Un sepelio sin lágrimas

Un sepelio sin lágrimas

20 de febrero del 2011

Al abrir el baúl, una oleada a podrido invadió el lugar. Se había dicho que el féretro del Mono Jojoy sería especial, metálico, para proteger el cuerpo descompuesto. Pero era normal, casi burdo, de una madera ordinaria entre café y morada. Nada que no se hubiera visto antes. En el camino a pie, de unos doscientos metros entre el carro y el lugar de sepultura, el féretro se quiso abrir, pero fue más el amague. Fotos del momento trataron de ser tomadas, pero la abertura era mínima, a duras penas cabía la luz del sol.

Desde finales de la semana pasada corría el rumor que su cuerpo sería entregado en las instalaciones de Medicina Legal, en la Avenida Caracas con calle sexta, muy cerca de donde antes funcionaba la Calle del Cartucho. Esa era la única certeza, el resto era incertidumbre. El abogado del ex guerrillero, Rodolfo Ríos, había dicho que el entierro de Jojoy sería el lunes a la once de la mañana, pero a las once el cadáver estaba aún en una nevera a varios grados bajo cero.

Faltó un papel, una autorización firmada, para que el funeral fuera el lunes. La veintena de periodistas se marchó y el martes muy temprano volvió a aparecer. Se dijo que a las siete de la mañana saldría el carro fúnebre rumbo a Jardines El Apogeo, al sur de la ciudad. A las ocho dijeron que a las nueve, y a las nueve que de seguro a las once. Llegó la una de la tarde y nadie había almorzado por estar apostado en medicina legal. Cada carro que entraba, cada movimiento prendía las alarmas.

Antes de las dos llegaron tres coches fúnebres marca Renault, dos grises y uno blanco. Salió el primero, hubo gritos, algunos salieron detrás, pero era una falsa alarma. La ausencia de escoltas de la policía, del hermano y del abogado de Jojoy, pero en especial el detalle de que el carro tomó rumbo al norte, por la avenida Caracas, dejaron claro que no se trataba de Jojoy.


En este vehículo fue llevado el cadáver del líder guerrillero al Cementerio del Apogeo.

Minutos después el Renault Nevada placas ATC 913 dio la cara. Los policías que hacían guardia pendieron sus motos y todos lo notaron. Por la calle sexta, rumbo a la Autopista Sur, el cadáver viajó lo más rápido que permitió el tráfico bogotano, seguido por la Fuerza Pública y un enjambre de periodistas en taxis y carros particulares. Hubo algunos que se fueron en moto y llegaron antes al cementerio.

En el Renualt Nevada modelo 90 llegó el cuerpo poco antes de las tres. Había sol, pero no había flores, ni gente llorando. La sobrina de Jojoy, la misma que había tratado de reclamar el cuerpo de su tío recién asesinado, rondaba tratando de esconderse. Pero esconderse era imposible. Cincuenta periodistas cubrían todo el radio de acción.

El entierro estaba pactado para las 3:30 p. m. Minutos antes llegó Álvaro Montenegro, el sacerdote encargado de hacer la bendición de la tumba. Nunca antes había sido tan entrevistado. Caracol, RCN, CM&, Univisión, todos querían saber por qué él era el encargado de tal tarea. Montenegro habló del amor de Dios, de que todos somos iguales ante sus ojos y fue salvado por cuatro empleados del Cementerio, que de uniforme verde militar y tapabocas llegaron a sacar el ataúd del Renault Nevada.

No fue enterrado, sino acomodado en el quinto piso de la cripta comunal. Antes los rezos. Una bendición, un Padre Nuestro, un Avemaría. Sólo el sacerdote y una señora oraban. Ella se llamaba Mariela Grisales, dice estar enferma y por eso le reza a los muertos. Ese mismo día ya había estado en tres funerales en el mismo cementerio, y para ella el rezo no era para Jojoy, sino para Victor Julio, el verdadero nombre del ex guerrillero.

El ataúd de Jojoy quedó entre el de dos difuntos menos célebres: a la derecha, Francisco Javier Monosalva; a la izquierda, José Faraón Avilés, ambos fallecidos en 2008. Al final de la corta y fría ceremonia, todo el mundo abandonó el lugar con el mismo desconcierto con el que se asiste a un funeral común y corriente, sólo que en este nadie quería al difunto.

En un hueco aún sin lápida, de dos metros de largo por uno de ancho, descansa en paz el cuerpo del guerrero más sangriento que haya dado Colombia. Si eso no es una paradoja, es hora de reinventar su significado.