Venecia: el paraíso que está desapareciendo

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Venecia: el paraíso que está desapareciendo

8 de agosto del 2017

Venecia es esa ciudad de ensueño. Millones de personas en el mundo han soñado con conocerla, y poder navegar por sus bellos canales, en góndolas que conduce un italiano con voz de tenor. Eso es Venecia para los que llegan de afuera. En cambio, para los que viven en ella, ese fantástico paraíso, que muchos han imaginado, no existe. Se acabó.

La culpa de que Venecia haya dejado de ser un destino de ensueño no es, como se solía decir en otra época, el alza en el nivel del mar que podría desbardar los canales, sino una cada vez más creciente masa de turistas que saturan las calles de la ciudad. Muchos de los propios habitantes de Venecia han tenido que migrar a los suburbios porque vivir en el centro, cerca de la Plaza de San Marcos o el Puente de Rialto, es imposible. Los venecianos ya no son dueños de Venecia.

Al año, los visitantes se cuentan por millones. Hay momentos en que resulta casi que imposible caminar por las calles, abordar una góndola, entrar a un café, o viajar en el vaporetto, un autobús acuático al que, casi a todas horas, todos los días del año, no le cabe un alma.

“Venecia se está convirtiendo en una versión de ‘Disneyworld’”, le dijo uno de sus habitantes al New York Times. Esa afluencia descontrolada de extranjeros, que traen con ellos una “lógica depredadora”. Es el turismo de “comes y te vas”. Entrada por salida.

Las ‘hordas’ llegan en barcos de línea, enormes e imponentes, que por entre cuatro y cinco horas, encallan en el que otrora fue el puerto comercial más importante del Viejo mundo, mientras los turistas, “con un apetito voraz de imágenes y recuerditos”, llenan las empedradas calles, a las que en momentos no les cabe ni una mosca. Esa afluencia desmedida de gente ha hecho que todo el centro histórico de la ciudad, poco a poco se vaya llenando de refugios para viajeros de paso. Las instituciones emblemáticas de la “Venecia clásica”, como las ‘Salumerias’ –fábricas de embutidos–, han ido desapareciendo para dar lugar a hostales y tiendas de toda clase de recuerdos sobre la Venecia que fue y ya no es.

“El turismo está destrozando la estructura social, la cohesión y la cultura cívica venecianas, pues se hace cada vez más predatorio. El número de visitantes en la ciudad podría elevarse aún más ahora que los viajeros internacionales están evitando destinos como Turquía y Túnez a causa del miedo al terrorismo y los problemas políticos. Esto significa que los 2400 hoteles y otros lugares de alojamiento con los que la ciudad cuenta ya no satisfacen el apetito de la industria turística. El número total de alojamientos en el centro histórico de Venecia podría llegar a 50.000 e invadirlo por completo”, explicó el Times.

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A tal nivel ha llegado el problema, que la Unesco, junto con el gobierno italiano, han hecho un llamado para controlar el turismo y evitar la debacle. En un comunicado la Unesco expresó su preocupación por “ “la combinación de transformaciones continuas y proyectos propuestos que amenazan con hacer cambios irreversibles a la relación general entre la ciudad y su laguna”.

Uno de los problemas más delicados, además de la depredación que queda detrás de toda gran conglomeración humana –de turistas en este caso–, es que la proporción de visitantes, en un punto podría llegar a ser mayor que la de venecianos. Las obras públicas que se necesitan para atender la demanda de extranjeros, también están poniendo en riesgo el patrimonio cultural de la ciudad. Se ha propuesto, por ejemplo, un metro que iría por debajo de la laguna. Una construcción de estas dimensiones, causaría graves daños a las ya de por si viejas y defectuosas estructuras de la ciudad que podrían tener, algunas, más de 5 siglos de antigüedad.

En Venecia, ya no es normal ver a una pareja de novios navegando en una góndola por los preciosos canales. Hay tanta gente que quiere hacer eso que ahora, o no lo hace nadie, o lo hacen pocos. Sí es normal, en cambio, ver a los imponentes cruceros, llenos a norteamericanos y asiáticos, desfilar por el puerto frente a la emblemática Plaza de San Marcos. Y luego escupen cientos de personas que, como si fueran hormigas, llenan las calles de la ciudad hasta lo imposible. Eso no es paradisiaco por ningún lado.

Parece que la solución al problema no está dentro de las prioridades. La industria del turismo mueve millones de dólares al año, y contrarío a lo que se podría pesar, las autoridades locales y nacionales aunaron esfuerzos para fomentar la llegada de extranjeros. Dicen que es para “pagar la gran deuda pública de Venecia”.

“Si Italia quiere evitar que Venecia sufra más destrucción por parte de la nueva plaga que está devorando su belleza y memoria colectiva, primero debe revisar sus prioridades generales y, cumpliendo con su propia constitución, debe poner el patrimonio cultural, la educación y la investigación por delante de cualquier negocio”, concluye el Times.