Exploración espacial: el capital es la frontera

22 de mayo del 2012

La más capitalista de las carreras espaciales acaba de comenzar. Con el lanzamiento esta madrugada del vehículo espacial Falcon, diseñado, ensamblado y operado por la compañía californiana SpaceX, el sector privado gringo intentará echarse sobre sus espaldas la inmensa labor de suplir con provisiones, instrumentos y astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI), en órbita […]

La más capitalista de las carreras espaciales acaba de comenzar. Con el lanzamiento esta madrugada del vehículo espacial Falcon, diseñado, ensamblado y operado por la compañía californiana SpaceX, el sector privado gringo intentará echarse sobre sus espaldas la inmensa labor de suplir con provisiones, instrumentos y astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI), en órbita continua alrededor de nuestro planeta desde principios del siglo. Y si antes era el afán de supremacía nacional en el espacio lo que impulsaba las aventuras espaciales más asombrosas, como las misiones Apolo, o los milimétricos aterrizajes en Marte, ahora esa motivación vendrá de la competencia entre compañías privadas por ganarse los contratos con los que NASA piensa relajar su presupuesto, fuertemente afectado por las últimas decisiones de Washington. La idea, brevemente, es que si las compañías privadas logran convencer a NASA de que pueden poner de manera segura unos cuantos astronautas en órbita, entonces la agencia espacial dejará esta labor a merced del capital, y concentrará sus recursos en misiones de exploración a regiones más distantes del sistema solar.

Para los americanos es una salida elegante que les permite mantener su presencia en el espacio ahora que los transbordadores espaciales han salido de circulación, cuando todo el mundo creía que sólo los rusos continuarían con capacidad de montar astronautas en la gigantesca EEI. Una salida muy al estilo gringo: dejando lo difícil o costoso en manos de la iniciativa privada, ávida de chupar el dinero de las arcas federales. En principio la idea no es mala: le ahorra dinero a la agencia espacial estadounidense, que lo necesita para sus misiones bandera como el Telescopio Espacial James Webb y su flotilla de exploradores marcianos, mientras que agrega innovación a la exploración de la llamado órbita baja. Sin embargo, no toda me parece color de rosa en este nuevo ejemplo de American enterprise. Los intereses privados no siempre coinciden con el interés general, y mucho menos con las prioridades científicas que en mi opinión deben primar en cualquier agencia de exploración espacial.

El lanzamiento del cohete Falcon de SpaceX, desde Cabo Cañaveral. Crédito USA Today.

El esfuerzo mancomunado de dineros públicos y privados en la exploración espacial no es algo nuevo. La Agencia Espacial Europea, por ejemplo, tiene amplias colaboraciones con el sector privado en su programa de satélites de posicionamiento global, Galileo. Sin embargo, dichas colaboraciones hasta el momento se han limitado a tecnología de comunicación e instrumentos específicos de los satélites enviados al espacio. Lo verdaderamente nuevo con SpaceX es la posibilidad de dejar en manos privadas una de las operaciones más importantes para la futura exploración humana del Sistema Solar: el transporte de astronautas, víveres y recursos hídricos. ¿Hacia dónde apuntarán los cohetes privados del ingenioso magnate de origen sudafricano Elon Musk, fundador de SpaceX? Muy probablemente no será hacia las lunas de Júpiter, que ocultan bajos sus capas de hielo océanos inmensos de agua líquida donde tal vez pululen organismos subacuáticos, nuestros más cercanos vecinos cósmicos; tampoco apuntarán hacia los desiertos helados de Marte en cuyos resquicios se encuentran los secretos del funcionamiento del clima y posibles respuestas al problema de calentamiento global de nuestro propio planeta. Posiblemente tampoco apuntarán hacia los secretos lunares, como los proyectiles fantásticos de George Melies. Lo más probable es que apunten hacia las fuentes de dinero, hacia los recursos minerales que puedan ser transformados rápidamente en dólares, como si de bíblicas transmutaciones se tratara.

Le veo dos problemas a este escenario, que puede nunca llegar a darse si las agencias espaciales deciden mantener las prioridades científicas. En primer lugar, hará que nos alejemos de la visión utópica cuya máxima expresión fueron las placas dejadas en el suelo polvoriento de la Luna por los primeros exploradores de la era Apolo, que proclamaban con una generosidad difícil de creer en aquellos momentos de Guerra Fría, que los Estados Unidos exploraban el universo en nombre de la Humanidad entera. En efecto, cada pedazo de roca en el espacio podría tener en el futuro cercano un dueño y un precio, tanto más alto cuanto más preciosos sean sus compuestos minerales. El cielo será también propiedad privada. No es un chiste ni una coincidencia que un grupo de ricos aventureros encabezados por el director de cine James Cameron hayan propuesto hace poco enviar misiones espaciales con fines esencialmente mineros (el sueño de Bruce Willis ). Nada de esto luce muy promisorio para los objetivos puramente científicos, aquellos que nos impulsan a explorar por el único deseo de saber. El segundo problema tiene que ver con las consecuencias geopolíticas y sociales de dicha política de exploración: la riqueza de las estrellas podría aumentar la ya inconmensurable brecha social que existe entre los países que ostentan el monopolio de los recursos y aquellos que aún se desangran en conflictos internos, y  que poco se preocupan por la exploración del vecindario cósmico. La colonización del espacio con fines comerciales podría ser una repetición a escala interplanetaria de los sangrientos procesos de colonización de los siglos pasados.

No obstante, la perspectiva no es tan sombría. Si se maneja de manera correcta, la competencia privada generará mecanismos de innovación que permitirán un desarrollo exponencial de las tecnologías necesarias para llevar hombres a Marte y a lugares aún más remotos del Sistema Solar. Además, en tiempos de crisis a las agencias gubernamentales que se encargan de la exploración y la ciencia les viene bien una mano del sector privado, siempre y cuando sigan siendo ellas quienes dicten las políticas futuras. Varios ven el lanzamiento de SpaceX como un momento crucial en la historia. Yo pienso que sólo lo será en la medida en que los gobiernos y las compañías recuerden que la Humanidad pertenece al Universo, y no al revés.

Twitter: @juramaga

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