Esta semana los británicos celebran los 60 años de la coronación de Isabel II como Su Majestad.
Isabel y Felipe el día su coronación, es el matrimonio que más tiempo ha durado en el trono.
La reina Isabel II es una mujer seria. Aunque su rasgo particular sea una sonrisa. Claro, se trata de esa sonrisa fingida y retraída propia de la monarquía inglesa. Toma la vida como un deber de inaplazable cumplimiento y un servicio predispuesto por el sabio destino de Dios y de su pueblo. El mismo que siempre le ha demostrado tantas veces su agradecimiento: en los días difíciles de la invasión alemana sobre Londres y otras ciudades en 1940, en la celebración por su matrimonio unos años después, la ha acompañado en sus convalecencias y festejando sus recuperaciones físicas y espirituales, o en los diferentes y cada vez más preciados jubileos. Sorprende dicha comunión si tenemos en cuenta el carácter distante e introvertido de la Soberana inglesa que mostró desde sus primeros años, ese “aire de autoridad y de reflexión diferentes de los otros infantes” como mencionó Sir Winston Churchill en 1929. Personalidad que identifica a un Rey, en este caso a una reina, pues de eso se trata el Jubileo: celebrar que la figura tutorial de un pueblo llegue a tan avanzada edad de vida y de mando.
Son sesenta años desde que un día como hoy en 1952 en plena gira por las colonias de la Commonwealth of Nations en África y Oceanía, su consejero político Martin Charteril le comunicó en un vuelo sobre Kenia la muerte de su padre Jorge VI, tras una larga agonía de múltiples achaques y enquistadas enfermedades. Unos años antes, su tío Eduardo VIII abdicó al trono para casarse con la estadounidense Wallys Simpson. Como medida de precaución dicho consejero llevaba consigo el acta de aceptación de la corona y otras oficialidades del Imperio Británico. Ella, emocionada según sus propias concepciones de las emotividades dispuso lo necesario para las celebraciones en Londres a finales de la primavera. La ceremonia se llevó a cabo en el Palacio de Buckingham con toda la pomposidad que podía permitirse una nación empobrecida por la guerra, dicho evento, según un político de la época “fue un oasis de color en medio de la situación grisácea de Inglaterra en la posguerra”. Además, se constituyó en paradigma mediático: fue la primera en ser televisada en la historia inglesa, y en la radio, la BBC tuvo una audiencia superior a los tres millones de radioescuchas.
En el verano de 1947, con 18 años cumplidos, contrajo matrimonio con el remilgado Felipe de Grecia y Dinamarca, pariente suyo en diferentes líneas de ascendencia monárquica europea, de quien se enamoró apenas era una adolescente. En 1952, ya con dos hijos a cuestas (Carlos y Ana), Isabel II tomó posesión del trono junto con su joven esposo, ahora Duque de York y miembro de la Iglesia Anglicana en abandono de su fe ortodoxa griega. De este modo Isabel se convertía en la cabeza visible del Imperio Británico, de la Iglesia Anglicana, y por añadidura de su hogar. Situación sin duda molesta para Felipe, pues su autoridad quedó reducida a la intimidad amorosa de escapadas continuas y furtivas de sus cariños fugaces, a la libertad bajo licencia y la clave de la desconfianza o fianza marital: Isabel no exigía de él fidelidad como esposa sino lealtad como súbdito.
Hoy Isabel II llega a sus 85 años de vida, con algunos achaques y dolencias pero con la entereza y lucidez que su pueblo le solicita y admira. Pueblo que, no hay que olvidar, tributa cifras altísimas para satisfacer sus necesidades y deseos más triviales y glamorosos.
Desde pequeña Isabel II mostró un carácter parco que dejaba notar su autoridad en germen.
En pocas ocasiones ha estado de cerca con los ingleses. Una anécdota que recuerda sucedió en 1945 con la celebración de la victoria europea sobre los Nazis y los festejos en Whitehall y otras calles de Londres. Cuando junto con su hermana Margarita se confundieron en la multitud atiborrada de alegría, “…Pedimos permiso a nuestra madre para mirar en el balcón los agasajos y en unos momentos ya estábamos abajo en la celebración”. Lo mismo puede decirse de su relación con su familia, pues Isabel II ha seguido al pie de la letra el protocolo monárquico, que le prohíbe llorar en público o demostrar sus sentimientos abiertamente, saludar a su familia como lo haría cualquiera con sus hijos o cónyuge, o rodearse de amigas y confidentes. Los saludos están claramente establecidos para los miembros de la Corona: Duques en su turno, Lords en el suyo, Primer Ministro por aquí, Parlamentarios por allá. Sus hijos no escaparon a este orden castrense: de niño Carlos como primer heredero podía darle la mano, sus hermanos menores, Ana, Andrés y Eduardo, debían hacer la reverencia evitando el contacto físico.
El orden y la disciplina han sido rasgos de su personalidad: en 1940 ingresó al Servicio Territorial Auxiliar de Mujeres en el mando de Subalterna segunda, con los meses llegaría a ser conductora y mecánica; en 1933 fue matriculada en el Girls Guiden, especie de club para niñas expedicionarias creado por la familia real para que sus hijas se relacionaran con otras pequeñas aristócratas. En el matrimonio de su hijo Carlos con Diana Spencer en 1981, Su Majestad decidió desde la fecha de la boda, la lista de invitados, el carruaje de los novios, y según algunos tabloides, hasta el vestido estrafalario que lució Diana. Fue una fiesta para ella, contrario con la reciente boda entre su nieto Guillermo y la plebeya Kate Middleton. La reina no metió sus narices en la ceremonia, eso se notó con la invitación a Elton John y su pareja, junto con David Bechkam y su fastuosa esposa Victoria, y hasta el irascible comediante Mr Bean.
Precisamente, su relación con Diana de Gales fue difícil y controvertida. Aumentada por la maraña de paparazzis y diarios sensacionalistas que hicieron de la joven princesa el blanco predilecto de su hilarante persecución. En una biografía se comenta que la reina no cruzaba palabra con su nuera, o que “…se disgustó notablemente cuando se enteró que Diana había ido con sus hijos William y Guillermo a comer hamburguesas en un kiosco londinense”. En agosto de 1997 con el trágico accidente que acabó con la vida de Diana y Dody Al-Fayed (su padre, Mohamed Al-Fayed, propietario de la prestigiosa Harrods, siempre ha solicitado la reapertura de la investigación de dicho accidente), la reina Isabel mostró un lado oscuro: el de la frialdad y la indeferencia hacia el sentimiento popular. Recluyó a su familia en un férreo silencio y aislamiento imperturbable en una casa de campo a norte de Inglaterra.
Esta ha sido una de las pocas veces en que la opinión pública no estuvo de su lado. Por ello el discurso simplón un día antes del entierro de Lady Di, que ella en una entrevista aceptó como “…un salvamento y pertinente para la ocasión”, pero que medios y súbditos entendieron como oportunista u obligado, según el disgusto de cada quien.
Finalmente quedan las anécdotas: ser la reina más viajera de la historia de la Corona inglesa, el segundo reinado más largo después de la célebre Reina Victoria que marcó toda una época en la Isla y el mundo, una familia desigual, con divorcios por doquier y malos consejos maritales. Sus acciones y omisiones han sido polémicas: su elección de presidentes del Parlamento, su aislamiento en la invasión francoinglesa en Suez (1956) y el posterior desastre militar y político. O su negativa a la invasión a las Islas Malvinas (1982) en la era Tacher. Incluso hoy, cuando su nieto Guillermo hace parte de un contingente militar con destino a tal lugar.
Silencios y aislamientos han definido la vida de Isabel II, que le ha significado la soledad del poder, el alejamiento de sus hijos, las infidelidades de su marido, la sátira de la izquierda y la burla de artistas e intelectuales. A ella, como el Patriarca de la novela de Gabo, la acompaña la soledad de su pasado, las clases de su institutriz Marian Cradford, que le indicaban guardar compostura en toda ocasión, aunque la dulce pequeña no tuviera claro qué significarían en su vida. Como reina o simple mortal inglesa.
La relación con Diana de Gales no estuvo exenta de controversias. Esta foto ocurrió en el sepelio de Lady D en 1997.
Isabel y Felipe el día su coronación, es el matrimonio que más tiempo ha durado en el trono.
La reina Isabel II es una mujer seria. Aunque su rasgo particular sea una sonrisa. Claro, se trata de esa sonrisa fingida y retraída propia de la monarquía inglesa. Toma la vida como un deber de inaplazable cumplimiento y un servicio predispuesto por el sabio destino de Dios y de su pueblo. El mismo que siempre le ha demostrado tantas veces su agradecimiento: en los días difíciles de la invasión alemana sobre Londres y otras ciudades en 1940, en la celebración por su matrimonio unos años después, la ha acompañado en sus convalecencias y festejando sus recuperaciones físicas y espirituales, o en los diferentes y cada vez más preciados jubileos. Sorprende dicha comunión si tenemos en cuenta el carácter distante e introvertido de la Soberana inglesa que mostró desde sus primeros años, ese “aire de autoridad y de reflexión diferentes de los otros infantes” como mencionó Sir Winston Churchill en 1929. Personalidad que identifica a un Rey, en este caso a una reina, pues de eso se trata el Jubileo: celebrar que la figura tutorial de un pueblo llegue a tan avanzada edad de vida y de mando.
Son sesenta años desde que un día como hoy en 1952 en plena gira por las colonias de la Commonwealth of Nations en África y Oceanía, su consejero político Martin Charteril le comunicó en un vuelo sobre Kenia la muerte de su padre Jorge VI, tras una larga agonía de múltiples achaques y enquistadas enfermedades. Unos años antes, su tío Eduardo VIII abdicó al trono para casarse con la estadounidense Wallys Simpson. Como medida de precaución dicho consejero llevaba consigo el acta de aceptación de la corona y otras oficialidades del Imperio Británico. Ella, emocionada según sus propias concepciones de las emotividades dispuso lo necesario para las celebraciones en Londres a finales de la primavera. La ceremonia se llevó a cabo en el Palacio de Buckingham con toda la pomposidad que podía permitirse una nación empobrecida por la guerra, dicho evento, según un político de la época “fue un oasis de color en medio de la situación grisácea de Inglaterra en la posguerra”. Además, se constituyó en paradigma mediático: fue la primera en ser televisada en la historia inglesa, y en la radio, la BBC tuvo una audiencia superior a los tres millones de radioescuchas.
En el verano de 1947, con 18 años cumplidos, contrajo matrimonio con el remilgado Felipe de Grecia y Dinamarca, pariente suyo en diferentes líneas de ascendencia monárquica europea, de quien se enamoró apenas era una adolescente. En 1952, ya con dos hijos a cuestas (Carlos y Ana), Isabel II tomó posesión del trono junto con su joven esposo, ahora Duque de York y miembro de la Iglesia Anglicana en abandono de su fe ortodoxa griega. De este modo Isabel se convertía en la cabeza visible del Imperio Británico, de la Iglesia Anglicana, y por añadidura de su hogar. Situación sin duda molesta para Felipe, pues su autoridad quedó reducida a la intimidad amorosa de escapadas continuas y furtivas de sus cariños fugaces, a la libertad bajo licencia y la clave de la desconfianza o fianza marital: Isabel no exigía de él fidelidad como esposa sino lealtad como súbdito.
Hoy Isabel II llega a sus 85 años de vida, con algunos achaques y dolencias pero con la entereza y lucidez que su pueblo le solicita y admira. Pueblo que, no hay que olvidar, tributa cifras altísimas para satisfacer sus necesidades y deseos más triviales y glamorosos.
Desde pequeña Isabel II mostró un carácter parco que dejaba notar su autoridad en germen.
En pocas ocasiones ha estado de cerca con los ingleses. Una anécdota que recuerda sucedió en 1945 con la celebración de la victoria europea sobre los Nazis y los festejos en Whitehall y otras calles de Londres. Cuando junto con su hermana Margarita se confundieron en la multitud atiborrada de alegría, “…Pedimos permiso a nuestra madre para mirar en el balcón los agasajos y en unos momentos ya estábamos abajo en la celebración”. Lo mismo puede decirse de su relación con su familia, pues Isabel II ha seguido al pie de la letra el protocolo monárquico, que le prohíbe llorar en público o demostrar sus sentimientos abiertamente, saludar a su familia como lo haría cualquiera con sus hijos o cónyuge, o rodearse de amigas y confidentes. Los saludos están claramente establecidos para los miembros de la Corona: Duques en su turno, Lords en el suyo, Primer Ministro por aquí, Parlamentarios por allá. Sus hijos no escaparon a este orden castrense: de niño Carlos como primer heredero podía darle la mano, sus hermanos menores, Ana, Andrés y Eduardo, debían hacer la reverencia evitando el contacto físico.
El orden y la disciplina han sido rasgos de su personalidad: en 1940 ingresó al Servicio Territorial Auxiliar de Mujeres en el mando de Subalterna segunda, con los meses llegaría a ser conductora y mecánica; en 1933 fue matriculada en el Girls Guiden, especie de club para niñas expedicionarias creado por la familia real para que sus hijas se relacionaran con otras pequeñas aristócratas. En el matrimonio de su hijo Carlos con Diana Spencer en 1981, Su Majestad decidió desde la fecha de la boda, la lista de invitados, el carruaje de los novios, y según algunos tabloides, hasta el vestido estrafalario que lució Diana. Fue una fiesta para ella, contrario con la reciente boda entre su nieto Guillermo y la plebeya Kate Middleton. La reina no metió sus narices en la ceremonia, eso se notó con la invitación a Elton John y su pareja, junto con David Bechkam y su fastuosa esposa Victoria, y hasta el irascible comediante Mr Bean.
Precisamente, su relación con Diana de Gales fue difícil y controvertida. Aumentada por la maraña de paparazzis y diarios sensacionalistas que hicieron de la joven princesa el blanco predilecto de su hilarante persecución. En una biografía se comenta que la reina no cruzaba palabra con su nuera, o que “…se disgustó notablemente cuando se enteró que Diana había ido con sus hijos William y Guillermo a comer hamburguesas en un kiosco londinense”. En agosto de 1997 con el trágico accidente que acabó con la vida de Diana y Dody Al-Fayed (su padre, Mohamed Al-Fayed, propietario de la prestigiosa Harrods, siempre ha solicitado la reapertura de la investigación de dicho accidente), la reina Isabel mostró un lado oscuro: el de la frialdad y la indeferencia hacia el sentimiento popular. Recluyó a su familia en un férreo silencio y aislamiento imperturbable en una casa de campo a norte de Inglaterra.
Esta ha sido una de las pocas veces en que la opinión pública no estuvo de su lado. Por ello el discurso simplón un día antes del entierro de Lady Di, que ella en una entrevista aceptó como “…un salvamento y pertinente para la ocasión”, pero que medios y súbditos entendieron como oportunista u obligado, según el disgusto de cada quien.
Finalmente quedan las anécdotas: ser la reina más viajera de la historia de la Corona inglesa, el segundo reinado más largo después de la célebre Reina Victoria que marcó toda una época en la Isla y el mundo, una familia desigual, con divorcios por doquier y malos consejos maritales. Sus acciones y omisiones han sido polémicas: su elección de presidentes del Parlamento, su aislamiento en la invasión francoinglesa en Suez (1956) y el posterior desastre militar y político. O su negativa a la invasión a las Islas Malvinas (1982) en la era Tacher. Incluso hoy, cuando su nieto Guillermo hace parte de un contingente militar con destino a tal lugar.
Silencios y aislamientos han definido la vida de Isabel II, que le ha significado la soledad del poder, el alejamiento de sus hijos, las infidelidades de su marido, la sátira de la izquierda y la burla de artistas e intelectuales. A ella, como el Patriarca de la novela de Gabo, la acompaña la soledad de su pasado, las clases de su institutriz Marian Cradford, que le indicaban guardar compostura en toda ocasión, aunque la dulce pequeña no tuviera claro qué significarían en su vida. Como reina o simple mortal inglesa.
La relación con Diana de Gales no estuvo exenta de controversias. Esta foto ocurrió en el sepelio de Lady D en 1997.
