Por Adriana Bernal - Kién es Kién
Hay personas que parecen haber nacido con una certeza, incluso antes de saber ponerle nombre. A Marta Restrepo le ocurrió con la actuación. Mucho antes de los libretos, los estudios de televisión y los personajes que terminarían instalándose en la memoria de los colombianos, hubo una niña fascinada por las historias.
Nació en Bogotá, pero creció entre dos raíces profundamente colombianas. Por el lado de su padre, una familia paisa y unas vacaciones en Medellín marcadas por las fincas, el café y el chocolate. Su abuelo Rafa trabajó durante medio siglo en la Nacional de Chocolates y fue su gerente durante cerca de 25 años. Por el lado de su madre, las raíces estaban en Ubaté, el campo, la ganadería y la tierra.
Esa niña también creció frente a la televisión. Veía novelas colombianas, mexicanas y venezolanas y se involucraba en ellas como si las historias fueran reales. Leía a Rafael Pombo, organizaba reinados con sus amigas y encontraba cualquier excusa para convertir la vida cotidiana en un escenario.
Pero hubo una imagen que quedó grabada para siempre: una zarzuela. Marta era todavía muy pequeña cuando entendió, sin entenderlo del todo, que quería estar del otro lado. No quería limitarse a mirar el escenario. Quería habitarlo.
La televisión apareció después casi como aparecen algunas de las grandes oportunidades: inesperadamente.
Acababa de regresar de su primer viaje a Europa cuando encontró un mensaje en el contestador de su casa. Era de RCN. Querían que Marta Lucía Restrepo se presentara a un casting. Ella tenía apenas 18 o 19 años y no conocía a nadie dentro del canal. Pero tuvo ese impulso que tantas veces cambia una vida: buscó cómo llegar.
El casting original era para María, basada en la obra de Jorge Isaacs, pero la producción ya había comenzado. El destino, sin embargo, tenía otra puerta abierta.
Poco después estaba grabando Café con aroma de mujer.
Y desde entonces no paró.
Llegaron Todos en la cama, Pandillas, guerra y paz, Juego limpio y muchos otros proyectos. Llegaron también personajes que dejaron de pertenecerle únicamente a ella para convertirse en parte de la memoria de los televidentes. Décadas después, Marta sigue hablando de su profesión con el entusiasmo de aquella joven que entró por primera vez a un estudio.
No parece sentirse una actriz que ya llegó. Sigue estudiando, tomando talleres, preparando personajes y exigiéndose. Define su carrera como estable, constante y llena de oportunidades, pero sobre todo habla de ella desde la gratitud. “Gracias Dios mío por haberme dejado ser actriz”, dice.
Y detrás de esa gratitud aparece uno de los pilares más íntimos de su vida: la fe.
Marta habla con Dios. No solamente en los momentos trascendentales. Habla con Él durante el día, le pide ayuda, agradece, conversa. Incluso en las pequeñas decisiones. Para ella, la espiritualidad no parece una ceremonia sino una compañía cotidiana. Y cuando habla de sus hijos, lo resume de una manera especialmente suya: ver sus ojos es ver los ojos de Dios puestos en ellos.
También le pidió a Dios el amor.
Antes de conocer a su esposo escribió una carta describiendo al hombre con quien quería compartir la vida. Dice, entre risas, que Dios fue más generoso de lo que había pedido. Con Juan Guillermo construyó un matrimonio que ya suma 18 años y una familia con Miranda y Juan Martín. Ella vinculada al arte; él, al deporte de alto rendimiento.
Y entonces aparece otra Marta.
No la actriz. La mamá.
La mujer que cuando sus hijos eran pequeños quiso mostrarles emocionada que su mamá aparecía en televisión y recibió una respuesta demoledoramente infantil: “¿Ya podemos poner Tom y Jerry?”. Con los años, ellos terminaron involucrándose en su mundo: ven sus programas, la ayudan a estudiar libretos y hasta se convirtieron en jurados caseros después de su paso por MasterChef.
Porque MasterChef también abrió una puerta inesperada. Marta entró dispuesta a competir, estudió, tuvo chefs que la prepararon y terminó descubriendo una pasión por la cocina que trasladó a su casa. Hay algo que se repite en su manera de enfrentar los proyectos: cuando decide hacer algo, se entrega.
Pero no toda su historia está hecha de risas.
Hay ausencias.
Una de las más profundas es la de Dani, su mejor amigo, un hombre que pasó por distintas etapas de su vida: compañero, novio, socio, amigo del alma y padrino de su matrimonio. Murió joven. Marta lo extraña todos los días y, a su manera, todavía conversa con él. A veces siente que sigue cerca y prefiere creer que ciertas coincidencias son su forma de acompañarla.
Quizás por eso, cuando habla de la vida, sus palabras tienen menos ingenuidad de la que podría sugerir su sonrisa.
Habla de dignidad. De cicatrices. De culpa. De tiempo. De sacrificios. De decisiones difíciles.
“Siempre tras una decisión difícil viene un tiempo mejor”, asegura. Y cuando le toca hablar de dignidad, su respuesta tiene humor y carácter: “La dignidad siempre por delante: destruida, pero digna. Regia”.
También tiene una posición tajante frente a la culpa: hay que mandarla lejos. Y frente al tiempo, una convicción sencilla: es probablemente lo más valioso que podemos regalarle a otro ser humano.
Tal vez ahí está la mujer que existe detrás de tantos personajes.
Una mujer que ha aprendido a agradecer lo bueno sin desconocer las heridas; que ha hecho de la alegría una forma de mirar el mundo; que encuentra refugio en la fe, prioridad en la familia y propósito en una profesión que todavía la emociona.
Cuando le preguntamos qué le diría a aquella Martica niña si pudiera tenerla nuevamente enfrente, la respuesta fue inmediata: la abrazaría. Le diría que está orgullosa de ella y le pediría que nunca la abandone esa capacidad de sorprenderse ante el mundo.
Porque después de tantos años frente a las cámaras, Marta Restrepo parece conservar intacta una parte de aquella niña.
Y quizás por eso una de sus frases termina contando mucho más que una carrera:
“Siempre, siempre hay segundas oportunidades. Siempre hay un renacer, un florecer”.
