La viuda del acordeón

La viuda del acordeón

1 de mayo del 2011

Su vida fantasiosa está escrita en varias canciones del rey vallenato Calixto Ochoa, como La reina del espacio y aquella que dice: “En la revelación de un sueño, yo presenciaba mi cadáver, pero eso tenía un misterio, porque yo amanecí grave”.

En medio de la melodía, coronada de estrellas, llega la señal de su celular.  En la pantalla figuran 36 llamadas perdidas y un nombre: Santiago. Es su nuevo marido, diez años más joven que ella, un hombre celoso. Y no la cela  en balde, pese a ser una mujer que se encamina a los 50 años, paraliza el tráfico. Es alta, morena clara, de pelo negro frondoso. Una típica mujer sabanera, con rasgos zenues. Una dama que no pasa desapercibida en ninguna parte. Pero más allá de su hermosura madura, su parte más hermosa es su personalidad.

Este viaje a Valledupar la atraganta de recursos. Rufino Barrios Martínez, su primer esposo, mayor que ella 21 años  y muerto en un accidente el 10 de agosto de 1999 en Sucre, quien era dueño la primera fábrica de acordeones de Colombia, la había traído al festival Vallenato veinte años antes. No se inscribió en el festival para ganárselo, pese a que tenía muchos méritos, sino para mostrar su fábrica de acordeones Rufit, que habían levantado los dos en el garaje de su casa, en el barrio La Terraza de Sincelejo.


El acordeonero Calixto Ochoa.

Una vez terminó sus cuatro ritmos reglamentarios, Barrios tomo los micrófonos y pidió permiso para presentar su invento. Ella, que estaba lista, subió a la tarima con el maletín y fue sacando una a una los centenares de piezas que integran un acordeón. Pitos, fuelles, mecanismos, violinas y decorados. Él iba narrando cómo las hacía en Sincelejo en moldes artesanales y como le competía a la Hohner alemana. Las cámaras y los periodistas le cayeron como abejas al panal. Se convirtió en la noticia del festival. En Sincelejo, un acordeonista nacido el 8 de enero de 1945 en San Angustian, corregimiento de San Juan Nepomuceno, Bolívar, le competía a la Honher con acordeones afinados y sobre medidas, y pedidos, especiales para parranda, porque en vez de una llevaban hasta tres violinas, lo que les hacía sonar más fuerte. Además de un sistema de cambio de tonalidades, iban hechas en el tono del cantante y decoradas al gusto, bajo la mano mágica de su esposa Violet Viloria.

La fábrica de acordeones Rufit cogió fama nacional e internacional. Ernesto McCausland lo llevo  a su programa Mundo Costeño. Le hicieron un documental en Trópicos, de Telecaribe y todos los noticieros nacionales registraban el hecho. Su vecino, el maestro Calixto Ochoa, les hacia el control de calidad. Los consagrados Colacho Mendoza, Emilianito Zuleta, Israel Romero, del Binomio de Oro, y acordeonistas de renombre, empezaron a hacerle pedidos. Lograron un crédito bancario, contrataron más trabajadores. Rufino ya no tocaba en parrandas su tema Isabelita, que lo había hecho famoso, sino que se dedicaba de tiempo completo a su fábrica y hasta compró una camioneta último modelo con aire acondicionado. Tenía una bella esposa, tres hijos y mucha fama. Caracol Televisión lo contrató para que fabricara los acordeones para la serie sobre Alejandro Durán, gravada en Sucre. Barrios hizo el papel del hombre vestido de blanco que va en una canoa tocando su acordeón y desaparece en las aguas.


Los renombrados acordeones alemanes Hohner vieron mermada su superioridad frente a la Rufit, hechos en Colombia.

Algunas personas creen que este papel lo mató. El Diablo, dicen, se lo llevó, porque casi en idéntica forma, cuando viajaba al municipio de Caimito a una parranda, la camioneta se fue en un arroyo y pereció ahogado. A Violet se le vino el mundo encima. Había quedado viuda  muy joven, 33 años, con tres hijos, entre ellos Rufino Junior, quien tenía 8 años, y a quien va escuchando ahora por el celular, porque se presenta en Valledupar en la categoría aficionado.

Los recuerdos se le atragantan. Rufi, aparte de ser igual a su papá, a los 19 años, es todo un rey vallenato, compañero de fórmula de Nelson Peláez.

Todo en su vida ha sido marcado por los sueños y las coincidencias. El 11 de octubre de 1999, mientras enterraban a su esposo, bajo una lluvia pertinaz, gran parte de Sincelejo se volcó al cementerio Jardines del Recuerdo, en la carretera trocal de occidente. El cortejo fúnebre, en medio de la melodía de Isabelita, paralizó el tráfico varias horas. Había jurado que jamás volvería a casarse para no traicionar la memoria de su amado, pero por casualidad, una de las personas que quedó atrapado en el trancón iba a convertirse en su marido, tal como lo vio en un sueño. Santiago, quien ahora lograba comunicarse con ella desde Sincelejo, ese días había ido a la capital de Sucre a inscribirse para hacer un curso de policía.

Viuda, bonita y con carro, pronto Violet Viloria, se convirtió en una de las mujeres más acechadas por los hombres en La Sabana.  Muchos hombres cercanos a la música, especialmente, querían un cupo en su carro. Los primeros meses de viudez fueron aciagos. Los pedidos de acordeones empezaron a faltar. Rufino había recibido anticipos que tuvo que devolver. Tuvo que pagar facturas vencidas y deudas en el banco y una ONG.  Ella continúo en la industria, pero reconoce que la cabeza que pensaba en el taller era el difunto. Buscó un afinador de acordeones, pero no era lo mismo. La mayoría de la gente que se le acercaba, muchos relacionados con la música, iban con segundas intenciones. Más de veinte hombres se la disputaban. Aprendió a manejar y a sentirse un poco más libre. No le paraba bolas a lo que dijeran. Entre quienes se acercaban para manejarle el carro o para darle instrucciones, figuraban tipos casados que ya estaban haciendo planes para dejar a sus esposas, pero ninguno le decía nada, quizá por respeto al difunto. Se comentaba que la viuda se había vuelto alegre, pero ella inocente de todo, seguía igual, guardándole la espalda a su esposo difunto.

Un hombre maduro, viudo, leyó en una revista en Barranquilla su historia con Rufino Barrios, y como ella lo había rescatado, siendo una quinceañera, de un estado de perdición. Él le llevaba muchos años, andaba errante y parrandero, con varios hijos en la calle y al conocerla a ella logró conformar un hogar ejemplar. El hombre le escribió miles de cartas de amor. Le propuso  matrimonio, les presentó a sus hijos profesionales, pero ella no cedió.

Pero un día tuvo un sueño. Estaba en la puerta de su casa y por la calle pasó un hombre guapo, vestido como militar, de esos cadetes de la Base Naval de Cartagena, con charreteras. El tipo se devolvió, la saludó y le dijo que se llamaba Santiago. Ese otro día reveló el bello y extraño sueño a su hija, quien auguró buen viento en el amor.

Mientras ella trataba de sacar el taller adelante, un día se presentó un joven policía a su taller para cuadrar las alertas tempranas. Apenas la vio quedó flechado. El agente, de 25 años, andaba buscando una mujer mayor que él, idéntica a ella, no importa que fuera soltera, casada o separada. La había dibujado igual en un papel y se la había encomendado a la Cruz de Mayo. Allí comenzó la lucha por la conquista. Ahora eran 20  jóvenes locos, un viudo baranquillero y un policia, dispuesto a batirse por la mujer más bella de la Terraza.

El agente sabía que en la guerra, como en el amor, todo era válido, de modo que logró ser hospedado en su casa. Uno de ellos conquistó una sobrina de Violet y con ella le mandaba helados. Hablaba sólo de ella. Otro le envió a uno de sus hijos para que se fueran acostumbrando. Uno de ellos, el más loco, le confesó que si alguna vez se casaba, lo haría con una mujer como ella. Un señor Barranquillero, viudo, le escribía extensas cartas de amor y la llamaba a diario por teléfono.

Pero el destino iba sincronizando todo. Un día alguien llegó a buscar a su huésped con el nombre de Santiago. Ella le dijo que no había allí ningún Santiago. Él se había registrado con su segundo nombre y ella sólo supo que era el Santiago de sus sueños por esa visita. Allí empezaron el romance. Se casaron seis meses después por la Iglesia, tal como lo había hecho con Rufino.

Santiago empezó a sentir la presencia del difunto cuando se quedaba solo en la casa. Sentía que alguien se acostaba a su lado en la cama. Se le erizaba la piel. Una noche lo vio exacto, vestido de kaki a camisa y pantalón. Cuando ella le mostró la foto, él se impresionó, era el mismo que le había salido en la noche.

Él mandó a ampliar la foto, que ahora adorna el cuarto de los dos. Todos los sueños se cumplieron y ahora sólo esperan que su hijo logre una corona en Valledupar, esa que nunca logró su primer esposo. En ello, lo que soñaron se cumplió al pie de la letra.

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