El Bijlmerramp - Primera Parte

Vie, 24/02/2012 - 02:37
Había escogido ser holandés por pura necesidad. Fue por la época en que los acuerdos de 1975 le ofrecieron la oportunidad irrepetible de un futuro digno, lejos de las minas de bauxita donde llevaba
Había escogido ser holandés por pura necesidad. Fue por la época en que los acuerdos de 1975 le ofrecieron la oportunidad irrepetible de un futuro digno, lejos de las minas de bauxita donde llevaba enterrado ya diez años y de las que sólo salía unas pocas horas al día para ir a compartir la cena con sus cuatro hijos en el tugurio arruinado de Paramaribo donde había construido su casa. Allí dormía como podía, acurrucado como un armadillo en el colchón polvoriento y ajado que su mujer le había dejado cuando se fue sin avisar con rumbo desconocido. La  idea de educar a sus hijos para que no tuvieran que romperse el espinazo como él en las canteras de la Suriname Aluminium Co. le pareció más dulce que la vista luminosa del Caribe cada mañana, y el sueño del mundo civilizado le hizo parecer su condición de minero asalariado una pesadilla innecesaria. Así que cuando el Gobierno anunció la posibilidad de escoger entre un pasaporte holandés y un pasaporte de la nueva República Independiente de Surinam, Desiré no lo pensó dos veces, y se fue una mañana sin nubes a la oficinas de la Cancillería, donde pasó todo el día en una fila interminable, para reafirmar, sin pestañear siquiera, su lealtad a la Reina Juliana de Oranje-Nassau, soberana absoluta del Reino de los Países Bajos, por la gracia de Dios. Tal vez lo habría pensado mejor si se hubiera imaginado cuán diferente sería su vida en Ámsterdam, cuán lejana de todo cuanto conocía y cuán fríos los inviernos de canales congelados y de eternas noches, pero sobre todo, cuán aciago sería su destino. Tal vez habría tomado el riesgo de quedarse en Paramaribo, y quién sabe, tal vez incluso habría escalado en la pirámide social de la naciente república tras el golpe de Bouterse, y habría seguido disfrutando del Caribe inmenso, y de la sopa de tiburón, y de los partidos de softball de sus hijos. Pero en 1975 no lo pensó mejor, y gastó sus ahorros de toda la vida en los cinco boletos de avión que el Gobierno le ayudó a pagar y que por primera vez en su vida lo sacaron de su ciudad natal y de su pasado cimarrón y lo llevaron al otro lado del mar, y lo botaron como a un náufrago (con cuatro niños y tres maletas donde cabía su vida) en un aeropuerto inmenso del que sólo conocía el nombre: Schiphol, la tumba de los barcos. Le habían hablado de los molinos de viento, de los tulipanes y de las putas felices que ofrecían sus encantos a través de las ventanas como si fueran cajitas musicales. Le habían contado de los coffeeshops, que apenas comenzaban a abrirse paso en la sociedad holandesa como templos de la tolerancia, y de los canales de Ámsterdam, el vestigio vivo de la Edad de Oro en que los barcos mercantes de la República Holandesa navegaban por todos los mares del mundo y comerciaban por igual con los distribuidores de seda en la bahía de Nagasaki y con los negreros portugueses de Guinea. Desiré había escuchado aquellas historias con desinterés, y las había registrado como hechos inútiles en su memoria, lugares y personajes que sólo le sirvieron para construirse en la cabeza una vaga idea de lo que sería su nueva vida. Así que su desconcierto fue grande cuando los amigos de Paramaribo que habían llegado el año anterior lo llevaron a su nueva casa, un espacio único y gris de cuarenta metros cuadrados en el último piso de un edificio de apartamentos en la zona del Bijlmer (Klein-Kruitberg, ése era el nombre del edificio), lejos de las casitas escalonadas del centro de Ámsterdam y con una claraboya central cómo única fuente de luz. Allí mismo, y sin tomar una siesta luego del largo viaje interoceánico, extendió sus cinco catres, deshizo sus maletas, dio indicaciones a sus cuatro muchachos de no salir hasta que volviera y se fue a buscarles un destino incierto en una ciudad ajena que siempre le sería extraña. De eso hacía ya diecisiete años. Ahora, recordando con dificultad esos primeros días, sentado en cuclillas en la cama de su celda (el lecho más cómodo que había podido disfrutar desde que tenía memoria), intentaba atar los cabos sueltos de su vida para entender cómo sus buenas intenciones de entonces y la decisiones -apresuradas o no- que había tomado habían podido conducirlo a la soledad de la cárcel, sin hijos que lo visitaran ni amigos que le dieran esperanza, y se preguntaba inútilmente si habría sido mejor morir en las minas de bauxita, asfixiado por los gases o extenuado por el esfuerzo de la extracción del aluminio, antes que venir a parar al complejo penitenciario de Bijlmerbajes sin haber tenido jamás el derecho de una explicación. Ya no importaba. Mañana era 4 de octubre y saldría por fin de este encierro, tras pasar allí los últimos siete años de su vida, acusado injustamente de haber violado y asesinado a una estudiante holandesa que hacía sus prácticas en el Instituto Huygens de Historia. Volvería a casa y trataría de recobrar su vida donde la había dejado el día en que la policía se presentó en su restaurante de la zona del Pijp y se lo llevó sin darle tiempo de una llamada a sus hijos, quienes por lo demás ya se habían perdido por los vericuetos de la vida y tampoco habían intentado buscarlo. Retomar su vida. Si. Eso era lo que quería. Twitter: @juramaga
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