El reloj marcaba el final del primer tiempo en el regreso de la República Democrática del Congo a un Mundial tras 52 años de dolorosa ausencia. Al frente estaba Portugal, una constelación de estrellas que amenazaba con devorarse el sueño congoleño. Pero entonces, un centro surcó el área y el delantero Yoane Wissa, con la fiereza de quien ha desafiado a la muerte, conectó un cabezazo implacable. Empate 1-1. El estadio estalló. Para muchos, era un gol de Copa del Mundo; para Wissa, era la confirmación de que seguía vivo.
Para entender la magnitud de ese festejo, hay que retroceder cinco años en el tiempo, al verano de 2021, cuando Wissa no vestía la camiseta del Newcastle ni saboreaba la gloria mundialista, sino que se debatía entre la vida y la ceguera en la apacible ciudad de Vannes, al noroeste de Francia.
El Verano del horror
En mayo de 2021, Wissa celebraba una temporada consagratoria con el Lorient en la Ligue 1: 10 goles y 5 asistencias que salvaron al club del descenso y despertaron el interés del Brentford inglés. Pero la verdadera felicidad no estaba en las canchas, sino en los brazos de su pareja, Kahina, con quien compartía su vida desde 2012. Acababa de nacer su hijo. El delantero planeaba unos meses de paz familiar y pañales. Nada hacía presagiar la pesadilla.
El 1 de julio, el timbre de su casa sonó. Al abrir, una mujer de 32 años, con amabilidad ensayada, le pidió un autógrafo para su hijo. Wissa, un futbolista humilde y cercano, accedió sin dudarlo. Firmó el papel y cerró la puerta. No sabía que acababa de firmar el inicio de un thriller de terror real.
A la medianoche, la misma mujer regresó, pero esta vez forzó la entrada. Al escuchar ruidos extraños, Wissa bajó las escaleras. En la penumbra, confrontó a la intrusa, quien, sin mediar palabra, le arrojó ácido directamente a la cara antes de huir en la oscuridad. El dolor fue instantáneo y devastador. El futbolista fue trasladado de urgencia al hospital para una cirugía quirúrgica de emergencia en los ojos. Su carrera, su vista y su futuro pendían de un hilo.
Un plan siniestro impulsado por la mentira
Al día siguiente, la misma ciudad fue testigo de un ataque idéntico. Esta vez la víctima fue una mujer de origen gambiano a quien la misma agresora, haciéndose pasar por trabajadora social en un parque infantil, le arrojó ácido para secuestrar a su bebé de mes y medio.
La verdad detrás de los ataques resultó ser una macabra trama de obsesión y engaño. La agresora, una francesa de 32 años llamada Laetitia, vivía atrapada en una mentira: tras sufrir un aborto espontáneo en 2020 y temer que su esposo marfileño la abandonara, simuló continuar con el embarazo e incluso fingió el parto. Al verse acorralada por el paso del tiempo y la inexistencia del bebé, ideó un plan quirúrgico a través de redes sociales. Buscó parejas mixtas (de piel clara y oscura, como la suya y la de su esposo) que acabaran de tener un hijo.
Wissa y su esposa Kahina cumplían el perfil. Aunque el ataque al futbolista fracasó en su objetivo de robo, Laetitia sí logró secuestrar al bebé de la segunda víctima. Por fortuna, la policía la rastreó mediante el número telefónico que usó para contactar a la madre gambiana. Al ser detenida, el bebé fue devuelto sano y salvo, y ella confesó de inmediato: "Solo quería encontrar un bebé".
De las cicatrices a la gloria mundialista
Unas semanas después del horror, Wissa compartió una fotografía en sus redes sociales donde se apreciaban las marcas del ácido. Sin embargo, el milagro médico se consumó: su vista se salvó por completo. Poco después, el Brentford completó su fichaje tras comprobar que su salud era impecable.
Hoy, aunque una leve cicatriz en su rostro aún recuerda la noche en que un monstruo intentó apagar su luz y arrebatarle a su hijo, Yoane Wissa camina con la frente en alto. Tras superar una difícil temporada de debut en el Newcastle, ha demostrado que los obstáculos de la cancha no son nada comparados con los que ya venció en la vida. Su cabezazo ante Portugal no fue solo un gol; fue el grito de un superviviente.
