CoverSpy o esto no es Nueva York

9 de junio del 2012

Hace unos meses descubrí una cuenta de twitter cuyo contenido es puro voyerismo intelectual. CoverSpy, se llama, y sus tweets se reducen a chismosear sobre los libros que leen los pasajeros del metro de Nueva York. Pero no basta con el libro, sino que hay que describir al lector. Su sexo, su edad, su ropa. […]

Hace unos meses descubrí una cuenta de twitter cuyo contenido es puro voyerismo intelectual. CoverSpy, se llama, y sus tweets se reducen a chismosear sobre los libros que leen los pasajeros del metro de Nueva York. Pero no basta con el libro, sino que hay que describir al lector. Su sexo, su edad, su ropa. La estación en la que se subió, la línea de tren que ha cogido. ¿Lleva acaso un café de Starbucks, va sentado o de pie? Muchos tweets confirman estereotipos. Los hipsters y los pocos libros que venden en Urban Outfitters, frikis con autores que ni usted ni yo hemos escuchado en la vida y mujeres en los 50 leyendo novelas del siglo XIX. Hay libros de todo tipo. Bestsellers, literatura para jóvenes, libros para adultos y noveles serias. Está desde Los juegos del hambre, hasta El Quijote, pasando por Roberto Bolaño y por Philip Roth. Es un pequeño placer leer cada tweet que viene acompañado por la imagen de la portada del libro. Imaginarse a su lector, cual película de Woody Allen, imbuido en su lectura. Imaginarse que el lector es una mujer que se le cae un libro de Bolaño, uno se lo alcanza y comienza una relación que terminará en su apartamento del Village. La escases de los tweets (dos o tres por día), da pie para que la imaginación se termine de perder.

A veces cuando voy en Transmileno hago lo mismo. Si veo que alguien está leyendo husmeo con cuidado qué es lo que lee. La mayoría de veces son fotocopias de universidad, y de ser libros siempre me llevo la mala sorpresa de ver que leen una versión pirata de Dónde está mi vaca (¿así se llama?) o cualquier otro libro de autoayuda pasado de moda. También está Walter Riso o Paulo Coello. No hablemos de los lectores, de los seres que se atreven a llevar en sus manos ese tipo de libros. Seres que acompasan su lectura con la última canción del reggaetón paisa o dominicano. Bogotá no es Nueva York. Bogotá no tiene metro pero tiene Transmilenio. A cada uno lo que le pertenece. Maldita sea.

El mundo cultural colombiano se escandaliza porque las tasas de lectura del país no superan el 1,5%. El 1,5% de los colombianos lee un libro al año. Una mala cifra desde todo punto de vista. Sin embargo, qué es lo que lee ese 1,5%, ¿libros de superación personal? ¿Walter Riso y Paulo Coello? Si es así, ese modesto 1,5% peligra. Porque no es leer por leer (eso lo hace cualquiera) sino leer libros de calidad. Literatura o ideas que aporten al lector más allá de consejos vanos para alcanzar la “felicidad”. En los países del primer mundo la pelea no es por qué porcentaje de la población lee cuántos libros al año, sino cuál es la calidad de los libros leídos. Y si es así, ¿cómo va nuestro 1,5% de lectores colombianos? Mal, muy mal. Parece que ya ni García Márquez levanta esa cifra. Ponga un número, pero tristemente es posible que no pase del 0,5%. Bogotá no es Nueva York, Bogotá no tiene metro pero tiene Transmilenio. A cada uno lo que le pertenece. Maldita sea.

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