El gélido Marte es el lugar perfecto para buscar vida antigua

Publicado por: daniel.guerrero el Vie, 19/02/2021 - 18:47
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Por: Sarah Stewart Johnson, The New York Times
El gélido Marte es el lugar perfecto para buscar vida antigua

Este 18 de febrero, el róver Perseverance se posó con tranquilidad bajo un cielo color caramelo en Marte. Vi cómo se desarrolla el amartizaje en una transmisión en vivo a través de Zoom, mientras afuera de mi casa el mundo sigue cubierto de hielo, con árboles que parecen piezas de cristal.

Hace una semana hubo una tormenta de hielo y la temperatura no ha mostrado señal alguna de que vaya a aumentar. La profunda helada de febrero se siente como un contexto apropiado para la llegada a Marte de este róver en particular.

El objetivo de la misión de la NASA es descubrir un mundo que alguna vez estuvo vivo. El Perseverance recolectará muestras de Marte para su posterior envío a la Tierra, rocas que podrían contener huellas de vestigios de vida microbiana. Durante al menos los próximos 687 días, el róver explorará el cráter Jezero, el lugar donde se encontraba el antiguo delta de un río, en busca de fósiles moleculares.

Al principio de la historia del sistema solar, la Tierra y Marte eran notablemente similares. Hace 4500 millones de años, ambos planetas tuvieron nacimientos fundidos, agitados por el calor de la acreción, rebosantes de magma. Luego, sus superficies se enfriaron para convertirse en costras rocosas, repletas de agua y actividad geológica. Cuando la vida comenzaba aquí en la Tierra, durante ese tiempo difuso en el que la química le dio paso a la biología, Marte también era un entorno amigable. Corrían ríos por su superficie, protegidos por un campo magnético generado por el núcleo del planeta. Sus volcanes arrojaban a la atmósfera gases de efecto invernadero que cubrían el planeta de calor.

Pero cuando el Perseverance tocó la superficie de Marte este 18 de febrero, llegó a un planeta frío y reseco. Debe haberse encontrado con rocas desnudas y expuestas dispersas en el silencioso entorno y un polvo tan fino como el humo de un cigarrillo arremolinado en el aire. Con suerte, los micrófonos del róver habrán captado el sonido del viento, el primer sonido alguna vez grabado desde la superficie del planeta, aunque debido a la delgada atmósfera, incluso los ventarrones más estridentes podrían sonar más como un susurro.

Sorprendentemente, lugares tan gélidos e inhóspitos como el desierto marciano son perfectos para descubrir rastros de vida. Lo he visto de cerca.

Hace cuatro años, un helicóptero que partió de la estación McMurdo, en la Antártida, me dejó en el lugar más vacío en el que he estado: la ladera del monte Boreas en la cordillera del Olimpo. A diferencia del 98 por ciento de la Antártida, que está atrapado bajo una capa de hielo, al monte Boreas lo azota el viento y está cubierto de limo, arena y rocas de diversos tamaños. Su cima es uno de los lugares más parecidos a Marte en nuestro planeta.

El terreno es increíblemente vasto, está estriado de manera extraña y en algunos lugares tiene grietas en patrones poligonales. Mientras nuestro equipo de investigación caminaba por la inhóspita extensión, notamos un lugar donde el suelo parecía ser más ligero. Allí, bajo una capa prístina de ceniza reposada, estaban los restos conservados de otro mundo. En el Mioceno —hace 14 millones de años, antes de que la Antártida se transformara en una tierra polar desolada— allí había existido un lago. Durante miles de años, había llenado el lugar donde estaba yo ahora de pie, justo debajo de las suelas de mis botas.

Aunque estaba temblando de frío, me quité la parka y los guantes aislantes. Para proteger de la contaminación las muestras que estaba a punto de recolectar, me puse un traje blanco esterilizado, de esos que en la actualidad son demasiado familiares, y deslicé las manos en un par de guantes de nitrilo. Deseando que mis dedos entumecidos pudieran doblarse, excavé con cautela dos o tres centímetros de ceniza para luego liberar lo que a todas luces lucía como mechones de cabello humano.

No fue sino hasta que regresamos al laboratorio de la estación McMurdo que pudimos ver cuán extraordinarias eran estas muestras. Cuando abrí el pequeño tubo estéril, las menudas hebras del material comenzaron a esparcirse. Con un par de pinzas, tomé un pequeño filamento y lo coloqué en una placa de Petri vacía. Cuando agregué una gota de agua, rápidamente comenzó a rehidratarse. Casi todas las plantas y animales que alguna vez poblaron el interior de la Antártida han desaparecido, pero allí, en la palma de mi mano, pude ver las pequeñas hojitas de briofitas antiguas. No podía creer lo tiernas que se veían, con los tallos aún desplegándose. Fascinada, pasé al microscopio.

La profundidad y los detalles eran extraordinarios y acentuaban la belleza de estos organismos que habían pasado sus vidas en un continente completamente diferente. Sentí como si hubiera persuadido a estos organismos de salir de su escondite, como si me hubieran concedido el poder de dar un pequeño vistazo a través del tiempo. Allí, en la luz, había un mundo perdido y recuperado.

En ningún otro lugar de la Tierra se habrían conservado esas muestras de manera tan exquisita como en la Antártida, encerradas en un congelador seco y profundo. En un ambiente tropical o templado, se habrían deteriorado rápidamente. Su carbono se habría consumido y sus enlaces habrían sucumbido. Qué insólito es el hecho de que las cosas que sustentan la vida —el calor y el agua— también generen su descomposición y desintegración; que la misma vitalidad y dinamismo de nuestro mundo sea lo que la borre.

Sin embargo, esa es precisamente la razón por la que la búsqueda de vida antigua nos lleva a un lugar tan frío e inmutable como el cráter Jezero, en un planeta donde la erosión hídrica ha cesado, donde no hay placas tectónicas que agiten la superficie y devoren el registro geológico. Es poco probable que el Perseverance encuentre algo tan complejo como una briofita, pero podría descubrir rastros de un antiguo ecosistema microbiano. Los vestigios de nuestros primeros días en la Tierra han desaparecido casi por completo, pero en Marte el pasado está sepultado.

Millones de personas vieron el momento en que el Perseverance amartizó, y la mayoría lo hicimos en nuestro propio estado de letargo, aislados por una pandemia. Muchos de nosotros tal vez nos preguntamos, incluso mientras nos maravillábamos ante esta hazaña del ingenio humano, cuánto del mundo que hemos conocido aquí en la Tierra sobrevivirá a nuestras circunstancias actuales. Pero, con suerte, cuando regresen las primeras panorámicas de ese lugar distante, aun si lucen vacías y sin vida, recordaremos por qué estamos allá y lo que estamos buscando, y eso nos reconfortará un poco. Es fácil pasar por alto las enormes posibilidades que se pueden conservar en un paraje tan solitario.