Alguien dijo que nadie escala una montaña solo mirando. Colombia afronta una de las situaciones más difíciles en su historia reciente. Sin contar el COVID, la polarización, la crítica violenta y la desinformación, engendraron una oleada de miedo, ansiedad y angustia que como sociedad nos carcome, a la que unidos tenemos que hacer frente.
La situación por la que atravesamos nos impacta de manera negativa por igual. Sin embargo, muchos prefieren comportarse como simples espectadores desde una posición de confort que, tarde o temprano, perderán porque lo que está en juego también los va a afectar sin importar su inclinación política, si votan en blanco o no votan, si tienen creencias religiosas o son ateos, o si apoyan el matrimonio o promueven la unión libre.,
Muchos permanecen sonámbulos frente a lo que puede suceder. Los puestos de trabajo, la viabilidad de las empresas, la propiedad privada, el respeto por los derechos fundamentales y hasta nuestra vida misma, parecen no importar a quienes indiferentes son testigos de polémicas basadas en ideologismos, que se disfrazan sobre lo que más le convendría a Colombia.
Preocupa que muchos se estén adaptando de manera somnolienta a circunstancias que ya no son coyunturales, las cuales son un mero instrumento con el que algunos buscan cambiar nuestra realidad a su gusto, sin importarles el bienestar común, la seguridad y la ley, llevando a que nuestro país pierda la razón
El sonambulismo que afecta a nuestra sociedad hace que caminemos dormidos hacia lo que podría significar el fin de nuestro estado de derecho. Despertemos para entender que un país lo construyen sus ciudadanos. Hay que dejar de ver a quien piensa distinto como un enemigo, encontrar qué es lo que no nos permite ponernos de acuerdo y razonar que la búsqueda de la justicia y la igualdad es una tarea de nunca acabar, que se sustenta siempre sobre el respeto por el otro y no sobre el discurso del miedo que nos quieren infundir unos pocos.
El miedo siempre se presenta de dos maneras. Uno que nos paraliza y otro que nos defiende, el cual hoy debemos aprovechar. Utilicemos el temor que nos invade en estos momentos para protegernos de la polarización de la verdad y la violencia como herramientas para imponer intereses personales, políticos, sociales o de cualquier índole.
Manejemos el pánico que nos invade para evadir el peligro que nos acecha. La libertad, la corrupción, el orden público, la pobreza y la desigualdad son factores comunes que debemos superar pero que, hábilmente, quienes desean acabar con la democracia, utilizan buscando crear un pavor colectivo, que no nos deje pensar.
Despiertos y sin miedo asumamos nuestra responsabilidad individual en las problemáticas que nos afectan, levantemos sin violencia nuestra voz y participemos del cambio que tanto reclamamos como país, es hora de hablar.
Ya vimos como miles de personas quedaron sin empleo, cientos de empresas cerraron sus puertas y muchos colombianos perdieron su vida. Valoremos los riesgos y los costos, participemos de una conversación cívica que respete los derechos de todos, y nos los algunos, mediante un lenguaje compartido, a través del cual construyamos y no destruyamos, para modelar un nuevo país sin odios ni rencores.
Para llegar a la cima de esa montaña en donde existe una sociedad más justa y democrática, una economía más participativa y equitativa y una calidad de vida más digna, reflexionemos, y, como lo dijo el Papa Francisco, transformémonos en arquitectos del diálogo mediante una amistad social que, desde la academia, las empresas y todos los sectores impulse una conversación para encontrar soluciones concertadas que nos beneficien a todos
