Las prostitutas en el Congreso

Las prostitutas en el Congreso

14 de mayo del 2017

Esta semana al Congreso de la República llegó un grupo de mujeres que pedían ser escuchadas.

La audiencia la convocó la representante Clara Rojas y la idea era analizar el problema de la prostitución en el país. En la reluciente Comisión Primera del edificio nuevo del Congreso, estas mujeres escucharon al Gobierno y pidieron la palabra. Sus voces se quebraron y sus rostros fueron perfectamente enfocados por las cámaras de alta tecnología.

Clara Rojas fue secuestrada por las Farc en el 2002. Estuvo 6 años perdida en la selva y allí dio a luz a un hijo. Si alguien entiende las dificultades de las mujeres y los problemas que tienen en este país, es ella. Con excepción de la muerte, sufrió todas las formas posibles de victimización y conoce en detalle qué significa en algunas regiones ser mujer. Quizá por eso, se compadece por quienes han tenido que verse obligadas a sacrificar sus cuerpos.

Sacrificar sus cuerpos. Así me lo dice Lucy, su nombre real es otro que nunca sabré. Es alta, de pelo crespo rubio y para nada tímida. Aunque cuando le encienden el micrófono para que su voz se escuche en el parlamento, el llanto aparece. Dice que ha sido difícil y que tienen ganas de comerse el mundo y salir adelante.

Lucy es una más de miles de mujeres que en el país trabajan con el sexo. Y es que ciertamente el sexo es un arma muy poderosa, pero debería ser libre y la realidad es que para muchas prostitutas, no lo es.

En noviembre del año pasado la Corte Constitucional emitió la sentencia T-594 de 2016 en la que ordenaba la formalización de ese oficio. Es decir, que se establecieran las reglas justas para permitir el trabajo sin que las mujeres resultaran agredidas, violentadas o humilladas.  Pero la prostitución no es un asunto de ley, es un asunto de cultura.

Se realiza desde hace más de 2.000 años. Es el oficio más antiguo del mundo aunque para algunas de ellas no es un oficio, es una condición, como me lo dice Lucy molesta, cuando le pregunto que si ella se dedica al trabajo sexual. “Mujer en situación de prostitución”, me dice, elevando el tono. Cuenta que muchas mujeres llegan al laberinto de la prostitución como consecuencia de una serie de realidades que van desde la pobreza extrema hasta el desplazamiento y las situaciones de violencia intrafamiliar. Ella cree que justamente por eso, no puede considerarse un trabajo.

Lucy tiene una herida en su ojo. No soy capaz de preguntarle si se debe a un golpe de un hombre quizá en una habitación sucia y polvorienta cuando luego de un servicio, este se negó a pagarle. O si lo causó su jefe porque no estaba cumpliendo con el mínimo diario. Lleva un abrigo negro hasta el cuello, y en general, su ropa es muy elegante.

De vez en cuando mira impresionada los símbolos de la institucionalidad, voltea su rostro y observa a los escoltas que están por todas partes en los pasillos. Dice que la prostitución no se trata solamente de permitir el placer sexual de un desconocido a través de otorgar la propiedad del cuerpo para conseguir dinero. Alrededor está la trata de blancas, la drogadicción, el alcoholismo y el pandillismo.

La miro, trato de hallar en sus ojos las historias de un pasado de noches de luces, cigarrillo y tangas al aire. No se si ese pasado sea presente también y futuro incierto, pero no puedo encontrar nada. Parece que su alma se ha oscurecido, ya no confía en las personas y su actitud se ha vuelto un poco tosca, seca, fría. Está a la defensiva.

Lucy ha entregado su cuerpo, su templo, su alma, a desconocidos interesados en ella simplemente por el tamaño de sus pechos o el grosor de sus nalgas, por la finura de su cintura y el color de su piel y ahora, es una mujer empoderada. Ya no se siente tan débil. Se atreve a exigir, a mirar a los ojos a Clara Rojas y decirle que lo único que ellas necesitan son oportunidades.

Qué momento, cuántas historias. En una salón están reunidas dos mujeres diferentes pero profundamente parecidas. En una esquina una que vivió de primera mano el conflicto armado, con su libertad usurpada y su dignidad humillada y, en la otra, aquella que tuvo que alimentar a sus hijos consiguiendo el dinero de hombres que querían acostarse con ella por 20 minutos en una habitación pequeña y triste, ciertamente triste.

Esa es Colombia. Un país lleno de historias que llevan como ingrediente irremplazable el dolor. La espuma hace efecto y brotan las lágrimas, se resquebrajan las voces y tiemblan las manos. Lucy termina su intervención y satisfecha, se dispone a partir.

Conversa conmigo una vez más, me da su número, sigue sin revelarme su identidad. Las puertas de la Comisión Primera se cierran y una vez afuera, Lucy no sabe para donde ir, se pierde, parece extrañada, no conoce la salida, mira hacia todas las direcciones. Al final de cuentas, está en un lugar no muy distante de las tabernas en las que señores cuyas familias esperan en casa suelen no perder la vista de su baile erótico. Lucy está en el salón de la democracia, cuna honorem de la prostitución, y lo que se ha vendido aquí, lo que se ha entregado aquí, lo que se ha prostituido aquí, no se puede recuperar, tan exactamente como su cuerpo.

Lucy se va, baja las escaleras, camina con los ojos hacia el suelo. Una prostituta saliendo del Congreso. 268  entrando y saliendo a cada minuto.

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