"Siento culpa por haber votado por Petro": Cathy Juvinao

Mar, 03/03/2026 - 17:59
La congresista habla de su infancia costeña, del activismo que la llevó al Capitolio y de la decisión que marcó su carrera política: enfrentar al gobierno que ayudó a elegir.
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Hay políticos que llegan al Congreso por herencia familiar. Otros, por maquinaria electoral. Y están los que llegan por indignación ciudadana. Cathy Juvinao pertenece a esta última categoría.

Cuando recuerda su historia, suelta una frase que ayuda a entender muchas cosas. Dice que lleva compitiendo en elecciones desde niña. En el colegio se lanzaba cada año a la representación estudiantil de su salón. Le gustaba liderar, defender causas y cuestionar decisiones. Estudió en un colegio de monjas (dice entre risas) y admite que les dio más de un dolor de cabeza. Aun así, recuerda una infancia feliz.

Nació en La Paz, Cesar, casi por accidente: sus padres, ambos médicos, hacían allí su rural cuando ella llegó al mundo. Muy pronto la familia se trasladó a Santa Marta, donde creció y donde aún conserva a muchas de sus amigas de toda la vida. Luego vendrían Barranquilla, la universidad y, finalmente, Bogotá, ciudad a la que llegó a los 21 años para empezar a construir su propio camino.

Eligió estudiar Comunicación Social y Periodismo, una decisión que no describe como estrategia profesional sino como vocación. Investigar, descubrir irregularidades y encontrar “dónde está el torcido”, como ella misma lo dice, siempre fue parte de su personalidad. Durante un tiempo trabajó en medios de comunicación: pasó por CityTV y por La Luciérnaga de Caracol Radio. Con el tiempo, sin embargo, notó que su activismo empezaba a chocar con el ejercicio periodístico.

Ahí decidió cambiar de lugar.

Del activismo digital al Capitolio

Durante su maestría en Ciencia Política en la Universidad Javeriana se encontró con una realidad que la sorprendió: el Congreso de la República era una de las instituciones menos vigiladas por los ciudadanos. Más de trescientas personas tomando decisiones sobre el país, ganando salarios altos, y sin que la mayoría de colombianos supiera realmente qué hacían.

De esa incomodidad nació "Trabajen Vagos", una veeduría ciudadana creada para denunciar a los congresistas que no asistían a trabajar. Lo que empezó como una iniciativa digital creció rápido: la plataforma comenzó a visibilizar ausencias, irregularidades y comportamientos del Congreso que hasta entonces pasaban desapercibidos. Sin proponérselo, Juvinao estaba construyendo algo más que una veeduría; estaba formando una comunidad.

Esa comunidad, al final, sería la que la llevaría al Congreso. Juvinao lo dice sin rodeos. Llegó al Capitolio no por una maquinaria política ni por una familia tradicional, sino por una movilización ciudadana organizada en el mundo digital. “Soy una congresista que llegó a través del activismo digital”, afirma.

Esa idea, además, explica buena parte de su relación con el poder. Su punto de partida no fue la disciplina partidista, sino la vigilancia.

Del voto por Petro al control político

Uno de los momentos más reveladores de la conversación aparece cuando habla del presidente Gustavo Petro. Cathy Juvinao votó por él, y lo dice con claridad.

Cuenta que decidió apoyarlo después de haber sido elegida congresista y tras una conversación directa con el entonces candidato. En ese diálogo, asegura, le pidió un compromiso concreto: acabar con los cupos indicativos, una práctica histórica en la política colombiana mediante la cual el Ejecutivo reparte recursos o contratos a cambio de apoyo legislativo. Según ella, Petro aceptó.

Con el paso del tiempo, sostiene, ese cambio no ocurrió. A su juicio, el gobierno terminó replicando dinámicas tradicionales del poder: negociación política con el Congreso, entrega de cuotas y acuerdos burocráticos. Fue ahí cuando decidió tomar distancia.

“Mi deber era seguir siendo lo que siempre he sido, una fiscalizadora”, explica.

Desde entonces, su relación con el petrismo ha sido tensa. Dice haber recibido críticas e insultos desde sectores cercanos al gobierno, pero insiste en que su obligación como congresista es ejercer control político, incluso sobre aquellos por quienes votó.

En su primer periodo en el Congreso, Juvinao asegura haber logrado algo que pocos legisladores pueden decir: aprobar siete leyes. Entre ellas destaca una que considera fundamental, la ley de rendición de cuentas obligatoria para congresistas, una norma que busca obligar a los legisladores a informar periódicamente a los ciudadanos sobre su trabajo.

Otra de sus iniciativas redujo las vacaciones del Congreso. También impulsó la ley de paridad en altos cargos del Estado, que busca garantizar que al menos la mitad de esos cargos sean ocupados por mujeres. Además promovió la ley "Yo sí te creo", orientada a prevenir y sancionar el acoso sexual en espacios laborales y universitarios, y participó en la aprobación de la licencia de maternidad para mujeres en corporaciones públicas, un derecho que hasta hace poco no existía para congresistas, concejalas o diputadas.

Para ella, más allá del listado, el objetivo ha sido demostrar que el Congreso puede producir resultados reales. Y que, incluso con resistencias, se puede empujar reformas que aterricen en la vida cotidiana.

Ese compromiso, reconoce, ha tenido un costo personal. Durante los últimos cuatro años su vida ha estado prácticamente dedicada al Congreso. “Me casé con el Congreso”, dice. Ha dejado de ver a muchos amigos, ha reducido el tiempo con su familia y ni siquiera ha podido mantener actividades que antes eran parte de su rutina, como el deporte. El ritmo de trabajo, con investigaciones, debates y estudio permanente de reformas, terminó afectando incluso su salud.

Aun así, no habla con arrepentimiento. Más bien con la convicción de que el próximo ciclo político tendrá que encontrar un equilibrio distinto entre el trabajo público y la vida personal.

En la parte final de la conversación aparece su lectura del momento político de Colombia. Para Juvinao, el país está atrapado en una polarización que gira alrededor de dos figuras: Petro y Uribe. Una dinámica que, según ella, no refleja necesariamente a la mayoría de los ciudadanos. “La gente está pensando en cómo conseguir trabajo, cómo mejorar la seguridad o cómo moverse en la ciudad. No en las peleas políticas”, afirma.

Por eso cree que Colombia necesita una alternativa distinta a esa confrontación permanente. Menciona dos nombres que, a su juicio, representan liderazgos capaces de mover el tablero: Claudia López y Paloma Valencia. Más allá de las diferencias ideológicas, lo que le resulta significativo es que ambas sean mujeres.

Porque, dice, las mujeres en política suelen avanzar contra la corriente. Y aun así, llegan.

 

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