Mijail Bulgakov

Mijail Bulgakov

10 de marzo del 2011

De todos los escritores que el régimen soviético mantuvo censurados, relegados al más triste de los olvidos, andando como unas sombras por Moscú donde todos sabían que eran escritores pero nadie había leído una sola de sus obras, en varios casos hasta años después de sus muertes, Bulgakov es sin duda el que más se lo merecía.

Desde que se regaló, con sus hermanos, al ejército ruso durante la Primera Guerra, Bulgakov había perdido toda fe en un gobierno comunista que aún ni siquiera ocurría. A diferencia de sus hermanos, que fueron enviados a París, de donde aprovecharon nunca regresar, Bulgakov fue enviado al Cáucaso, volviendo a su natal Kiev al concluir la guerra. Desde la Revolución del 17 supo que jamás podría ver de nuevo a su familia, y esta fue la primera de las culpas que achacó al gobierno de Lenin. Las heridas que recibió en la guerra y la falta absoluta de atención médica en Kiev lo volvió dependiente a la morfina, que él mismo se inyectaba. Al poco tiempo se volvió adicto y esta fue la segunda culpa que atribuyó al gobierno. Entonces se rehabilitó solo y se fue a vivir a Moscú, para iniciar la carrera de escritor, ya un poco resignado a ser para siempre un escritor inédito.

Sin embargo, cuando Stalin reemplazó al moribundo Lenin, Bulgakov sintió el último aliento de esperanza. Stalin presenció una de sus obras de teatro Los días de los Turbín, que encontró de su agrado. Entonces nombró a Bulgakov en varios puestos importantes en los que Bulgakov alanzó a presentar unas cuantas obras de teatro y a publicar algunos cuentos. Pero la crítica se volcó sobre él, catalogándolo de anti-soviético, y Stalin, que ya lo había protegido públicamente, tuvo que hallar la forma de retractarse. Ahí comienza una de las relaciones más enfermizas entre un escritor y un gobierno, pues durante los siguientes años Stalin, para no contradecirse, se dedicó a nombrarlo en diversos puestos, haciendo de él una figura cada vez más importante, pero también a censurarle cada una de sus obras, cosa de no pasar por permisivo con un opositor al régimen. Sin decirlo, Stalin le estaba diciendo a Bulgakov que no tenía problemas con él, sino con sus obras, y de ese modo empujándolo a escribir a favor del régimen, cosa que Bulgakov, en el culmen de su depresión, intentó, escribiendo Batum, una obra de teatro dedicada a glorificar a Stalin. Pero Stalin también la prohibió, porque ya era demasiado tarde para cambiar la mala reputación del escritor.

Bulgakov se desesperó, se dio al alcohol y a los medicamentos, y en una noche de delirio escribió una carta a Stalin pidiéndole que lo dejara emigrar ya que en Rusia nadie requería sus servicios, petición que habría mandando a cualquier otro directamente a los campos de trabajo de Siberia, pero que Stalin, confirmando el soterrado cariño que tenía por Bulgakov, se tomó como un padre frente a un hijo adolescente. Lo llamó por teléfono personalmente y le preguntó si de verdad quería abandonar el país. Bulgakov, que ni siquiera recordaba haber mandado la carta, se inhibió, y respondió que un escritor ruso sólo puede vivir en Rusia.

Tras ese episodio el desespero de Bulgakov se vuelve resignación, pero esa resignación, que tan mala habría de ser para él, fue el corazón de la mejor parte de su obra. Dejó de pelear por la censura de sus libros, y en cambio invirtió ese tiempo en escribirlos mejor. Por esa época Stalin lo nombró en el teatro Bolshoi como libretista. Bulgakov iba todas las mañanas, entregaba un libreto, esperaba unas horas a que se lo rechazaran, volvía a su casa y lo convertía en un cuento o en el capítulo de una novela, y cada mes cobraba su cheque.

Cuando Bulgakov murió, varios años antes de Stalin, los cajones de su escritorio estaban repletos de páginas manuscritas, que su viuda, sólo hasta los años sesenta, pudo publicar. Entre esas páginas estaban los cuentos Corazón de perro y Los huevos fatales, evidentes críticas del régimen soviético que sin embargo, en un plano más profundo, son críticas de los regímenes totalitarios en general, del absurdo intrínseco en todos los gobiernos. Pero entre esas páginas también estaba una larga y compleja novela, que habría de ser, apenas se publicara, la gran novela rusa del siglo XX, El maestro y Margarita, un divertimento complejo e implacable de juegos y referencias bíblicas y literarias, una historia tan profundamente humana que hace ver los excesos del régimen y los caprichos de Stalin como una más de las formas que el hombre sabe ser malo, pero una historia que no pierde por un instante esa aceptada mala suerte, esa irónica resignación de un escritor que a lo largo de su vida tuvo cada vez más libros y cada vez menos lectores.