafiteros siempre intervienen. El dueño del edificio, religiosamente, vuelve a pintar la pared de un sobrio color crema, sin embargo los artistas urbanos lo vuelven a rayar en un círculo vicioso de nunca acabar. Antes de contar esta historia del muro, Erre ha dicho que las dos formas de hacer grafitis deben convivir: “A veces uno pinta por adrenalina y eso no se puede regular. Tiene que haber de las dos cosas: espacios permitidos para pintar y bandalismo.”

Al decir esto no habla por sí misma. Es decir, se siente como si hablara en representación de todos aquellos que alguna vez han tomado un aerosol, una brocha o cualquier elemento para expresar una idea, un sentimiento, un chiste, una voz de protesta, sea en Bogotá, Santiago, Miami, Nueva York, París, Tokio, Budapest, Pekín o Teherán.

GRAFITERA ERRE-O3

Si un cuadro de Rembrandt o Botero es pintado de blanco, es decir, borrado del lienzo, se consideraría un crimen contra la humanidad. ¿Pero qué pasa cuando alguien borra un mural, un grafiti que ha sido admirado por miles en una vía pública?

A Erre eso no la inquieta. Es parte de su oficio. Es una pieza fundamental de ese vivir a la deriva que la define a ella, a su generación, a su estética.

En su apartamento-taller hay una mesa mediana, otra más pequeña pero alta para trabajar de pie. Sobre esta última están las groserías que Erre usa para hacer su collage de vulgaridades. Las paredes están llenas de afiches, trabajos suyos, de sus amigos y de otros artistas. Otra pared está pintada de negro, es como un enorme lienzo de ladrillo que espera ser manoseado. Hace un año estaba totalmente intervenido, pero las formas y colores que alguna vez estuvieron ahí fueron silenciadas por los brochazos negros del olvido. Erre volverá a pintar cosas nuevas en el muro. No importa lo que alguna vez estuvo allí. En un año tampoco importará lo que dibuje en unos días sobre ese muro. El arte callejero es así, en la casa de Erre, en su barrio, en su forma de entender la vida, todo pasa.

*** Erre ofrecerá junto a otras dos artistas la exposición “Palabras más, palabras menos” desde el 7 de abril en el Espacio Van Staseghem en la Cr. 7 Bis No 124-64, Bogotá.