Esteban Jaramillo

Administrador de empresas y periodista. Premio Nacional de periodismo SIMÓN BOLÍVAR. Galardón vida y obra “Orlando Sierra”. Alumno orgulloso de Juan Gossain, Yamit Amad, Guillermo Lema, José F Corredor y Javier Giraldo Neira. Experiencia en Radio prensa, tv, internet.

Esteban Jaramillo

Final de la Champions: El ruido, el poder y una lupa

Si me dices que la reciente final de Champions, fue un partidazo, me niego a aceptarlo. Fue un ir y venir frenético, físico, con pocas opciones de portería, aunque trascendentales acciones de Courtois y Kobel. Algo faltó, especialmente al campeón en el primer tiempo, dominado por un rival esquemático, recio, agrupado en su defensa, con pocos recursos ofensivos.
 
No hubo chispa, ni sorpresa, ni habilidad individual para subvertir el orden. La encontró Ancelotti con Vinicius, Modric, Valverde, Carvajal y Camavinga, repuesto este último de un desastroso comienzo.
 
Rígido, como el de su rival, el esquema de Ancelotti, tan italiano, ambicioso con medida, demoledor con paciencia, rápido en los repliegues y veloz en los contraataques. 
 
Sin talento desbordante de futbolistas como genios. No hubo un Zidane, por ejemplo.

Recuerdo su inolvidable volea, el mismo día en la final de Glasgow, en la que se consagró Casillas con sus paradas de infarto. Tampoco un Ronaldo con su repertorio inigualable.
 
Estaba Kross, el más genuino exponente del fútbol antiguo adaptado al contemporáneo. Con una admirable precisión de pase, que embruja. Con él o con futbolistas como él, el “10” en el fútbol, nunca desaparece. 
 
Final con campeón lógico, pero de desarrollo absurdo. El buen fútbol hubo que buscarlo con lupa. 

Es otro el fútbol, que pomposamente llaman moderno. Con la imposición de la pizarra sobre la espontaneidad, de la mente sobre las habilidades del cuerpo, el músculo, el orden, la actitud y la concentración como relevo del talento. Todo en paquete produce campeones sin fisuras.
 
Duelo de estrategias. Una, ofensiva desesperada, y otra, defensiva como roca. Ruido osado el del Borussia, que el Madrid silenció con su voracidad de triunfo, para la pleitesía aduladora de los especialistas sin cálculo o sensatez en los elogios.
 
Son los mismos, que dicen que el “killer”, de embalajes rotundos y embestidas demoledoras, Vincius, es el mejor futbolista activo. 
 
Lo es Mbappé, o en su defecto Rodri, del City. 
 
Final de la Champions, como dicen los sabios, competida, no jugada. Definida con arrebatos físicos, arranques incontrolados o fortaleza en las acciones, como el gol de Carvajal, que los cortos de entendimiento han llamado de otro partido.
 
Ancelotti, es especial. Equilibrista entre futbolistas de vanidades desbordadas. Gestor de vestuario. Sicólogo de estadios. Líder sin ruido, muy discreto. Que antepone su humildad frente a la altanería y la prepotencia de algunos de sus colegas.
 
Mención especial para Florentino Pérez, sin miedo a las alturas, experto en alterar por su voracidad ganadora los universos del fútbol a cualquier costo, sin temblarle la mano cuando se anima a jugar con su reglamento, con el VAR abordo como aliado. 

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