Cuando la tierra nos recuerda lo frágiles que somos

El terremoto vuelve a recordarle a Colombia su fragilidad, pero también la solidaridad y fortaleza que aparecen durante las tragedias.
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Por: Edu Arango


Hay momentos en los que la vida nos obliga a detenernos, aunque sea por unos segundos, para recordarnos una verdad que solemos olvidar entre las carreras de todos los días: somos frágiles. Construimos planes, hacemos cuentas, perseguimos sueños, discutimos por asuntos que después parecen insignificantes y caminamos convencidos de que tendremos tiempo para todo. Hasta que la tierra se mueve y, en cuestión de segundos, nos demuestra que la vida puede cambiar sin pedir permiso.

El epicentro estuvo en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, pero el estremecimiento no se quedó allí. La fuerza de la naturaleza recorrió buena parte del territorio colombiano y alcanzó ciudades y poblaciones donde miles de personas sintieron cómo, por un instante, aquello que parecía firme dejaba de serlo. Casas, edificios, calles y montañas se convirtieron en el escenario de una emergencia que nos recordó que ningún lugar está completamente aislado de la fuerza impredecible de la naturaleza.

En las principales ciudades también se sintió el miedo. En algunos lugares las personas salieron apresuradamente de sus viviendas y oficinas; en otros, buscaron refugio en las calles mientras intentaban comunicarse con sus familiares. Los teléfonos comenzaron a sonar, los mensajes se multiplicaron y una pregunta se repitió una y otra vez: ¿están bien? Pocas veces una frase tan sencilla adquiere tanto significado como en medio de una tragedia.

Porque cuando la tierra tiembla, las prioridades cambian. El dinero deja de importar por unos minutos. Los cargos, los títulos y las diferencias sociales desaparecen. Lo único que interesa es encontrar a los nuestros, saber quién está a salvo y ayudar a quien necesita una mano. La tragedia tiene esa capacidad dolorosa de recordarnos que, por encima de cualquier diferencia, todos compartimos la misma condición humana.

La búsqueda y rescate después del terremoto

Mientras unos lograban salir, otros quedaron atrapados. Y mientras Colombia intentaba dimensionar lo ocurrido, comenzaron las labores de búsqueda y rescate. Todavía hay personas que esperan ser encontradas, familias que aguardan noticias y cuerpos que deben ser extraídos de los lugares donde la tragedia los sorprendió. Detrás de cada cifra hay un rostro, un nombre, una historia y una familia que espera. Por eso, ninguna estadística puede explicar completamente el dolor de una tragedia.

Hay algo particularmente duro en esperar frente a los escombros. Allí el tiempo parece detenerse. Cada minuto puede significar una esperanza, una noticia o un silencio que pesa demasiado. Los organismos de socorro trabajan contra el reloj, removiendo piedras, revisando estructuras y buscando señales de vida. Y mientras ellos lo hacen, familiares, amigos y vecinos esperan. Esperan con angustia, pero también con fe.

La solidaridad aparece en medio de la tragedia

Es en esos momentos cuando aparece otra característica de nuestra gente: la solidaridad. El colombiano que en la vida cotidiana puede estar enfrentado por una discusión política, por una diferencia deportiva o por cualquier otro motivo, cuando llega la tragedia suele dejar las diferencias a un lado. Aparece el voluntario, el vecino que ayuda, el conductor que transporta, el médico que trabaja sin descanso, el rescatista que se mete entre los escombros y la persona anónima que simplemente pregunta qué puede hacer.

Porque Colombia ha aprendido, muchas veces a fuerza de golpes, que levantarse también es una forma de resistencia.

Nos ha tocado enfrentar terremotos, inundaciones, deslizamientos, incendios, desplazamientos y tantas otras tragedias que han puesto a prueba nuestra capacidad de resistir. Y aunque ninguna sociedad debería acostumbrarse al dolor, sí hemos desarrollado una fortaleza que aparece justamente cuando todo parece perdido. No porque no tengamos miedo, sino porque aprendemos a avanzar a pesar de él.

Quizás esa sea una de las grandes lecciones que deja esta tragedia. Ser valiente no significa no sentir miedo; significa no permitir que el miedo nos paralice. Y en estas horas difíciles, mientras unos lloran, otros buscan, otros esperan y otros ayudan, Colombia vuelve a demostrar que todavía conserva una fuerza que ninguna tragedia ha podido destruir.

El terremoto también deja lecciones sobre prevención

Pero también sería irresponsable quedarnos únicamente con la emoción del momento. Cada desastre debe convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué estamos haciendo para prevenir el siguiente. La naturaleza no negocia, no avisa y no distingue entre ricos y pobres. Por eso necesitamos ciudades mejor preparadas, edificaciones seguras, organismos de socorro fortalecidos, sistemas de comunicación eficientes y protocolos que permitan reaccionar con rapidez cuando llegue la emergencia.

La tragedia también desnuda nuestras debilidades. Nos muestra las zonas donde la infraestructura es insuficiente, las comunidades que viven en condiciones de vulnerabilidad y las enormes distancias que todavía existen entre algunos territorios y las capacidades reales del Estado. San José del Palmar y el Chocó no pueden quedar reducidos a una referencia en el mapa cada vez que ocurre una tragedia. Los territorios apartados también tienen derecho a prevención, atención oportuna y capacidad de respuesta.

Porque después de que las cámaras se marchen y los titulares cambien, quedarán las familias. Quedarán las casas destruidas, los recuerdos perdidos, las heridas físicas y emocionales y la necesidad de reconstruir. Allí es donde realmente comienza el desafío.

Hoy, sin embargo, hay algo que debemos reconocer: en medio de la tragedia también hemos visto humanidad. Hemos visto manos que se extienden, personas que arriesgan su propia seguridad para ayudar a desconocidos y comunidades enteras organizándose para enfrentar juntas el dolor. Hemos visto esa Colombia que aparece cuando más se necesita, esa que no pregunta primero quién eres, sino qué necesitas.

La solidaridad, una fuerza para volver a empezar

La tierra puede sacudir nuestros hogares, pero no debería sacudir nuestra esperanza.

Tal vez esa sea la imagen que debemos conservar cuando pase la emergencia. No solamente la de los escombros, sino la de quienes llegaron a removerlos. No solamente la de quienes lloran, sino la de quienes abrazan. No solamente la del miedo, sino la de quienes, aun teniendo miedo, decidieron ayudar.

La fragilidad del ser humano no debería conducirnos únicamente al temor. También debería enseñarnos a valorar la vida. A llamar más seguido a quienes queremos. A abrazar sin esperar una ocasión especial. A dejar de aplazar las palabras importantes. A comprender que muchas de las cosas por las que nos preocupamos diariamente pierden todo sentido cuando la vida está en juego.

Hoy la tierra nos recordó que somos frágiles. Pero también nos recordó que somos capaces de resistir.

Y mientras continúen las labores de búsqueda, mientras haya familias esperando una noticia y mientras los organismos de socorro sigan trabajando entre los escombros, nuestra obligación es no olvidar que detrás de cada persona hay una historia que merece ser contada y una vida que merece ser buscada.

Colombia tiembla, llora, se duele. Pero también se levanta.

Porque así somos.

Nos golpean las tragedias, nos sacuden las dificultades, nos ponen a prueba las circunstancias, pero cuando parece que todo está perdido, aparece esa fuerza que tantas veces nos ha permitido seguir adelante.

La tierra puede hacernos sentir pequeños, pero la solidaridad nos recuerda que juntos somos enormes.

Y quizá esa sea la mejor manera de enfrentar lo que viene: con los pies nuevamente sobre la tierra, el corazón al lado de quienes sufren y la esperanza intacta.

Porque la vida es frágil.

Pero mientras estemos juntos, todavía hay mucho por reconstruir

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