Adolfo Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares

8 de marzo del 2011

Una de las formas más viejas y de seguro más fructuosas para pensar un arte es pensándola en comparación con otro arte. Larga, por ejemplo, es la lista de analogías entre la literatura y la música, y larga es la lista de sus frutos: hacer música con las palabras (la poesía moderna) y narrar historias con melodías (la música programática) son dos de los más importantes. Walter Pater encontró que la música era el punto ideal de convergencia de todas las artes, porque era la más abstracta. Schopenhauer, un siglo antes, contradijo a Walter Pater anotando que la música es en realidad el arte más concreto: la palabra “silla”, en un texto, es un símbolo de un objeto que no está en el texto, sino en el mundo. La nota Do, en una melodía, no hace referencia a otra nota Do que exista en el mundo: es directamente una nota Do. La música, en ese sentido, es independiente del mundo y podría existir sin él. Las analogías con la literatura son, por tanto, insignificantes. El compositor estonio Arvo Pärt encontró que las frases tienen una melodía intrínseca, que no es la de la entonación con que se dicen, sino la de la entonación con que se rezan. Tales melodías suelen estar armadas sobre la triada mayor, para tranquilidad del Obispo de Duitama, que ya había pagado un precio extravagante por afinar el órgano. Menos preocupado por la naturaleza de la literatura que por su ejecución real, Julio Cortázar encontró que la literatura, o por lo menos su literatura, era como el jazz, donde no existe una obra terminada, sino simplemente un take que salió mejor que los demás en la sesión y entonces se manda imprimir.

Adolfo Bioy Casares, más de la generación de Cortázar por su edad, pero más de la de Borges por sus inclinaciones, nunca habló, que yo sepa, de su literatura en términos musicales, y sin embargo existe un punto común entre estas artes que no le habría hecho daño encontrar. La mayoría de tales analogías consideran al autor antes o durante la composición de la obra, pero rara vez después. Sin embargo, es una vez que un libro está publicado que a un autor le cuesta más encontrar un lugar en el que sentirse cómodo. Mucho se ha hablado de la muerte del autor, de que las obras, una vez impresas, son de propiedad de todas las personas y abandonan al autor, y sin embargo, como se puede comprobar, el autor suele seguir ahí, con su nombre en la portada y con su voz y con su estilo en cada frase de cada página. Y casi siempre en literatura un libro no se lee por la historia que cuente sino por el que lo escribió. Cuando se goza del estilo de un escritor, cuando se está en sintonía con una forma particular de decir las cosas, en la que no se pierde ni la más invisible insinuación, poco importa la historia que se nos cuente. Nadie lee a Cortázar para ahondar su conocimiento de las usanzas de los Cronopios, sino para oírlo decir “y no hay tu tía”, y “de manera que calcule” y “che, la cirugía está en pañales, hay que aceptarlo”.  Nadie lee a Borges para saber qué fue lo que verdaderamente pasó con los cabalistas del siglo XIII en el sur de Francia, sino para oírlo contando mentiras con la más lapidaria convicción, usando palabras como avatar, vindicación, patria, extenuar los anaqueles, frecuentar el Quijote.

A Adolfo Bioy Casares nadie lo lee para tomar nota de la operación quirúrgica que permite extirparle a un hombre el alma y depositarla en el cuerpo de un perro para que descanse, como en Dormir al sol, ni para oír sus argumentos sobre cómo el calamar opta por su tinta. Y sin embargo, no es fácil decir por qué sí lo leemos. ¿Cuáles son los giros particulares de sus frases? ¿Cuáles sus palabras favoritas? Ningún ejemplo acapara su estilo, porque su estilo parece ser transparente. Varias veces habló Bioy de cómo no le gustaba entrometerse entre el lector y la historia, y cómo por eso siempre buscaba las formas menos llamativas del español, las más naturales, para no distraer con su estilo. Pero no tener estilo es algo que no les es dado a los escritores: la más pequeña decisión, poner una coma aquí y no allá, es una decisión estilística. Cortázar se comparó con un jazzista porque su estilo es casi toda la obra, porque a Cortázar, como a John Coltrane o a Thelonious Monk, se lo distingue a la primera nota, y a nadie le importa que nos cuente por quinta vez Caperucita Roja, porque cada versión será distinta. Borges es protagonista de sus propios cuentos y nos obliga a usar las palabras como a él le gusta usarlas, porque ese es el único modo en que puede convencernos de sus elaboradas mentiras, vendiéndonos la historia como un vendedor de carros usados, ofreciendo su experiencia propia como garantía, citándose a sí mismo como tanto le gustaba hacer a Beethoven.

Pero Bioy Casares no es ni el compositor clásico, que ha planeado cada elemento de su obra, ni el jazzista cuya personalidad es tan fuerte que puede darse el lujo de no planear nada, de improvisarlo todo. Bioy Casares es, si tuviera que ser alguna versión del músico, el director de la orquesta. En la presentación, no parece estar haciendo mucho más que moviendo la batuta, nos da la espalda, y es el único en todo el escenario que no emite ningún sonido, que no toma parte directa en la obra, que fue lo que fuimos a ver. El trabajo del director es anterior, es en el momento de los ensayos, donde decide el lugar de cada cosa, el ritmo de la obra, la interpretación que la orquesta va a hacer de la obra de alguien más. Sus historias, en efecto, son historias de otros escritores, a veces de muchos a la vez, y su interpretación no consiste en darlas vuelta, en desarmarlas, en cambiarlas totalmente de contexto, sino en detalles sutiles, la mención de una calle de Buenos Aires, el juego de palabras con un nombre, el cambio de un adulto por un viejo, una montaña por una colina, un libro desaparecido hace diez años con uno desaparecido hace cien.

Todo escritor tiene un estilo: el de Bioy Casares es simular que no lo tiene, que su historia, de haber sido contada por otro, habría ocurrido exactamente igual.

“Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.”
“El lujo es vulgaridad.”
“El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí.”
“La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura.”
“No me gusta nada la idea de morir. Si pudiera vivir quinientos años aceptaría y pediría: ¿No puede darme unos más?.”
Fraces tomadas de: http://es.wikiquote.org