Fabio Rubiano no sabe descansar

Fabio Rubiano no sabe descansar

2 de mayo del 2013

Fabio Rubiano alguna vez confesó que de no ser actor sería atleta de alto rendimiento. Acostumbraba subir Monserrate varias veces a la semana. En uno de esos ascensos una rodilla le falló, el dolor fue intenso. Quizá ese día se dio cuenta de que tenía 50 años.

Hoy su rostro es un referente del teatro colombiano, de la televisión. Lo recuerdan de hace tiempos, cuando interpretó a una mujer en la comedia Vuelo Secreto, en los años noventa. Era el actor de cabello largo y porte de Fito Páez.

Aunque sabe que le debe cosas a la televisión, se queda con el teatro, le gusta el contacto directo con el público, después de las funciones se le ve eufórico, electrizado, como si quisiera seguir una fiesta. Necesita al público y sabe que detrás de la frialdad de una cámara solo hay un hombre: el camarógrafo.

Además -se queja- en la televisión “hay muchos filtros”, el trabajo artístico se pierde entre una suerte de burocracia, en cambio en las tablas “uno es el que decide”.

El teatro es vida, es gente que lo aplaude, que celebre allí en vivo y en directo sus textos divertidos, espesos, llenos de humor negro.

No obstante, Rubiano no odia la televisión. “Mucho menos el melodrama, un género digno y necesario para la sociedad”.

Con su grupo de teatro, Petra, que fundó en 1985, ha montado más de 12 obras de teatro. Comenzó siguiendo la impronta de los dramaturgos que admira, Arthur Miller, Thomas Bernhard, Grisella Gambaro. Pero ahora, en su madurez, encuentra un lenguaje propio, un estilo.

Marcela Valencia, con quien fundó Petra (cuyo nombre viene de un personaje de un cuento de Gambaro), dice que la dramaturgia de Rubiano se caracteriza por un buen trabajo de los personajes y la acertada dirección de actores.

“Fabio adaptó mucho al principio y ahora tiene una dramaturgia propia. Antes la escenografía era muy importante, ahora lo son la historia y los actores”, dice Marcela.

Fabio Rubiano, Kienyke

Fabio Rubiano observa atento un ensayo

Amor que perdura

El amor de Fabio Rubiano por el teatro empezó a través de la declamación. En el colegio recitaba, participaba en concursos, pero nunca los ganaba. Lo superaba siempre un rival de apellido inolvidable, se llamaba Juan Carlos Vargas Supelano.

Sin embargo, sus derrotas ante Supelano no fueron suficientes para desanimarlo. Sus condiscípulos teatreros lo llamaron a trabajar a su lado. Esta coincidencia se apoyó en las lecturas que Rubiano ya había hecho. Los libros eran una constante en su hogar, “en la casa siempre hubo libros”, dice. Además, su hermano, Jairo, fundó una librería donde conoció y se aficionó a Cortázar, Jack London, “el primer Benedetti”, aclara, y por supuesto, cuanto best seller caía en sus manos.

Al salir del colegio, dispuesto a encontrar una profesión que diera “una buena imagen ante la sociedad”, quiso estudiar medicina, pero esta intención apenas fue uno de los tantos destinos que barajó. Fabio Rubiano se matriculó en cuatro facultades más: biología, bioquímica, ingeniería industrial y economía. Cuando cursaba el cuarto semestre de esta última pasó por la escuela distrital de teatro, en Bogotá, en la Avenida Jiménez con octava. Entró, recibió un volante, observó a la gente y decidió quedarse por un detalle simple: le gustó la manera como la gente, sus futuros compañeros, iban vestidos. “Usaban ropa anticultural –recuerda– esta es la vida”, pensó.

Fabio Rubiano, Kienyke

¿Y el teatro para qué?

En sus años de juventud creía, junto a muchos otros, que el teatro servía para “equilibrar la sociedad, para asumir la crítica”. Hoy, con varias obras presentadas en América y Europa, considera que el teatro no transforma una sociedad sino que “hace preguntas, deja preguntas. Si el teatro da respuestas se convierte en otra cosa. Pero –y es enfático– así uno no dé respuestas tiene que tener una posición ética.”

El estudio ‘Cuando el teatro nos deja fuera de combate’, de Álvaro Augusto Rodríguez Serrano, sobre la dramaturgia de Fabio, lo describe así: “Las obras de Rubiano no son sencillas, mucho menos ligeras; encuentran su fuente vital en la cultura popular para redimensionar sus sentidos y significados, y al mismo tiempo dejan ver un proceso de investigación arduo y muy amplio que enriquece tanto los parlamentos como el ambiente escénico.”

El proceso creativo de Rubiano puede tener varios detonantes. Una idea (hacer una obra shakespereana sin textos de Shakespeare) como ocurrió con ‘Mosca’ (2002); escribir una pieza sobre personajes sin pasado, así se gestó ‘Pinocho y Frankenstein le Tienen Miedo a Harrison Ford’ (2007); o una imagen: una mujer del barrio La Macarena, a quien siempre se veía embarazada, pero nunca con niños, creó el chisme de que alquilaba su vientre, ella le dio al dramaturgo una de las líneas temáticas de ‘El Vientre de la Ballena’ (2013).

Para esta obra Rubiano coleccionó 1.800 archivos de prensa, fotos, documentos, videos sobre los temas que trata la historia: tráfico humano, prostitución, niñez desamparada. Tardó siete años escribiéndola.

Pero el proceso creativo no termina con la escritura. Gran parte se hace en los ensayos, con los actores. El vientre tuvo siete finales que aparecieron durante su preparación. Los intérpretes propusieron varios aspectos de la obra: Jacques Toukhmanian propuso introducir canciones en el guión y a Marcela Valencia se le ocurrió suspender las acciones a la voz de foto, mientras todos posan, así estén frente a un torturado.

Rubiano es un director que escucha. La frase final de ‘Dos Hermanas’ (2004) se la dio Germán González, que también le regaló una línea que Fabio hizo célebre en televisión: “Estoy hecho un triplepapito”.

Cuando habla de teatro, Fabio Rubiano lo hace con tranquilidad. Usa una voz reflexiva con tintes de humor. Al fin y al cabo es un mamagallista nato. Sabe que si bien una obra de arte busca ser universal, no puede perder una impronta. Por eso dice: “Técnicamente me interesa crear un lenguaje propio que nos represente como habitantes de este lado del mundo.”

¿Quién fue “Bazuco”? ¿Quién es Fabio?

Nació en Fusagasugá, en 1963, porque a sus papás se les ocurrió vivir un tiempo allá. De joven llevaba el pelo largo y no era muy ortodoxo al vestir, lo llamaban “Bazuco” cuando se ganaba la vida reparando máquinas de escribir. También fue mesero. En una breve visita a Cuba lo confundieron con el cantante de ‘Mariposa Technicolor’.

Pero esas son cosas del pasado. Ahora lleva el cabello corto. Sigue siendo flaco y le agrada. “Prefiero ser flaco que famoso”, dice, citando a un escritor. Y aunque tiene 50 años no los revela. Sigue siendo ágil en los movimientos, chistoso, informal en las conversaciones.

Ha sobrevivido a dos relaciones muy largas. Una de diez años con Marcela Valencia y otra un poco más extensa con Carolina Cuervo. A la primera la llama “Araña” o “Arañita”. “Es la mujer de mi vida”, dice sonriendo. A Carolina le dice “Abuela” y ella lo llama, en represalia, “Abuelo”. El apodo geriátrico viene de “La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada” porque La Cándida, a las peticiones de la matrona, decía “sí abuela”, y a Fabio un día se le antojó responderle igual a su novia a cada pregunta: “Sí abuela, no abuela”.

–       ¿Cuál es el secreto para sobrevivir a dos relaciones tan largas?

–       Darse aires. Nos separábamos durante meses, aunque nos separábamos físicamente, no amorosamente. Las parejas necesitan esos espacios.

Fabio Rubiano, Kienyke

Dirigiendo actores durante un ensayo de ‘Sara Dice’

Rubiano ama al fútbol, específicamente a Millonarios. Confiesa que por culpa del equipo ha caído en la “vagabundería” de comprar las camisetas. Tiene más de doce del equipo azul y por acompañar al club ha dejado de ir a ver grupos de teatro por los cuales ha esperado mucho.

A quienes les tiene confianza les llama “papi” o “mami”, una costumbre que aprendió en su breve visita a Cuba. No tiene hijos. Dice que no ve una razón poderosa para engendrarlos: “¿Para aumentar la especie o prolongar el apellido?” Ninguna de las dos opciones lo seduce.

Además, cree que existe el riesgo de la crueldad en dos vidas que no se realizan por estar pendientes una de la otra. Es decir, los padres dejan de hacer cosas por los hijos cuando estos son niños, y los hijos dejan de vivir por estar pendientes de los padres viejos.

Reconoce que en ese aspecto puede ser egoísta. Y claro, el asunto se resume – confiesa – en una palabra: miedo.

Pero hay otra razón: es un artista. Prefiere escribir a pasar la tarde en un parque detrás de un niño. Y además trabaja demasiado. Cada obra le lleva años, días de extenuante labor. Es riguroso en los ensayos, no le importa repetir una y otra vez la misma escena, lo disfruta, aunque para otros sea “como ver pescar”.

Su vida es el teatro. Petra busca una sede propia hace muchos años. Rubiano tuvo la oportunidad de adquirirla en Teusaquillo. Lo tenía todo: tres casas vistas y bien ubicadas, la plata para comprarlas, los estudios de suelos, más de 200 documentos estudiados y entendidos, pero las autoridades le negaron el permiso con el argumento de que un centro cultural afeaba el sector, un sector, valga decir, habitado por indigentes y zona de reciclaje de desperdicios.

Pero Rubiano es así. Trabaja mucho. Se lee lo que tenga que leer. Escribe las versiones que haya que escribir. Ensaya las veces que toque. Marcela Valencia, que vivió con él tres años, dice que odiaba su incapacidad para descansar. “Con él es imposible pasar un domingo tirados en la cama sin hacer nada”, recuerda. Pero es que así es él y lo reconoce: “Yo no sé descansar”.

Fabio Rubiano, Kienyke

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