Las redes sociales y los entornos digitales nos han abierto nuevas puertas: acceso a la información, participación política, independencia económica, oportunidades que hace solo una década eran impensables. Pero esa misma apertura ha dejado grietas por donde se cuelan nuevas formas de violencia, especialmente contra las mujeres.
Como mujer y servidora pública, mi compromiso es avanzar en acciones reales y transformadoras para que estar en internet no implique miedo, autocensura o silencio. En 2024, culminé mi maestría en Derechos Humanos, Democracia y Globalización con una tesis centrada en los derechos digitales y la violencia de género en redes sociales. Los hallazgos son tan preocupantes como urgentes: el 60 % de las mujeres encuestadas ha vivido algún tipo de violencia digital. Peor aún, el 74 % no sabe cómo denunciar o a quién acudir.
Estas cifras no son solo datos: son vidas limitadas, voces acalladas y sueños interrumpidos. Hablamos de ciberacoso, suplantación de identidad, difusión no consentida de imágenes íntimas, deepfakes… una lista que crece y que revela una verdad dolorosa: la violencia digital también vulnera derechos humanos fundamentales como la dignidad, la intimidad, la honra y la libertad de expresión.
Por eso, hago un llamado a la legislación: necesitamos marcos normativos que den cuenta de estas realidades, que generen acciones correctivas, pero también preventivas y disuasivas, evitando la revictimización de las mujeres. No se trata solo de sancionar, sino de construir entornos digitales donde la protección y la dignidad sean la regla, no la excepción.
Mi convicción es clara: los derechos digitales son derechos humanos y deben ser reconocidos como tal. Desde el Ministerio TIC estamos trabajando para que así sea, con políticas públicas que protejan, acompañen y empoderen. A través de nuestro programa CiberPaz, hemos sensibilizado a miles de mujeres y comunidades sobre el uso seguro y responsable de la tecnología, fortaleciendo su confianza digital. Este proceso se complementa con la inteligencia emocional digital, que promueve una ciudadanía más consciente, empática y resiliente frente a los riesgos del entorno virtual.
Pero sabemos que la tecnología, por sí sola, no basta. Necesitamos un cambio cultural profundo que nos permita nombrar esta violencia, reconocerla y combatirla sin eufemismos. Porque si duele en línea, también es violencia. Y ningún país puede considerarse justo si las mujeres deben desconectarse para sentirse seguras.
Hoy tenemos una oportunidad única: construir un internet donde todas podamos estar, opinar, crear y disentir sin miedo. Un entorno digital pensado desde la equidad, la inclusión y la dignidad humana. Esa es la transformación digital que lideramos desde el Gobierno Nacional: una transformación con sentido humano, que no deja a nadie atrás.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad no puede esperar más: ¿estamos listos —y listas— para construir ese internet? Yo estoy convencida de que sí. Y desde el Ministerio TIC seguiremos trabajando para hacerlo realidad, desde cada territorio, con cada mujer, en cada espacio digital.