La subasta del lote 49 (crítica)

8 de junio del 2011

Terminé La subasta del lote 49 en una pequeña orgía literaria. A pesar de ser una novela corta, de apenas 180 páginas en su edición española de bolsillo, la fui leyendo con calma. Atento a sus cambios de ritmo, a sus cambios temporales que sin aviso alteraban el orden completo de la narración de un párrafo a otro. Luego, las últimas sesenta páginas las leí de un tirón, llenando mi cabeza de información e información. Cada línea eran párrafos y párrafos de una novela corriente. Terminé cansado pero con ganas de volver a la primera página y comenzar de nuevo. Como si hubiera montado en una montaña rusa que debía repetir para sentir de nuevo aquel extraño vacío en el estomago.

Edipa Mass, la esposa de un disc jockey de finales de los 60, es designada por su examante como albacea de su testamento. Tiene que tasar y organizar los bienes del difunto para su posterior repartición. Comienza a hacerlo, pero una serie de hechos hacen que se vea envuelta en un misterio. Descubre gracias a una irregularidad en la colección de estampas del difunto, y a una obra teatral isabelina interpretada por una compañía hippie de la costa oeste, la existencia de una especie de conspiración en el sistema de correos que va desde el renacimiento temprano a la segunda mitad del siglo XX. La búsqueda por esta organización secreta, que cuenta incluso con un símbolo oculto propio, se vuelve una obsesión para Edipa. Busca, sin cesar, la verdad sobre esta organización a partir de los incipientes indicios que tiene. Esta búsqueda la va llevando por un Estados Unidos surreal y misterioso que vive la plena revolución cultural de los años 60. La novela termina con una historia verosímil sobre esta organización, pero con la duda de si la historia que Edipa se ha esmerado en construir en su cabeza es real o es simplemente una muy mala broma póstuma de su examante.

Esto último es lo que diferencia en gran medida a La subasta del lote 49 de una novela de misterio más. Sin olvidar la gran erudición que desborda la novela, la puesta en duda de la historia misma es un giro que la hace por sí magistral. Edipa se encuentra, de un momento a otro, en un viaje detectivesco en busca de la verdad (obvia referencia la historia griega de Edipo). Su obsesión parte de una leve referencia que encuentra en la obra de teatro isabelina, que desde un inicio es dudosa pero se aferra a ésta hasta el final. Construye una historia completa y coherente que podría saciar su curiosidad, pero sabe que todo puede ser un fake, un mal chiste.

Si bien en Edipo de Sófocles, el espectador sabe desde el principio que el héroe ha matado a su padre y se ha acostado con su madre y se limita a presenciar la investigación de Edipo para enterarse de la verdad; en La subasta del lote 49 ni el espectador ni Edipa saben la verdad. La existencia de esta extraña organización, que acabó con el monopolio estatal de correo europeo, queda en suspenso. Pero no sólo queda en entredicho la realidad de la historia de aquella organización secreta, sino que queda entre dicho la realidad misma del relato. Edipa reflexiona en la escena final, mientras subastan el lote 49 (la colección de estampillas del difunto), que o ella está loca al haberse inventado tal historia o que tal organización en verdad existe. Pero si no existe, si está loca y se ha inventado toda la historia, ésta no es más que una simple herramienta para poder afrontar la realidad simple y llana que vive. El Estados Unidos que vemos con los ojos de Edipa se confirma como un sueño. Un sueño que es alentado por lo bajo a lo largo de la novela. Sobre todo cuando el psicoanalista de Edipa le dice en medio de una crisis paranoica propia que no abandone la fantasía que cree tener sobre Tristero:

“¿Qué otra cosa le queda? Sujétela bien por su minúsculo tentáculo, no permita que los freudianos se la arrebaten con zalamerías ni que los farmacéuticos la eliminen a fuerza de pócimas. Sea cual fuere, cuídela con cariño, porque si la perdiese, por ese pequeño detalle sería usted como los demás. Y empezaría a dejar de existir.”

El juego por la verdad en La subasta del lote 49 hace de esta novela una obra maestra. Si bien ésta no se acaba en la tensión realidad-ficción, esta tensión le otorga a la novela el peso requerido para ser considerada como tal. Sin duda las futuras lecturas que haga de ésta sumaran muchas más características de importancia, que por la brevedad del texto es imposible dilucidar en una lectura inicial.

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