Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos

9 de mayo del 2011

Arce y Ceballos nació en Bogotá, entonces capital del Nuevo Reino de Granada, en una familia de criollos provenientes de Andalucía, pudientes y relativamente poderosos. Desde pequeño fue discípulo de pintura en el taller de Baltasar Figueroa, uno de los retratistas de más renombre en el Reino. Una vez, encargado de pintar los ojos de […]

Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos

Arce y Ceballos nació en Bogotá, entonces capital del Nuevo Reino de Granada, en una familia de criollos provenientes de Andalucía, pudientes y relativamente poderosos. Desde pequeño fue discípulo de pintura en el taller de Baltasar Figueroa, uno de los retratistas de más renombre en el Reino. Una vez, encargado de pintar los ojos de un San Roque, el maestro descubrió que el joven alumno ya lo había superado, y lo echó del taller, en parte por envidia, pero animándolo de ese modo a abrir su propio taller, cosa que Arce y Ceballos hizo sin demora.

La mayoría de sus cuadros están en el Museo de Arte Colonial, en las iglesias del centro de Bogotá y en las de varios pueblos de la sabana. Sin embargo, muchos de ellos están por fuera del país en diversas colecciones privadas, y otro tanto, que está en Bogotá, sigue pendiente de verificar su autoría. De los cerca de novecientos cuadros que se cree que pintó, Arce y Ceballos sólo firmó treinta y dos, y ahí radica la dificultad de su atribución, en una época en que los cuadros de estilo y tema muy similar a los de Arce y Ceballos pululaban por todo el Nuevo Reino.

Sin embargo, los expertos creen reconocer el trazo particular de Arce y Ceballos en la mayoría de esos cuadros, especialmente en los que están en las iglesias y el museo en Bogotá. Arce y Ceballos aprendió de los maestros europeos del Barroco, y es él mismo un pintor barroco si se hace la consideración de que el Barroco en las colonias tomó desde muy temprano características particulares que lo diferenciaban de las obras maestras europeas. Una de las más importantes de ellas es que muchos de los maestros del Barroco, que fueron de alguna manera los maestros de Arce y Ceballos, eran de los Países Bajos, y varios entre ellos protestantes. De ese modo, una de las adaptaciones principales del Barroco colonial fue usar los modelos europeos para componer escenas de un catolicismo rebosante, como las de Arce y Ceballos. Esta influencia flamenca se ve claramente en los paisajes, de los que Arce y Ceballos no hizo demasiados, prefiriendo siempre los ambientes cerrados, tanto para el retrato como para las escenas bíblicas. Sin embargo, sus paisajes muestran a primera vista que no se hicieron imitando los paisajes reales a los que el pintor tuvo acceso: sus colinas, sus árboles e incluso sus animales, conforman paisajes europeos, y en absoluto sabaneros, de lo que resultan unas representaciones de Bogotá y sus alrededores bastante particulares, debido a lo poco que se asemejan sus entornos.

Y si los paisajes dan cuenta de sus influencias, los retratos dan cuenta de su independencia. El uso del claroscuro y la yuxtaposición de colores en sus caras y cuerpos es en principio la misma de Rubens, entre tantos, pero a la vez logra un efecto de lividez y de volumen que el maestro holandés  jamás logró. La precisión de su trazo, que fue la primera habilidad que sus contemporáneos y maestros alabaron, les da a los rostros una fuerza particular, que en los cuadros religiosos logra acentuar las virtudes espirituales de los sujetos, y en los cuadros laicos, en los retratos por encargo, acentúa en cambio la huella de la experiencia.

Cuando Arce y Ceballos pintó su autorretrato, aún era uno de los pintores más ricos y prestigiosos de la ciudad. Quién sabe qué efecto habría producido esa habilidad para pintar caras si se hubiera pintado a sí mismo en sus últimos días, loco, pobre y desprestigiado a causa de un altercado con un Oidor español, a quien, con ayuda de algunos amigos, le secuestró a la amante. Pero ese episodio hace parte de la historia privada y ya casi olvidad de Arce y Ceballos, y no de la historia de su país y de su momento, que es la que aún se puede ver, con el mismo brillo y la misma vida que hace trescientos años, en sus enormes lienzos.


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