Sandie Crisp y la belleza en la adversidad

Publicado por: erika.diaz el Vie, 29/01/2021 - 11:10
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Sandie Crisp, la protagonista del video Obedece a la morsa, murió a los 61 años. Kienyke.com repasa su vida.
Sandie Crisp y la belleza en la adversidad

La salud pública del siglo XX estuvo azotada por dos virus inclementes: el poliovirus, que deforma a los seres humanos que lo padecen hasta incapacitarlos de por vida, y el VIH, que en sus primeros años fue mortal y azotó a comunidades sexualmente divergentes. Al mismo tiempo, la falta de conciencia sobre la diversidad física y sexual tendía a marginar a quienes no se ciñeran al canon. Sandie Crisp, la diosa coneja y mal conocida en América Latina como Obedece a la morsa, fue víctima de todo eso y, aún así, brilló durante su accidentada vida.

Sandie Crisp nació con el nombre de Johnny Baima en enero de 1960, en Santa Mónica, California. Se infectó de polio cuando apenas era una niña. Sus manos se deformaron y sus piernas apenas podían sostenerla. En un intento por recuperar su movilidad, fue sometida a toda clase de cirugías rudimentarias; incluso le insertaron un rodillo en la espina dorsal. Sus últimos años pasaron en una silla de ruedas eléctrica que la llevaba a todas partes. 

Para colmo de males, sus padres se separaron y Sandie Crisp pasó el resto de su infancia de orfanato en orfanato. En los documentales dedicados a su vida, ella confiesa que en la mayoría de ellos sufrió abuso sexual, lo cual la hacía sentir impotente porque su condición frágil le impedía defenderse. 

Desde su adolescencia se reconoció como una mujer trans. Cuando tuvo que volver a casa de su madre, ella no aceptó su identidad, así que Sandie Crisp, segura de quién era, decidió irse de casa, aunque en ocasiones tuvo que volver porque las poblaciones queer no eran precisamente las más prósperas en aquel entonces. En los primeros años tuvo que ofrecerse como trabajadora sexual, justo en los años en los que el VIH era endémico en su comunidad. Su cuerpo deteriorado adquirió un enemigo más.

Entonces, se dedicó a hacer espectáculos para las audiencias punk de los 80. En esos shows bailaba tap —dentro de sus capacidades—, actuaba y cantaba. Sus seguidores comenzaron a reconocerla como la diosa coneja. Sandie Crisp siempre se sintió como eso: como una diosa, una estrella, y esperaba nada menos que ese trato en el círculo que la rodeaba.

En los años 90 participó en algunos videos musicales para Dr. Dre y Marylin Manson. En esa década también vio la luz The Goddess Bunny: el documental que mostraba el panorama de la escena queer y tenía a Sandie Crisp como narradora y protagonista. En una de las escenas, ella aparece con una trusa, unas calentadoras y un pequeño paraguas y se levanta de su silla para bailar un poco de tap.

Para esa época también se casó con un exconvicto cuya familia la amó por quien ella era, pero terminó perdiendo la vida en confusos hechos, según recordó al medio Vice. En los años 2000 se mudó con un miembro de una banda liderada por ella, pero esta persona la echó de la casa. Sandy Crisp, con el orgullo herido, terminó en un albergue.

Años después, su documental fue subido a internet y con él llegó Obey the walrus (u Obedece a la morsa): una edición de la escena ya descrita con una canción reproducida en sentido contrario. Sandie Crisp entró a la conversación latinoamericana por la puerta de atrás, como un fenómeno aterrador y risible.

Mientras aquí era la comidilla de internet, Sandie Crisp vivió los últimos años de su vida bajo el cuidado de uno de sus hijos —porque una persona sin familia convierte en parientes a todos los que demuestren amor—. A este hijo le había dejado su última voluntad: gastar su seguro de vida en un funeral multitudinario, con un ataúd de cristal y un desfile.

Parece que la covid-19 tampoco permitirá la realización de su última voluntad. Ni para eso le salieron bien las cosas a Sandie Crisp, cuyo cuerpo cansado dejó de respirar a los 61 años recién cumplidos.