Paradojas y extraterrestres

11 de febrero del 2013

Cuentan los historiadores de la ciencia que era el verano de 1950 y más o menos la hora del almuerzo cuando Enrico Fermi -el gran físico italo-americano que había colaborado en el desarrollo de la fisión nuclear, entre muchas otras contribuciones- soprendió a sus colegas de mesa en el Laboratorio Nacional de Los Alamos con una pregunta fulminante: “¿Dónde está todo el mundo?” No se refería, por supuesto, a los numerosos físicos que pululaban hambrientos a esa hora en la cafetería del laboratorio (la imagino abarrotada, con científicos usando gafas de gruesos marcos y bolígrafos en el bolsillo que van y vienen confundidos, como en el más burdo estereotipo), ni a los submarinos de la guerra fría cuya ubicación era ya para entonces materia del más reservado misterio, sino a las civilizaciones extraterrestres que ya deberían habernos colonizado de ser cierto que existían y que poseían la tecnología suficiente para realizar viajes interestelares.

Antes de que se me acuse de querer hacerle competencia a Jorge Alberto Suarez y su cómico blog en El Tiempo sobre OVNIS secretos y otras sandeces, quiero aclararles que este post no tiene nada que ver con misteriosos contactos del tercer tipo, ni con teorías pseudocientíficas que consideran las pirámides de Egipto obra de seres interplanetarios. Sólo quiero discutir brevemente la pregunta del físico italiano a la luz de lo que hoy en días sabemos (o no sabemos) sobre la posibilidad de vida extraterrestre, y las posibles respuestas que a ella pueden darse, sólo algunas de las cuales satisfacen (aunque parcialmente) nuestro deseo de acercarnos a entablar comunicación con otras de las civilizaciones técnicas de la galaxia.

Para quienes creen con fe y entusiasmo en la existencia de seres inteligentes en otras estrellas, capaces de comunicarse y de visitarnos a bordo de sus naves interplanetarias, la pregunta de Enrico Fermi no es más que una muestra de nuestra ignorancia. No podemos establecer dónde se encuentran dichas civilizaciones porque no poseemos la capacidad de detectarlas, y porque ellos tampoco pueden (o no quieren) determinar nuestra posición, orbitando una estrella común y corriente en los suburbios de una galaxia con miles de millones de estrellas. Por otro lado, para los detractores de la posibilidad de inteligencia extraterrestre, la pregunta de Fermi establece de inmediato una paradoja cuya solución más plausible es el hecho simple y certero de que dichos seres no existen. En efecto, siendo como somos una civilización técnica muy joven, con tan sólo unos cuantos milenios de existencia (en comparación, nuestra galaxia tiene 13 mil millones de años o más), sería ingenuo esperar que, de existir, otras civilizaciones que hayan surgido en la Vía Láctea tengan un nivel de sofisticación similar al nuestro. Es más razonable imaginar que los hipotéticos extraterrestres inteligentes poseen una capacidad técnica mucho más impresionante que nuestros iPhones, y son capaces de colonizar la galaxia en unos cuantos millones de años.

En ese caso la pregunta de Fermi toma sentido: ¿dónde están? La respuesta puede estar oculta entre los muchos matices que presenta la supuesta paradoja fermiana. Las posibilidades son infinitas, y los parámetros a tener en cuenta muchos más numerosos que los pocos datos que poseemos. Por ejemplo, es posible considerar soluciones sociológicas a la paradoja. ¿Y si no todas las civilizaciones emergentes desarrollan un interés por la exploración espacial? ¿O si pierden dicho interés tras sus primeras zambullidas en el inmenso océano interestelar? ¿O si antes de desarrollar un método efectivo de trasladarse a través de la galaxia, las civilizaciones técnicas tienden a destruirse a sí mismas con juguetes como la bomba atómica que Fermi ayudó a idear o los gases de invernadero? En cualquiera de estos casos, aunque existieran, nunca nos alcanzarían. Existen también modelos de colonización de la galaxia en los que el encuentro de dos o más civilizaciones en expansión produce un estancamiento en la colonización. Tal vez la política intergaláctica se ocupa de cosas mucho más relevantes que nuestros primeros y torpes pasos en la exploración de otros mundos. O tal vez colonizar la galaxia requiere tecnologías verdaderamente complicadas. O tal vez, por qué no, estamos solos en la galaxia.

Los recientes anuncios sobre la aparente abundancia de planetas habitables en la galaxia ciertamente incrementan la posibilidad de que existan otras civilizaciones, si asumimos que el surgimiento de inteligencia es un resultado más o menos plausible en la evolución de un planeta terrestre. Y al mismo tiempo, dicha abundancia parecería reafirmar la vigencia de la paradoja de Fermi y la brecha entre nuestro entendimiento y la realidad. Recientes estudios del proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence) parecen indicar que la emisión de ondas de radio no es uno de los métodos de comunicación preferidos por los hipotéticos extraterrestres, o que simplemente no existen tantas civilizaciones capaces de producir emisiones de radio como quisiéramos. De otro lado, un estudio diferente afirma que para civilizaciones suficientemente avanzadas la única forma eficiente de obtener información sobre posibles vecinos es la colonización interestelar. Mientras la especulación (aun cuando lógica) sea un componente principal de estos estudios, estaremos lejos de resolver la paradoja, pero los descubrimientos sobre planetas extrasolares y nuestro constante cuestionamiento sobre las posibilidades nos puede dar una sorpresa histórica cuando menos la esperemos.

P.S.1. También Catalina de Médicis organizó, aunque en París, un pomposo matrimonio para su hija, al que fueron invitados altos dignatarios del gobierno y los poderes eclesiásticos, entre amigos y enemigos de la reina madre de Francia. En aquella ocasión muchos de los incautos invitados fueron exterminados poco después de la boda por los esbirros de la pródiga anfitriona. Espero de corazón que no sea el caso de los asistentes a la boda de la hija del procurador.

P.S.2. La inesperada renuncia de Benedicto XVI a la sede de San Pedro es otra oportunidad para que la Iglesia de Roma reflexione sobre los cambios de actitud que debe adoptar con relación a temas como la pederastia, los derechos de los homosexuales, y la prevención de enfermedades de transmisión sexual, si quiere mantenerse vigente en el presente siglo.

@juramaga

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.