Carlos Salas
Carlos Salas Silva

Más que un grito un gesto crítico

No se pierde nada en repasar los terribles hechos de violencia que desencadenó el dictador luego de que su joven hija fuera abucheada en la Plaza de Santamaría. Y menos se pierde si al remover el sedimento fangoso del pasado vemos aparecer el nefasto episodio de la intromisión del chiquito Lleras con el que alteró, porque le dio la gana, la elección conservadora, siendo la última pactada en el Frente Nacional. Mirando el reloj, en un gesto difícil de olvidar, nos mandó a encerrar decretando un toque de queda cuando vio que el que antiguo dictador ganaba la presidencia con una abrumadora votación. Ir de ahí a lo que padecemos ahora no es sino un paso, el surgimiento del M19, uno de los más sanguinarios grupos terrorista a quien hasta se le señala como perpetrador de crímenes de guerra, aparte de los ya conocidos y de los que no hay sombra de arrepentimiento, al haber utilizado armas químicas contra un pueblo del Huila. Y para desgracia de desgracias y gracias a la generosidad de unos políticos, o ciegos o cómplices, se les amnistió a pesar de haber añadido a sus incontables actos terroristas la toma de la Embajada de República Dominicana y del asalto del Palacio de Justicia. No ha habido un mea culpa de ninguna de las partes ni siquiera ahora cuando uno de esos criminales está gobernando nuestra nación que, hasta ahora, se consideraba a sí misma democrática en lo bueno y lo malo que pueda resultar el vanagloriarse de ello.

Y estos nada agradables recuerdos se despiertan debido a que, en un estadio a reventar poco antes de iniciarse un partido de fútbol internacional de la mayor importancia, miles de colombianos con la camiseta amarilla, símbolo reconocido mundialmente, gritó en una sola voz ¡FUERA PETRO! No es la primera vez que lo escuchamos ni mucho menos la última que lo escucharemos. Ya en la primera manifestación que se hizo en la Plaza de Bolívar contra el gobierno del sátrapa gritamos ¡FUERA PETRO!, aunque los del megáfono, ya fueran infiltrados o tan solo cobardes, trataron de silenciarlo. Luego llegaron a la misma plaza los de las reservas y entonaron ¡FUERA PETRO! sin temor alguno, como es de esperarse de aquellos que defendieron con su vida a la patria en su momento. Y me refiero a que no es la última cuando ayer en el Atanasio Girardot el grito de ¡FUERA PETRO! fue atronador como una muestra de que se seguirá escuchando in crescendo.

Más que un grito como expresión del pueblo, es un gesto con el que los colombianos, aquellos que gritaron y gritaran y los que nos sentimos plenamente identificados gritándolo en nuestro interior, le exigimos a quien usurpa el poder que se largue. Y es que en cada oportunidad que se presente se reproducirá, no tengo la menor duda, desestabilizando la silla presidencial en la que se sienta quien aspira a transformarse en dictador, como todos lo sabemos.

A través de las redes podemos constatar que una mayoría se hace solidaria a ese clamor. Ya ese cuentico de una izquierda que haría maravillas en el poder porque todos los males vienen de la derecha, se ha resquebrajado desde que Petro asumió la presidencia. No tuvo ni siquiera un corto compás de espera para que su popularidad comenzara a caer hasta llegar a derrumbarse como lo dicen las encuestas pero principalmente el descontento general.

El país no merece tanta infamia. Aunque no contamos con liderazgos como el de Bukele o el de Milei y algunos siguen viviendo de las glorias pasadas de un Uribe que ha opacado y hasta bloqueado su surgimiento, todavía conservamos la fe en un destino prospero para Colombia. El populismo que ha infectado a América Latina viene de capa caída, lo dicen los resultados electorales, pero principalmente un pueblo que ve con desprecio la corrupción y la manipulación tiránica de esos gobernantes que no han hecho sino enriquecerse empobreciendo a sus países.

¡FUERA PETRO! Ha quedado resonando en los oídos de todos y se irá instalando, como opción real, en el cerebro de millones de colombianos creando confianza entre unos y otros, la que venían minando con sus engaños para que no nos viéramos como hermanos sino como enemigos.

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