Lo que el Museo Nacional no ha podido exhibir

Lo que el Museo Nacional no ha podido exhibir

6 de octubre del 2013

Desde hace muchos años, sabía que el Museo Nacional custodiaba tesoros para la memoria del país, entre éstos el vestido que tenía puesto Galán el día que lo mataron en Soacha; la casaca del Mariscal Sucre, y el chaleco y camisilla que usaba Gaitán cuando fue asesinado el 9 de abril. También había escuchado el rumor que en la colección del panóptico estaba guardada como una reliquia mal querida la toalla de Manuel Marulanda Vélez, que usaba a diario para sobrellevar el clima inclemente del Caguán mientras se desarrollaban los diálogos de paz con el gobierno de Andrés Pastrana, prenda común y corriente que terminó siendo una referencia obligada y un símbolo de poder.

La visita a la colección del Museo Nacional es la entrada a un mundo en el que muchas piezas son cercanas y familiares, otras están lejos de la memoria, de nuestro interés, del rito de patrimonialización. Allí reposan desde cuadros de Luis Caballero hasta la silla con la que se inauguró la Universidad Nacional, el Grammy de Los Aterciopelados y piezas de arte precolombino. ¿Por dónde empezar? Con Catalina Plazas, quien dirige el área de restauración y conservación del museo, habíamos previsto hablar de tres piezas de la colección que esperan ser expuestas cuando la ampliación del museo sea una realidad y que nos remite a momentos históricos cercanos.

I.

Las camisas remendadas de Jorge Eliécer Gaitán

El único rastro del traje de Roa Sierra que llevaba el 9 de Abril es una bruma de testimonios y malentendidos, dejando para el futuro la imagen de su cuerpo con dos corbatas, que facilitó la identificación del cuerpo.

Contrario a su victimario, el día de su asesinato Jorge Eliécer Gaitán había amanecido contento. Seis horas después, a la 1: 50 minutos, falleció a causa de cinco balazos. Desde el momento en que cayó herido no musitó palabra, su cuerpo fue sacado de la Clínica Central a escondidas en una zorra, envuelto en papel periódico. El traje gris que llevaba puesto fue entregado a Pedro Vaca Torres, alumno del caudillo que permaneció con él unos días y luego le devolvió la chaqueta a su padre, Eliécer Gaitán. Él mismo ayudó a hacer la máscara mortuoria.

Hoy varias piezas que pertenecían al caudillo están en el Museo Nacional, donde trabaja Catalina Plazas, quien desde 2007  está vinculada con la entidad y hace parte del equipo de conservación,  que analiza de forma sistemática cada una de las piezas. Estamos en su laboratorio, un cuarto iluminado por unos ventanales que dan al colegio Policarpa Salavarrieta, en el que se lleva a cabo una izada de bandera.

Allí me explica que el Museo Nacional custodia algunas prendas que vestía Gaitán el día de su asesinato: el chaleco, la camisa y la camisilla interior. Además de las tirantas y dos pañuelos que donó el hijo de Pedro Vaca. Observadas cada una aparte se pueden ver aberturas en la camisa y a su alrededor sangre rojiza y negra, o en el chaleco los dos orificios por los que entraron los proyectiles que dieron en sus pulmones, “cuando colocas en orden las tres prendas puedes ver perfectamente cómo coinciden los orificios de los balazos”, añade Catalina.

– ¿Qué le sorprende más de estas piezas de Gaitán como restauradora?

Encontrar rastros de pólvora evidenciados en los anillos de limpieza del chaleco sesenta años después del crimen.

– ¿Y cómo ciudadana común y corriente?

Que su camisa era más grande, él era talla 38 y la camisa que tenía puesta ese día es 42. Además, el cuello de su camisa fue volteado o puesto de nuevo varias veces, con un costura muy fina, eso sí.

Jorge Eliécer Gaitán, Kienyke

La camisa y demás prendas de Gaitán fueron registradas y catalogadas por Medicina Legal, pues hacen parte de un proceso penal como evidencia del asesinato del caudillo liberal.

Su compañera de laboratorio, que en ese momento está buscando unos “palos de policía”, instrumentos simples para el tratamiento de las piezas,  interrumpe con una salvedad: “La familia las mandaban a hacer o arreglar donde unas monjitas costureras de Teusaquillo”.

Por el desgaste de los botones y los puños, parece que Gaitán utilizaba mucho esta camisa, que bien pudo haber sido de su padre, costumbre muy arraigada en la ciudad y que hizo posible el surgimiento de los sastres y los “trajes a medida”. En la marquilla de la camisa pueden verse las letras JG escritas en un tono azul debajo del logo ‘Camisería Francesa 42’, “posiblemente azul de Prusia”, enfatiza Catalina.

— ¿Entonces la camisa fue heredada de su padre o algún familiar?

—Sí, puede ser, habría que realizar otros estudios. Eso sí, le quedaba holgada.

Catalina va un segundo hasta otro laboratorio mientras continúa la algarabía exterior en el colegio, me muestra una serie de imágenes de los “desgarros de ayuda”, producidos en el momento en que el caudillo fue socorrido. Gaitán era un hombre robusto, un tanto bajo pero de brazos fornidos. Desde que fue llevado al hospital las personas que merodeaban el lugar untaban sus pañuelos con la sangre aún caliente del caudillo, en segundos todo fue caos y destrucción.

“Las balas le laceraron severamente el cerebro, dos le dieron en los pulmones, otra en el hígado e intestino”, señala la autopsia de Gaitán, que es pública, pues lo primero que hicieron los médicos forenses con el informe de necropsia fue entregarlo a la prensa.

Queda el vestido que hace parte de la colección de la Casa Museo Gaitán de la Universidad Nacional y las prendas que conserva el Museo Nacional, a la espera de una sala de exposiciones para exhibirlo, y con éste contar una historia.

Museo Nacional, Kienyke

Restaurado y adecuado bajo la dirección de los arquitectos Manuel de Vengoechea y Hernando Vargas Rubiano, fue inaugurado como sede del Museo Nacional el 2 de mayo de 1948, y declarado Monumento Nacional el 11 de agosto de 1975.

II.

No importa que tan débil es el héroe, sino que tan fuerte es el villano

Tomamos una pausa con Catalina. Me cuenta que cerca de una cuarta parte de la colección del museo está expuesta, el resto está resguardada, bien para ser examinada, o lista para ir a las salas del panóptico.

El lío con la ampliación del museo parece una novela de no acabar, hace unos meses María Consuelo Araujo, quien fue ministra de Cultura y trabajó de la mano con Elvira Cuervo de Jaramillo, me explicaba que el problema es de las administraciones, “cuando  tienes todo cuadrado, listo, como para un foto, ¡zap¡ termina una administración y con la siguiente debemos iniciar el mismo proceso.”

Catalina vuelve conmigo para mostrarme otro nombre y otro objeto por relatar. Un vestido de paño azul con líneas delgadas en azul claro, verde y ocre, el que llevaba Luis Carlos Galán cuando fue asesinado en Soacha en 1989.

Al igual que Gaitán, Galán se había levantado eufórico el día que fue asesinado. Vivía en el barrio El Polo, en el pent-house del edificio en el que ocupaba tres departamentos. Hacía dos semanas su escolta había sido cambiada por orden del director del DAS, Miguel Maza Márquez,  tras un intento de asesinato en Medellín. Las amenazas constantes y el peligro de cada aparición pública hacían que la vida cotidiana de la familia Galán Pachón fuese tensionante, “tal vez por eso tomaba pastas de Ibuprofeno como esta que vemos acá”, explica Catalina, mientras alista una imágenes de la chaqueta del líder liberal.

—Mira, todavía hay rastro de los confetis que esa noche en medio de la algarabía le botaron.

El vestido fue donado por Gloria Pachón, su viuda, en 1999, con motivo de décimo aniversario del asesinato. Presenta los signos de desgarramiento que pudieron producirse cuando cayó al suelo en la tarima y fue jalonado por uno de sus guardaespaldas que instantes después lo cubrió, o mientras era llevado al hospital de Soacha. El vestido parece intacto, salvo por cuatro impactos de bala en su pantalón, “tres de ellos ubicados al lado de la ingle y uno en la pierna izquierda”, asevera Catalina mientras revisa unas fichas de datos.

Luis Carlos Galán, Kienyke

El vestido fue donado por Gloria Pachón, su viuda, en 1999, con motivo de décimo aniversario del asesinato.

Mientras realizaban las pruebas para determinar la presencia de microorganismos y hongos se llevaron una sorpresa, “en el interior de los bolsillos encontramos pequeños trozos de papel, tal vez había anotado algo allí, pero no sabemos”, uniendo los pedacitos de papel se ve una letra equilibrada y curvilínea, “no conocemos el texto ni su mensaje”, se lamenta Plazas mientras revisamos la ficha técnica de la corbata vinotinto: fue hecha en seda, tiene dibujos de cinturones en azul, naranja y gris, la contramarca tiene las palabras GIORGIO CELLINI. En la parte posterior una etiqueta negra con bordados dorados con la marca GOLDTWILL.

Guarda las fichas y las cajas de sus datos. Catalina recuerda que en 1999 el vestido fue expuesto. “Las salas estuvieron llenas, aunque la gente asistía más para satisfacer el morbo de cómo murió o cuántos tiros le dieron que por otra cosa”. Añade que los más inquietos eran los periodistas, siempre en busca de datos que nadie tiene.

III.

Sucre, el mariscal que no supo morir a tiempo

Catalina cuenta la historia del Mariscal Antonio José de Sucre, general de la Gran Colombia y candidato ideal, y único, para suceder a Bolívar, cuya muerte terminó por condenar al Libertador.

La casaca con al que fue asesinado Sucre en Berruecos, cerca de Ecuador, llegó al museo en la década de los cincuenta. Es de color azul turquí, que concuerda con el su rango de mariscal. “El asunto es que la pieza no corresponde al momento en que lo mataron”, es decir, que Sucre no murió con la casaca que todos creemos.

— ¿Hay una evidencia o detalle significativo?

— Pues, primero, los botones no corresponden a la fecha de su muerte, y el hilo con el que fueron cosidos no es el original. Pero hay más: la reglamentación de los uniforme se aproxima más a la de 1834 que a la de 1826.

Catalina me enseña algunas fotografías:  “Mira, compara esto. Esta casaca era empleada para momentos de gala y no para trayectos de viaje”.

Antonio José de Sucre, Kienyke

Contrario a algunas fuentes históricas, Sucre no fue asesinado de un tiro al corazón desde lejos, sino por un tiro a quemarropa por la espalda.

— ¿Queda algún mito histórico por corregir?

—Sí, el de los asesinos, el orifico que presenta la casaca fue ocasionado por contacto directo y no a distancia, como cuentan algunas fuentes históricas, además el tiro fue en la espalda, no en el corazón.

IV.

Catalina va cerrando sus archivos y acomoda los objetos en sus repisas especiales. Es ya mediodía y al fondo se escucha a la Orquesta Filarmónica en un concierto al aire libre cerca de la entrada del museo. Cristina Lleras, anterior curadora del museo, comentó en una entrevista que “el patrimonio tiene sentido en la medida en que a la gente le importe, en la medida en que genere apropiación”. Es lamentable que, por falta de espacio, buena parte de una colección tan rica no se pueda exhibir.

Me queda sólo una pregunta antes de irme: “¿Y la toalla de Manuel Marulanda?”.

—Ah, eso sí es un mito de los medios, ellos inventaron todo. Esa toalla nunca llegó por acá.

Lea también

Así se contaron los hechos que estremecieron a Colombia