Un patio interior entre dos prostíbulos

Un patio interior entre dos prostíbulos

14 de septiembre del 2018

Trabajo en un prostíbulo cuya sede principal y oficinas están en el centro de la ciudad, en una zona muy peligrosa. Hace años, por razones que no importan ahora, dejé de fumar. Pero el pasado lunes estaba un poco aburrido y encendí un cigarrillo que me salvó la vida y desde entonces ya no he podido dejarlo, aunque lo hago a escondidas para no perder el prestigio conquistado a lo largo de todos estos meses de angustia.

De modo que en casa digo que voy al carrito de la esquina a comprar un aguacate, y en el burdel me retiro al cuarto de aseo, que es una especie de bodega estrecha, con una ventana muy alta que da un patio interior de dimensiones tan pequeñas que estirando el brazo podría golpear las ventanas de enfrente en donde funciona otro prostíbulo, pero de menor calidad. Fumo de pie, sobre un montón de canastas de cerveza y asomado a ese agujero por el que expulso el humo.

Los primeros días me parecían un poco humillantes, pero enseguida comencé a sacarle gusto. Creo que ese patio interior es un poco el resumen de mi vida, y he hallado en él la paz que uno encuentra en los templos budistas, aunque también ese sentimiento de desazón de todo lo que es excesivamente familiar.

El asunto es que el otro día estaba asomado al patio, fumando un Marlboro, cuando de súbito se abrió la ventana de enfrente y apareció el rostro de una prostituta con gafas que tras lanzarme una sonrisa de complicidad me pidió un cigarrillo. Se lo di, claro, qué iba a hacer, y le proporcioné también el fuego. Luego fumamos unos instantes en silencio, el uno frente al otro, yo un poco avergonzado, la verdad, pero ella feliz.

-Mi jefe no me deja fumar mientras estoy trabajando -dijo en tono clandestino, señalando hacia el interior del burdel- ¿Y usted?

-A mí tampoco -dije sintiéndome un poco ridículo. -Pero si usted es quien creo que es. Puede hacer lo que le dé la gana.

-No me gusta oponerme a las reglas.

-Ya.

Me preguntó a qué hora solía venir y le dije que a las siete. -Pues luego nos vemos -añadió-, ahora tengo que irme a trabajar, deje a un cliente con media de guaro.

-Comprendo, le dije.

Tras dar un par de bocanadas un poco ansiosas apagó el cigarrillo en el marco de su ventana y se guardó la colilla en algún sitio, un bolsillo, supongo, que no estaba al alcance de mi vista (sólo podíamos vernos la mitad del cuerpo). Yo me retiré también y estuve un poco nervioso hasta las ocho de la noche: creo que el rostro de aquella mujer, no sé por qué, completaba el paisaje del patio interior de mi existencia y necesitaba comprobar que acudiría a la cita. Y acudió. Fue muy agradable, la verdad, y muy tranquilizador verle allí de nuevo. A lo mejor parece una exageración, pero creo que aquella muchacha era, después del patio, lo único que faltaba en mi vida, que ahora por fin está completa. Es como cuando ves una ancheta y sabes que le falta una botella de whisky para ser una ancheta como Dios manda, De manera que ahora creo que ya lo tengo todo. Estoy completo.

Así que cuando me voy a dormir soy feliz, porque sé que en el bolsillo de la chaqueta llevo un paquete de cigarrillos secreto, que me da la misma seguridad que si llevara una pistola. Y en la cabeza, también sin que nadie lo sepa, escondo un patio interior por el que subo y bajo imaginariamente hasta que me quedo dormido bajo la mirada tolerante de un montón de prostitutas a las que cuando voy les regalo cigarrillos. Algunas noches me despierto angustiado porque sueño que las prostitutas se han muerto. Pero me fumo un cigarrillo en la cocina, con la ventana abierta, para que al otro día cuando me visitan mis amigas o mi madre no perciban el olor a tabaco, y se me pasa enseguida.

A veces me pregunto si ese patio interior podría estar en otra parte, por ejemplo, en Medellín, pero creo que no, que sólo puede estar en mi cabeza o bien, en su defecto, en Bogotá.

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