“Quiero vivir feliz y no dejar que la alegría me abandone” - María Cecilia Botero

Jue, 12/03/2026 - 18:00
Con serenidad y sin prisa, María Cecilia Botero cuenta cómo el teatro la eligió, qué le exige hoy actuar y por qué, después de tantos años, sigue defendiendo una decisión simple: vivir feliz.
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Hay actores que construyen una carrera. Y hay otros que, con el paso del tiempo, terminan construyendo memoria colectiva. María Cecilia Botero pertenece a ese segundo grupo. Su voz, su rostro y su manera de habitar los personajes han acompañado a varias generaciones de colombianos que crecieron frente a una pantalla, cuando la televisión todavía era un ritual familiar.

Sentada frente a las cámaras, habla con serenidad, sin prisa, como si el tiempo (después de más de cinco décadas de trayectoria) ya no fuera una carrera, sino una conversación.

Nació en Medellín, en una familia numerosa: nueve hermanos de padre y madre. Era la quinta, justo en la mitad de esa pequeña multitud doméstica que, como ella misma lo describe, parecía un jardín infantil permanente. Su madre se casó a los 16 años y a los 31 ya tenía nueve hijos. “Hoy me pregunto cómo lo hizo”, dice entre risas.

La vida cambiaría pronto. A los siete años la familia se trasladó a Bogotá, un movimiento que terminaría siendo decisivo. “Menos mal”, dice ahora, con la perspectiva de los años, porque si no hubiera llegado a la capital, probablemente su vida habría tomado otro rumbo.

En el colegio era tímida, incluso miedosa. Nada hacía pensar que terminaría en los escenarios. Sin embargo, en su casa el arte respiraba cerca: su padre, Jaime Botero, era director de teatro y televisión, un hombre que alternaba su trabajo como ejecutivo con la pasión por las tablas.

El accidente que la puso en escena

Y fue, justamente, un accidente teatral el que cambió su destino.

Tenía apenas 14 años cuando acompañó a su padre a Manizales para la inauguración del Teatro Fundadores. Una actriz no llegó a la función. Faltaban dos horas para levantar el telón y el teatro estaba lleno. Desesperado, su padre le pidió ayuda.

“Mi hija, sálveme”, le dijo.

Aprendió el texto a toda velocidad y salió a escena. En su primera entrada se resbaló y cayó frente al público. Lo que parecía un desastre terminó siendo un bautizo escénico. Según su padre, caer en el escenario daba suerte.

Tal vez tenía razón.

Poco tiempo después apareció una nueva oportunidad, casi tan inesperada como la primera. En una comida familiar conoció a un director que preparaba una película basada en La María. Él insistió en que tenía “ojo clínico” para descubrir actores. María Cecilia dudó, pero finalmente aceptó.

Esa experiencia abrió una puerta que ya no se cerraría.

A los 16 años comenzó a trabajar en televisión, en una época en la que todo se hacía en vivo. No había grabaciones ni segundas tomas. Si un actor se equivocaba, debía improvisar frente a millones de espectadores.

“Esos sí eran los verdaderos realities”, recuerda.

La televisión colombiana estaba apenas construyéndose. Las cámaras eran enormes, los equipos limitados y los actores aprendían sobre la marcha. Pero también era un tiempo de enorme rigor artístico. Su padre impulsó espacios como Teatro Popular Caracol, donde adaptaban obras de la literatura universal para televisión e introducían al público en los contextos históricos y sociales de cada historia.

La pantalla, los personajes y el oficio

En medio de ese mundo llegó uno de los proyectos más recordados de su carrera: La Vorágine. La telenovela marcó un hito, no solo por la historia, sino porque fue una de las primeras producciones en color de la televisión colombiana.

“Grabé la primera versión en color”, recuerda. “Era 1974”.

Su carrera siguió creciendo con novelas, teatro y cine, aunque también hubo momentos inesperados. En una ocasión fue elegida para protagonizar una producción, pero de repente la reemplazaron. Semanas después, la actriz que la había sustituido murió y el papel volvió a sus manos.

La vida, a veces, tiene giros difíciles de explicar.

Con el paso de los años interpretó personajes de todos los tipos. Durante mucho tiempo, los directores insistían en darle papeles de mujer buena. “Decían que tenía cara de buena”, recuerda. Pero cuando finalmente le dieron la oportunidad de hacer un personaje perverso en la novela Lorena, descubrió algo inquietante: para construir esa maldad tuvo que mirar hacia adentro.

“Cuando uno hace un personaje malo recurre a su propia maldad”, explica. “Y eso puede asustar un poco”.

Esa capacidad de explorar las emociones humanas es lo que, según ella, hace fascinante el oficio de actor. Un oficio que hoy, dice, enfrenta una dificultad nueva: la falta de tiempo. Antes los actores tenían semanas para construir un personaje. Hoy, muchas veces, deben hacerlo en cuestión de días.

“El trabajo profundo del actor cada vez es más difícil”, afirma.

El teatro, en cambio, sigue siendo su lugar favorito. Allí el tiempo funciona de otra manera. Cada función es distinta porque el público cambia cada noche.

“Todos los días es como un estreno”, dice.

En el cine, sin embargo, ve otro problema: el público colombiano aún no confía del todo en su propio cine. Aunque reconoce que se hacen películas de gran calidad, lamenta que muchas desaparezcan de cartelera después de un solo fin de semana.

“Si es colombiano, creen que es malo”, dice con cierta resignación.

Pero más allá del trabajo, la vida también le enseñó otras lecciones. Su esposo, el director David Stivel, murió cuando su hijo Mateo tenía apenas ocho años. Aquella pérdida la obligó a seguir adelante sola, criando a su hijo mientras continuaba trabajando.

Hoy lo observa con orgullo. Mateo se convirtió en director, exactamente el oficio que siempre quiso ejercer desde niño.

“Creo que hice bien la tarea”, dice con una sonrisa tranquila.

Con el tiempo aprendió también a reconciliarse con la soledad. No es una soledad triste, aclara: es una soledad elegida. Disfruta estar en casa, leer durante horas y compartir la compañía silenciosa de su gato Jacinto.

Después de una vida llena de trabajo, hoy no hace planes a largo plazo. Prefiere vivir el presente.

“Yo decidí que no voy a hacer planes”, dice. “Estoy abierta a recibir lo que la vida me quiera dar”.

Y cuando le preguntan qué desea ahora, después de tantos años de carrera, la respuesta llega sin dudarlo: quiere vivir feliz. Quiere seguir sonriendo. Porque, como ella misma dice, el día que la alegría desaparece, la vida empieza a apagarse.

Y si algo ha demostrado María Cecilia Botero a lo largo de su historia es que su mayor papel, quizá el más importante, ha sido precisamente ese: recordarle a quienes la miran que la alegría también puede ser una forma de resistencia.

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