Imposturas Virtuales (sic)

30 de agosto del 2011

Nada mejor que la impostura para poder hacer y decir lo que se quiera. Nada más censurado que la impostura. Un par de premisas contradictorias en sí mismas si se enmarcan dentro de la lógica de un mundo de silicio como el que nos está envolviendo y nos está tragando a un ritmo vertiginoso. La […]

Nada mejor que la impostura para poder hacer y decir lo que se quiera. Nada más censurado que la impostura. Un par de premisas contradictorias en sí mismas si se enmarcan dentro de la lógica de un mundo de silicio como el que nos está envolviendo y nos está tragando a un ritmo vertiginoso.

La Reportera

Mucho revuelo causó en la esfera local la aparición y desaparición, efímeras como todo lo virtual, de una reportera de guerra colombiana al servicio de Al Jazeera en las zonas más relevantes para el acontecer mundial: Egipto, Libia o Somalia. Utilizada como fuente de primera mano, la “reportera” en cuestión transmitió imágenes y textos alusivos a los hechos que se estaban presentado en el -para esta sociedad parroquial- convulso y exótico mundo musulmán y africano.

La existencia de esta corresponsal fue una afortunada coincidencia para los medios colombianos (que en su mayoría se han dedicado a utilizar  como fuente  de información y de manera gratuita el material que aparece en las redes sociales) ya que no suelen contar con un corresponsal propio en las zonas neurálgicas. Tal vez enviar un corresponsal propio implicaría entrar en gastos altos, pero alegar falta de presupuesto sería incongruente con el hecho de que a una telenovela se le destinan grandes sumas de dinero por el sólo hecho de deformar la realidad, cuando de biografías se trata, o de vender ficciones que en últimas no son otra cosa que estrategias comerciales de productos y estilos de vida inalcanzables para la mayoría de la población. O tal vez se debe al hecho de que la prioridad era prepararse para la transmisión de un mundial de fútbol.

Pasado un tiempo se vino a saber que la mencionada periodista, de la que solamente existía evidencia en Twitter, Facebook y un par de websites más, no era tal y que sus fotografías provenían de otras fuentes, agencias internacionales en la mayor parte de los casos. Algo que demuestra la falta de rigurosidad de los medios tradicionales en Colombia. Toda la farsa se vino abajo en el mismo escenario en donde se construyó: Twitter.

Sin embargo al margen de esta impostura la “reportera” hizo la labor que se le atribuía: informar. Muchas de sus fotografías se convirtieron en referentes válidos de conflictos sobre los que la atención de la mayor parte del público colombiano no estaba dirigida. Así es cómo con fotos de 2009 informó sobre la situación política y humanitaria de Somalia y puso de presente situaciones que en los informativos nacionales no tenían ningún protagonismo. En un sentido estricto informó mejor de lo que lo hicieron los periodistas nacionales del mainstream.

El Escritor

Hace una década hizo su aparición en el mundo literario J.T. Leroy; un escritor de diecinueve años, portador del virus del Sida, drogadicto y prostituto desde los nueve años. Un alma torturada que contaba en novelas y cuentos su vida y la presentaba sin que hubiera un atisbo de ternura o debilidad. Sus apariciones públicas fueron un suceso memorable. Guiones, adaptaciones de sus obras al cine y una banda de rock fueron algunos de los beneficios de su carrera como estrella de la cultura popular. El problema surgió cuando se supo que J.T. Leroy no era más que una invención de Laura Albert y que su cuñada personificaba al torturado artista.

Sus libros se vendieron y se tradujeron llegando a convertirse en verdaderos sucesos comerciales de la nueva literatura hambrienta de poses y temas re-presentados. En un mundo en el que la forma se impone sobre cualquier otra consideración, J.T. Leroy se erigió como el nuevo adalid de esas masas necesitadas de imágenes fuertes y vertiginosas, mostradas como realidad, porque la otra realidad imperante -la televisión- se convirtió en un encantador mundo de colores pastel y arco-iris por doquier. Éxtasis a granel a través de las pantallas.

El momento en el que la identidad del autor se reveló, el fenómeno editorial perdió todo su valor, pero vale preguntarse cuál es el sentido de la literatura y de la novela, ¿acaso el autor no es una extensión de lo que escribe?, ¿en dónde queda el espacio para el performance en el mundo literario?

El Embajador

Si de performance se trata en Colombia el caso más paradigmático de este tipo de imposturas mostradas como realidad es el del famoso Embajador de la India. Un caso real que se convirtió en una pieza de la cinematografía colombiana y que aún hoy refleja esa desesperación por adular y acaparar lo exótico que existe en el imaginario popular y en el de las élites por igual.

El caso real no está revestido de la espectacularidad que refleja la película pero es igual en cuanto a la forma de presentar el hecho. Un hombre cualquiera se encuentra con un par de viajeros en una carretera del Huila, los viajeros le dicen que parece “hindú”. Insisten en su parecido a tal punto que el personaje en cuestión acepta que lo es. Al llegar a la ciudad de Neiva el comentario creció hasta llegar a oídos del Alcalde y del Gobernador del Huila. El “Embajador de la India” vivió un tiempo a expensas del erario y disfrutó de un trato de alto dignatario a pesar de su insistencia en que todo era un malentendido.

Desenmascararlo no fue difícil, pero no se pudo tomar ninguna medida legal en su contra debido a que en ningún momento él se presentó como el Embajador de la India. Quienes tuvieron que correr con el pago de todos los gastos fueron los funcionarios públicos que estaban encantados con tan honorable personaje, o para dejarlo más claro; pagaron los contribuyentes del Departamento del Huila.

Esta vez el celuloide sirve para traducir eso que muchos se desviven por explicar y que sustenta el encanto que tiene cualquier extranjero así no se entienda lo que dice o cualquier tipo de manifestación cultural que sólo debe ser “nueva” para ser recibida con bombos y platillos, como lo fue el “Embajador”. La película dirigida por Gustavo Nieto Roa pasó a los anales de la cinematografía colombiana pero además dejó claro que el impostor es vital para poner de presente las imposturas de quienes han sido engañados.

Estos tres casos reflejan la manera en que el mundo mediodependiente en el que nos movemos hoy en día necesita crear sus propios mitos y sus propios héroes. Un mundo en el que lo etéreo de la Internet se confunde con lo real de una presentación editorial o de un negativo que es, a su vez, el reflejo de un rasgo popular anclado en lo profundo de toda una región.

No importa que sean imposturas tendientes a generar ingresos económicos o que sean derivadas de malos entendidos, son una consecuencia de ese culto a lo desconocido. Son la manera en que cobran valor esas identidades escondidas tras fotografías en una pantalla de leds.

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