Carol Borda: cuando cambiar de opinión también es coherencia

Carol Borda conversa sobre su infancia en el barrio Santa Fe, su paso por la Universidad Nacional, los cambios que atravesaron sus posiciones políticas, la maternidad, su fe y los desafíos que enfrenta al llegar al Congreso.
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Kienyke

Por Adriana Bernal - Kién es Kién

Hay personas que construyen sus convicciones reafirmando durante años lo mismo que siempre pensaron. Carol Borda hizo el camino contrario: se permitió dudar, cuestionarse y cambiar de opinión. Y en su historia, cambiar no significó renunciar a sus principios, sino comenzar a construirlos.

Su recorrido resulta difícil de encasillar. Nació y creció en el barrio Santa Fe de Bogotá, estudió en colegios públicos, llegó a la Universidad Nacional, militó en la izquierda, se identificó con el feminismo y promovió el voto por Gustavo Petro. Años después, se convirtió en activista provida, se acercó a posiciones conservadoras y terminó dando el salto a la política electoral hasta llegar al Congreso de la República.

Pero para entender ese recorrido hay que volver mucho más atrás.

Carol creció en una de las zonas más complejas de Bogotá. Su abuela materna fue pionera del tango en la ciudad y buena parte de su familia encontró en el baile una manera de salir adelante. Su mamá también fue bailarina y luego profesora de tango; su padre, ingeniero civil.

El barrio Santa Fe fue su primera ventana al país real. Para llegar al colegio tenía que caminar por calles atravesadas por la prostitución, el microtráfico y profundas desigualdades. Algunos de sus compañeros vivían realidades familiares muy difíciles. Ese entorno, recuerda, le enseñó desde niña que los problemas sociales rara vez son tan sencillos como parecen desde afuera.

También estaba su mamá, una mujer a la que Carol recuerda incapaz de quedarse quieta frente a una injusticia. Hasta una escena cotidiana en TransMilenio podía convertirse en una lección: si alguien ocupaba una silla que necesitaba otra persona, su madre intervenía. Carol reconoce allí parte del carácter que después llevaría a la política.

La Universidad Nacional terminó de abrirle ese camino. Estudió Ciencia Política y durante esos años se identificó con ideas de izquierda y con el feminismo. Incluso apareció públicamente promoviendo el voto por Gustavo Petro.

Después comenzó a hacerse preguntas.

Una de ellas terminó cambiando muchas de las demás: el aborto.

Carol había defendido el derecho de las mujeres a abortar. Con el tiempo empezó a cuestionar esa posición y a acercarse al movimiento provida. Según relata, ese proceso no nació inicialmente de su religión. Su fe cristiana llegaría después a complementar unas convicciones que ella asegura haber comenzado a construir desde discusiones éticas y morales.

Y aquella pregunta que parecía concentrada en un solo asunto terminó moviéndole todo el tablero.

Revisó su posición frente al aborto, después su relación con el feminismo y finalmente buena parte de las ideas políticas con las que había llegado a la universidad. No fue un cambio de un día para otro. Fue una sucesión de preguntas que terminó llevándola prácticamente al lugar opuesto del espectro ideológico en el que había comenzado.

Ahí aparece una de las claves para entenderla: Carol Borda no presenta su historia como la de alguien que nunca dudó. La presenta como la de alguien que se permitió cambiar.

Hoy la maternidad ocupa buena parte de su vida y de su discurso. Está casada, tiene dos hijos pequeños y habla de ellos como su gran prioridad. Define la maternidad desde una palabra que poco se utiliza cuando se habla del tema: renuncia.

“La maternidad es todo lo contrario al egoísmo”, dice al explicar que cuidar a un hijo obliga permanentemente a reorganizar prioridades, tiempo y deseos personales.

Su casa, además, está lejos de la imagen solemne que puede proyectar una dirigente conservadora. Hay dos niños pequeños que se levantan temprano, desayunos, baños, jardín, responsabilidades compartidas con su esposo, reuniones familiares y una vida de fe que ocupa un lugar central. Y hay también una Carol menos conocida: la que escucha música urbana y hip hop, tuvo su época de danza urbana y underground y todavía conserva ese gusto que sorprende a quienes creen tenerla completamente descifrada.

La política llegó después.

Ella misma reconoce que nunca imaginó convertirse en congresista. Venía de una familia sin tradición política y había construido una carrera profesional que comenzaba a darle estabilidad. De hecho, cuando decidió lanzarse como candidata acababa de recibir un ascenso laboral y alcanzó a disfrutar apenas un mes de su nuevo salario antes de renunciar.

La campaña significó sacrificios personales y económicos que, asegura, todavía está terminando de superar. Pero decidió correr el riesgo.

Ahora comienza una prueba diferente.

Porque una cosa es defender principios cuando se está lejos del poder y otra cuando quienes gobiernan son políticamente cercanos.

Y allí, durante la conversación, aparece una palabra una y otra vez: coherencia.

Cuando se le pregunta por los silencios, piensa inmediatamente en el Gobierno entrante y en cuándo deberá hablar frente a aquello con lo que no esté de acuerdo. Cuando se le pregunta por las decisiones difíciles, vuelve al mismo dilema: qué hacer cuando su partido es Gobierno y aparezcan actuaciones que considere equivocadas.

“En política todo se dice en campaña, la dificultad de cumplirla es otra”, reconoce.

Y entonces vuelve sobre la palabra: “Nuevamente la coherencia”.

Quizás por eso una de sus frases más reveladoras sea también una de las menos estridentes:

“A veces me jala la coherencia más que la afinidad”.

Ahí puede estar el verdadero desafío de la nueva Carol Borda.

Porque su historia hasta ahora ha consistido, precisamente, en estar dispuesta a apartarse de aquello con lo que alguna vez tuvo afinidad cuando dejó de coincidir con sus convicciones. Lo hizo con algunas de las ideas que defendió en la universidad. Lo hizo frente al aborto. Lo hizo frente al feminismo con el que antes se identificaba. Y ahora tendrá que demostrar si esa misma capacidad de cuestionar funciona cuando las diferencias no sean con sus antiguos compañeros ideológicos, sino con los propios.

Hay además una historia familiar que ayuda a comprender por qué la defensa de la vida terminó adquiriendo para ella una dimensión tan personal.

Hacia el final de la entrevista recibió una carta de su mamá. En ella le habló de su carácter, su sensibilidad, su fe y su capacidad para abrir un nuevo camino dentro de la familia.

Después de leerla, Carol contó algo que conecta de una manera inesperada su presente con su origen.

Su mamá quedó embarazada de ella siendo muy joven. Tenía alrededor de 17 o 18 años y, según relata Carol, recibió presiones para abortar. Decidió continuar con el embarazo y salió de su casa en medio de circunstancias económicas muy difíciles.

Años después, madre e hija hablaron sobre aquella decisión.

Para Carol, descubrir esa parte de su propia historia terminó dándole un significado diferente a la causa que había decidido defender: antes de que ella pudiera escoger una batalla, alguien había librado una por ella.

Tal vez por eso, cuando se le pide mirar imaginariamente a la Carol niña y decirle algo, no le habla de política, elecciones ni Congreso.

Le dice que confíe.

“Confía en el camino que estás haciendo, confía en lo que estás formando en ti”, dice. Y le pide que no se conforme.

Es una frase que, vista desde su historia, adquiere otro significado.

Porque Carol Borda no llegó al Congreso siguiendo una línea recta. Llegó después de cambiar de ideas, cuestionar certezas y asumir posiciones que sabía que podían ser impopulares.

Al despedirse de Kien es Kien, ella misma encuentra dos palabras para resumir lo que quiere representar: “principios sin pena”. Habla de preguntar, indagar y defender serenamente opiniones diferentes, incluso cuando puedan resultar incómodas.

Pero probablemente el capítulo más interesante de esa historia apenas comienza.

Hasta ahora, Carol Borda ha demostrado que puede cambiar cuando deja de creer en una idea. En los próximos años tendrá que demostrar algo quizás más difícil: que puede mantener la misma vara cuando se trate de quienes piensan como ella.

Porque cambiar de opinión puede ser coherencia.

Mantenerla cuando los tuyos tienen el poder será la verdadera prueba.

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