Miguel Jaramillo Luján
Miguel Jaramillo Luján

Bala, cárcel o camuflado: relato facilista del líder pacificador

Los problemas de seguridad en América Latina se han acrecentado por la gravedad de los
problemas sociales, la brecha de miseria y pobreza que fortalece el crimen y lo hace permear la
vida cotidiana y desplazar la legalidad bajo dinámicas que generan angustia y demanda de
soluciones extremas que más parecen gasolina para apagar un incendio.
La narrativa del presidente salvadoreño Nayib Bukelé, esa que fascina a tantos desde una mirada
del inmediatismo en las soluciones, hoy emerge como el camino que solo ofrece plomo, cárcel y
camuflado como alternativa para pacificar territorios, en promesas populistas que tratan de
emular el “modelo” salvadoreño, sin entender que en el largo plazo estas soluciones solo sirven
para el video o el like, que consuelan un poco a los ciudadanos, pero que son armas de doble filo.
La pobreza y la miseria en varios países de América Latina hoy bordea cifras superiores al 32.1 % lo cual equivale a más de 201.000 ciudadanos con limitaciones para conseguir un techo, alimento y ni que decir de educación, salud o un empleo digno; factores que detonan economías informales, degradan el horizonte de las oportunidades para los más pequeños y los convierten en presa fácil de una cultura del dinero fácil que generalmente es ilegal y activa espirales de violencia y muerte. La solución exclusivamente militarista es un tiro en un pie, es una enorme torpeza, se trata de un argumento que puede abastecer de satisfacción el relato mediático mas no brinda soluciones de fondo y quiero aquí revisar tres modelos de ciudades latinoamericanas que han logrado reducir la violencia, combinando toda la fuerza de la seguridad con una inversión social bien focalizada y que priorice los derechos básicos de los más vulnerables.

Rio de Janeiro
Reforzar su rama judicial, estirpar la corrupción en cierto sector de la fuerza pública, atacar de
manera frontal a estructuras criminales a la par con inversión social en favelas con graves carencias de equipamientos sanitarios, de salud y condiciones dignas de vida, ha sido parte de los esfuerzos más destacados del gobierno en Rio de Janeiro, Brasil para reducir la violencia en esa macro ciudad.


Medellín
Fue la ciudad más violenta del mundo entre los años 1990 a 1995 con tasas de homicidios que superaban las 5000 víctimas anuales. Fue una triada entre Estado, Academia y el sector productivo con una decidida apuesta social de inversión en infraestructura, educación, salud y transformación cultural a la par con el reforzamiento de las medidas de seguridad y nuevas tecnologías, lo que ha convertido a Medellín hoy en otra ciudad, quizá aun con problemas, pero ya por fuera del trágico escalafón de las más violentas del mundo.

San Pedro Sula
De 820 homicidios al año y de ser la ciudad más violenta del mundo, San Pedro Sula en Honduras redujo su tasa anual de muertes violentas en 2023 a solo 63 bajo una lucha frontal contra maras, pandillas y grupos criminales, mejoramiento judicial, mayor vigilancia y una inversión social que se hace de manera participativa y ha permitido superar claros indicadores de inequidad que eran focos de cultivo para narcos.

En ninguna de las 3 ciudades, estos cambios ocurrieron de la noche a la mañana, lo que sí está claro es que no pasaron porque haya más cárceles, porque se vocifere desde un balcón, porque se muestre armamento, patrullas, cámaras de video, cadenas o trajes de policía. El relato y la narrativa contra la violencia en algunas campañas políticas y gobiernos exagera en plomo, cárcel y camuflado, desconociendo que este tipo de problemas son como un cáncer que debe curarse progresivamente con una combinación de fuerza con inversión social. ¿Quizá la fatiga de los ciudadanos con la violencia está demandando soluciones de corto plazo? Es
posible, pero cabe recordar que en muchos de los casos documentados por organizaciones internacionales en El Salvador, se ha detectado que hay cientos de personas presas, de esas que se ven en los videos virales, casi desnudos, encadenados y con la cabeza agachada, quienes no tienen procesos en contra y solo son extras de un video con muchos likes y popularidad cuyo modelo es peligroso a largo plazo. Ciudades mexicanas como Colima, Obregón, Zamora, Manzanillo, Tijuana, Zacatecas y Ciudad Juárez hoy encabezan el escalafón Latinoamericano de las ciudades más violentas junto a algunas de centro américa y Ecuador, este último un país que vive hoy una verdadera emergencia bajo el yugo de carteles de la droga principalmente en la región del Guayas. Se hace necesario que hoy los líderes de los gobiernos nacionales y locales asuman de manera responsable esta dictadura del like y comprendan que el modelo del plomo, cárcel o camuflado puede funcionar como herramienta de marketing, pero no puede convertirse en la única variable de política pública desde la acción gubernamental para combatir las violencias de todo tipo.

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Miguel Jaramillo Luján
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