¡ASÍ ES QUE SE BAILA EN CALI!

6 de diciembre del 2013

En los felices años 80’s Cali fue pionera en cultura ciudadana.

Cuando ya se escuchan las trompetas y la clave de las orquestas de salsa, listas para la versión 56 de la Feria de Cali y las escuelas salseras redoblan sus diarios entrenamientos, es bueno preguntarse por qué la salsa es sinónimo de identidad en una ciudad como Cali.

Ciudad mestiza enclavada junto a la cordillera occidental, con migraciones por todos sus límites: el norte paisa, el sur caucano y pastuso, el este andino y el oeste pacífico. Además de grandes colonias judías, árabes, libanesas, italianas y españolas que conformaron esta raza variopinta que hoy denominamos “los caleños”.

Cali no contaba con una identidad propia, pero se daba licencias para tomar y desarrollar aspectos de las migraciones recibidas como los aportes italianos, españoles y negros a su gastronomía regional que pueden verse en el arroz atollado (copia caleña del risotto), la chuleta valluna (copia caleña de la milanesa), el manjar blanco (copia del menjar blanc catalán) o los deliciosos encocados de moluscos que llegaron junto a las tostadas de plátano delgadas, las marranitas y todo el sabor del Océano Pacífico.

Así se afirma su identidad anfitriona y receptora que precisaba de una herencia cultural para reunirse en una sola. Y llegó la salsa de Puerto Rico, en los años 60’s,  de la mano de Richie Ray y Bobby Cruz,  para desarrollar luego en las orquestas locales el “sonido caleño” con la clave y aires del pacífico y el “bailado caleño” que sigue cosechando premios mundiales.

Entonces la ciudad encontró y se apropió de la identidad salsera, que ya no es una moda sino un cluster económico importantísimo que mueve la industria musical, el calzado, el vestuario, las orquestas, las escuelas de música y las de salsa.

En los felices años 80’s Cali fue pionera en cultura ciudadana. Los que tuvimos la suerte de vivir la adolescencia y juventud en la ciudad, recordamos las filas para tomar el transporte público, la señalización de las vías, la atención que se brindaba en dependencias y comercios, en fin, una ciudad remozada por los Juegos Panamericanos y con un civismo fuera de serie en Colombia.

Nadar y bailar se convirtieron en los verbos de la caleñidad por excelencia, utilizar los ríos, parques y corredores verdes para el ejercicio se formó parte de la rutina de sus habitantes mientras los músicos locales desarrollaban el sonido caleño que daría la vuelta al mundo con su máximo representante: Jairo Varela (migrante chocoano) y su orquesta El Grupo Niche.   Esa fabulosa cultura cívica, deportiva y salsera fue la misma que se opacó durante la guerra de los carteles del narcotráfico y su fatal influencia en la sociedad vallecaucana.

Ahora, en la primera década del siglo XXI, la ciudad revive y reconstruye su identidad cultural a partir de la salsa y reconociendo los grandes aportes de la música del pacífico.  Cali tiene identidad  propia construida por sus ciudadanos con los aportes foráneos y propios, demostrando que la herencia cultural, con sus apropiaciones y diversidades, es más fuerte que el narcotráfico, el terrorismo y la sangre que rodó por sus calles.

Así es que se baila en Cali. Al ritmo de la herencia cultural de propios y migrantes, en medio de sus problemas de seguridad y con el valor de haberse levantado entre sus cenizas y recomenzar el camino. No será tan fácil, ya lo sabemos.

Pero la ciudad que un día fuera pionera en cultura ciudadana, festivales de arte, cine nacional, ciclo rutas (la Cali-Palmira tiene más de treinta años), zonas verdes ciudadanas, escenarios deportivos, para nombrar solamente algunos de sus hitos,  ha comenzado a sacudirse y a reconstruirse con la misma alegría y entusiasmo que nos caracteriza, como productores y consumidores de caña de azúcar que somos, de pura dulzura cultural.

Dos publicaciones editoriales recientes reafirman esta voluntad: el libro El Deliro de Cali, de la Fundación Delirio con Isabella Prieto como editora, que recopila a nueve expertos en caleñidad y cultura salsera para contarnos cómo es que se baila y se produce música en Cali. Y La Vuelta a la Manzana, de la Fundación Carvajal y la Red de Biblioteca Públicas, donde treinta autores entre escritores, gestores culturales y artistas, nos hablan de la Cali de su infancia y adolescencia, para alimentar la memoria y la identidad.

Y así es que se baila en Cali. Como dice la canción del maestro Willie García que será el disco de la Feria este año y que en su apertura de Salsódromo contará con la presencia de los eternos maestros de la salsa caleña: Richie Ray y Bobby Cruz. ¡¡¡Azuuucaaarrr!!!

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