El #MeToo que les explotó en la cara a los medios de comunicación

Mar, 24/03/2026 - 11:09
El #MeToo que golpea a los medios no se reduce a nombres propios: abre preguntas sobre jerarquías, protocolos y credibilidad.
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Kienyke.com

Las denuncias de presunto acoso sexual que marcaron el fin de semana no solo sacuden nombres propios. Lo que quedó expuesto es una cultura de silencio, jerarquías intocables y redacciones donde muchas mujeres han tenido que callar para poder seguir.

El #MeToo no llegó de la nada. Llegó tarde. Y, cuando finalmente estalló, lo hizo donde más incomoda: en la cara de los medios de comunicación. No como un rumor, no como un caso aislado, sino como una acumulación de voces que durante años se quedaron en voz baja y que hoy, de pronto, decidieron no callar más.

Lo que se destapó este fin de semana no es solo un conjunto de denuncias por presunto acoso sexual. Es la evidencia de algo más profundo: una cultura enquistada en ciertos entornos, donde el poder se ejerce sin control, los límites se desdibujan y, muchas veces, el silencio ha sido el precio para permanecer.

Porque el problema no empieza cuando se denuncia. Empieza mucho antes, cuando ciertas conductas se normalizan; cuando un comentario se sale de lugar y se deja pasar, cuando una insinuación se minimiza, cuando una incomodidad se convierte en rutina. Así, el abuso deja de parecer excepcional y empieza a instalarse como parte del paisaje.

Y ese paisaje tiene reglas no escritas. Quien habla, se expone. Quien denuncia, arriesga no solo su estabilidad, sino también su reputación y su credibilidad. Por eso tantas historias se quedaron guardadas durante años. Por eso tantas apenas ahora empiezan a salir.

Lo que hoy se está viendo no es un fenómeno espontáneo. Es un efecto dominó. Una denuncia abre la puerta a otra, y luego a otra más. No porque haya una agenda detrás, sino porque hay una experiencia compartida. Cuando los relatos coinciden en sus formas y en sus dinámicas, lo que aparece no es una casualidad. Es un patrón.

En medio de este remezón, algunas organizaciones han reaccionado activando protocolos. Es lo correcto, pero no basta. Porque la pregunta de fondo no es qué pasa cuando todo se hace público, sino qué ocurrió antes, qué se toleró, qué se ignoró y qué se decidió no ver.

Este momento también obliga a mirar al periodismo sin adornos. Durante años se ha defendido como un oficio que vigila el poder, pero hoy ese espejo se devuelve. No se puede exigir transparencia hacia afuera mientras se administra el silencio hacia adentro.

Aquí no solo están en juego nombres propios. Está en juego la credibilidad de un sector que construye relato público. Y esa credibilidad se erosiona no solo por lo que se publica, sino también por lo que se calla.

También hay una línea que no se puede cruzar. Hablar de presuntos hechos implica respetar el debido proceso. Pero ese rigor no puede convertirse en refugio para la indiferencia ni en excusa para deslegitimar a quienes denuncian. El equilibrio es incómodo, pero necesario.

Este #MeToo no debería quedarse en la coyuntura ni diluirse en la velocidad de las redes. Tampoco debería reducirse a una lista de nombres. Lo que está en juego es más profundo: desmontar una cultura en la que el poder ha operado durante años sin suficiente control.

Porque cuando una mujer decide hablar, no solo está contando su historia. Está rompiendo un sistema que durante demasiado tiempo se sostuvo en el silencio.

Y eso, justamente, es lo que hoy está en crisis.

No son solo algunas reputaciones las que se tambalean. Es una forma de operar la que quedó expuesta.

 

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