Rafaela Cortés: la mujer que tomó las riendas del Meta
Por Adriana Bernal - Kién es Kién
Cuando Rafaela Cortés habla de Felipe Carreño no lo hace desde la nostalgia ni desde la tristeza. Lo hace desde la continuidad. Como si la vida hubiera interrumpido una historia, pero no el propósito que ambos construyeron durante años. Escucharla es entender que detrás de la gobernadora del Meta hay una mujer que nunca planeó recorrer sola el camino que hoy transita, pero que decidió asumirlo con la misma convicción con la que había compartido cada proyecto, cada sueño y cada batalla junto al hombre con quien construyó una familia y una visión de servicio público.
La historia de Rafaela no comienza en la Gobernación. Tampoco comienza el día en que ganó las elecciones. Comienza mucho antes, cuando junto a Felipe entendieron que la política podía ser una herramienta para transformar vidas y cuando ambos decidieron dedicar buena parte de su existencia a construir región. Por eso, cuando llegó el momento más difícil de su vida, la decisión que tomó no fue únicamente personal. Era también la continuidad de una idea que habían construido entre los dos.
Recuerda que durante horas existió una pequeña esperanza. Cuando ocurrió el accidente aéreo y comenzaron las labores de búsqueda, alguien le informó que Felipe no aparecía entre los cuerpos encontrados. Por un instante se abrió una ventana de ilusión. Quizás estaba vivo. Quizás había sobrevivido. Quizás la tragedia no era tan grande como parecía. Pero al día siguiente llegó la noticia definitiva y con ella el golpe que cambiaría para siempre el rumbo de su vida.
Muchos habrían optado por retirarse. Otros habrían necesitado años para volver a levantarse. Rafaela decidió seguir adelante. No porque el dolor desapareciera. No porque fuera más fácil. Lo hizo porque entendió que había una responsabilidad mayor. Ella misma dice que continuó tejiendo la trenza que ambos habían comenzado años atrás. Una imagen sencilla pero poderosa, porque resume lo que terminó ocurriendo. El proyecto de vida que había nacido entre dos personas quedó en manos de una sola y ella decidió llevarlo hasta el final.
Cuando habla de aquellos días tampoco se presenta como una víctima de las circunstancias. Al contrario. Repite varias veces que tomó la decisión de aspirar a la Gobernación porque se sentía preparada para hacerlo. Conocía el territorio, entendía el funcionamiento del Estado y tenía experiencia suficiente para asumir el reto. Sin embargo, reconoce que muchas personas dudaban de su capacidad para resistir una campaña después de atravesar una pérdida tan profunda. Algunos pensaban que no aguantaría el ritmo. Otros creían que el peso emocional terminaría imponiéndose. Ella respondió trabajando.
Así llegó a una campaña intensa, recorriendo municipios, escuchando comunidades y construyendo una propuesta propia. Y así llegó también a una Gobernación desde la que hoy habla con pasión de un departamento que considera llamado a convertirse en uno de los motores de desarrollo del país. Cuando menciona el Meta, el tono de la conversación cambia. Habla de conectividad, de puentes, de hospitales, de vías y de infraestructura. Habla de turismo, de agroindustria y de inversión. Habla de una región que durante años dependió de los hidrocarburos y que hoy busca construir una economía mucho más diversificada.
Pero quizás lo más interesante es que no habla de obras como trofeos políticos. Habla de procesos. Insiste en que gobernar no puede reducirse a cuatro años ni a una administración. Cree que los territorios deben pensarse a largo plazo y que los gobernantes tienen la obligación de dejar proyectos encaminados para quienes vengan después. Por eso repite que las obras no pertenecen a los mandatarios sino a la gente. Que el protagonismo debe estar en los ciudadanos y no en quienes aparecen cortando una cinta o descubriendo una placa.
Esa visión también ha marcado su manera de ejercer el liderazgo. En una época donde la política suele dividir entre amigos y enemigos, Rafaela defiende una idea distinta. Gobernar para todos. Gobernar para quienes votaron por ella y para quienes no lo hicieron. Gobernar para quienes piensan igual y para quienes piensan diferente. Durante la conversación insiste en que nunca ha entendido el servicio público desde la exclusión y que buena parte de los problemas que enfrenta el país nacen precisamente de la incapacidad para construir puentes entre sectores distintos.
Quizás por eso habla con tanta insistencia de reconciliación. No solamente como un concepto político, sino como una necesidad humana. Cree que Colombia necesita pasar la página de muchas heridas, aprender a escucharse nuevamente y encontrar puntos de encuentro que permitan avanzar. Es una reflexión que parece surgir tanto de su experiencia personal como de su experiencia pública. Porque quien ha tenido que reconstruir su propia vida después de una pérdida tan grande entiende mejor que nadie el valor de volver a empezar.
Esa misma visión la ha llevado a asumir un nuevo reto como presidenta de la Federación Nacional de Departamentos. Desde allí impulsa una conversación nacional sobre el papel que deben tener las regiones en el futuro del país. Está convencida de que Colombia necesita escuchar más a sus territorios y menos a las disputas permanentes del centro político. Habla de un Libro Blanco construido junto a gobernadores, alcaldes, empresarios, académicos y líderes regionales para entregarle al próximo presidente una hoja de ruta nacida desde las regiones y no desde los escritorios de Bogotá.
Sin embargo, más allá de los cargos y las responsabilidades, lo que deja esta conversación es la sensación de estar frente a una mujer que nunca permitió que las circunstancias definieran quién era. A lo largo de la entrevista aparecen palabras que explican buena parte de su historia: cicatrices, espiritualidad, sacrificio, tiempo, reconciliación, errores y segundas oportunidades. Palabras que no aparecen como discursos preparados, sino como experiencias vividas. Habla de los errores con naturalidad porque entiende que hacen parte del aprendizaje. Habla de la espiritualidad porque reconoce que ha sido un soporte fundamental en los momentos difíciles. Habla del tiempo porque sabe que es el único recurso que nunca regresa.
Cuando se le pregunta por el futuro evita las respuestas grandilocuentes. No habla de candidaturas ni de ambiciones personales. Habla de terminar bien su gobierno. De cumplir. De entregar resultados. De dejar encaminado un departamento que tenga claro hacia dónde va. Es una respuesta coherente con toda su historia. Porque si algo transmite Rafaela Cortés es la idea de que el liderazgo no consiste en acumular cargos, sino en asumir responsabilidades.
Tal vez por eso su historia resulta tan particular. Porque no es la historia de una mujer que salió a buscar el poder. Es la historia de una mujer que un día tuvo que tomar las riendas cuando la vida le cambió todos los planes. Y que, desde entonces, decidió avanzar sin detenerse, honrando el camino recorrido, construyendo el suyo propio y demostrando que algunas veces el liderazgo aparece justamente en el momento en que más difícil parece seguir adelante.
