A Camilo Enciso muchos lo conocen como el “cazacorruptos”. El apodo no es casual: durante años ha construido una carrera pública marcada por denuncias, investigaciones y una cruzada personal contra lo que considera uno de los mayores males de Colombia, la captura del Estado por redes de corrupción.
Pero antes de ese personaje público hay otra historia. Enciso es bogotano, hijo de una familia de clase media trabajadora que combinó dos mundos muy distintos. Su madre es música, cantante y poeta; su padre, economista. En su casa convivían la sensibilidad artística y el rigor técnico. También heredó una mezcla de raíces familiares que, según dice, reflejan la diversidad del país, con abuelos del Valle del Cauca, Santander, la Costa Caribe y el Tolima.
En el colegio descubrió que su lugar no estaba en las fórmulas de la física ni en los laboratorios de química. Lo suyo eran las humanidades. La historia de Colombia empezó a fascinarlo desde muy joven y esa curiosidad terminó moldeando su mirada sobre el país. Entre los personajes que más lo impactaron estuvo Jorge Eliécer Gaitán, especialmente su idea de un país dividido entre el “país político” y el “país nacional”. Esa lectura del poder y de la desigualdad lo acompañaría durante años.
De las humanidades a la transparencia
Estudió Derecho en la Universidad del Rosario y, más adelante, Relaciones Internacionales. Su carrera profesional arrancó en el sector público en 2011, cuando llegó al Ministerio de Comercio como director de regulación del Programa de Transformación Productiva. Allí tuvo un primer contacto directo con la relación entre Estado y sector productivo.
En ese cargo comenzó a detectar lo que describe como un problema estructural: contrabando, corrupción, cartelización de contratistas y una burocracia que muchas veces dificulta más de lo que ayuda al desarrollo empresarial. Ese diagnóstico marcaría profundamente su visión del país.
Dos años después tomó una decisión que cambiaría su trayectoria. Renunció a su cargo para integrarse al equipo programático de la campaña de reelección de Juan Manuel Santos. Su papel fue construir propuestas y planes de gobierno desde lo técnico, lejos de la política tradicional, que siempre le generó desconfianza.
De ese proceso surgió una oportunidad inesperada. Santos lo invitó a ocupar la Secretaría de Transparencia de la Presidencia, una oficina clave en la lucha institucional contra la corrupción. Enciso permaneció allí cerca de tres años.
Fue en ese momento cuando entendió, según dice, que había encontrado su causa. Desde esa oficina impulsó reformas legales, entre ellas la ley antisoborno, y mecanismos para fortalecer la transparencia en las empresas y el acceso a la información pública. Más que los cargos, lo que lo marcó fue la sensación de que era posible producir cambios reales dentro del aparato estatal.
Sin embargo, también vivió decepciones. Una de ellas ocurrió cuando intentó impulsar un programa nacional de educación en integridad para formar a las nuevas generaciones en valores anticorrupción. La propuesta no prosperó en el Ministerio de Educación. Para Enciso, ese episodio dejó una lección clara: la corrupción no se combate solo con cárceles ni con leyes, sino con transformaciones culturales profundas.
El escándalo de Odebrecht fue otro momento complejo. Reconoce que ese episodio afectó duramente al gobierno del que hacía parte. Aun así, sostiene que actuó dentro de los límites legales de su cargo y que su responsabilidad fue trasladar la información a las autoridades competentes. Para él, la diferencia entre un funcionario público y un ciudadano común es que el primero solo puede actuar dentro de las funciones que la ley le permite.
Tras dejar el gobierno en 2017 tomó una decisión definitiva: dedicar su vida política a denunciar la corrupción. Desde entonces ha protagonizado enfrentamientos públicos con figuras del poder y ha llevado a la justicia varias denuncias relacionadas con presuntas irregularidades en la administración pública.
Su discurso no se limita a una crítica contra un solo sector político. Enciso insiste en que la corrupción atraviesa ideologías y partidos. Para él, el verdadero problema no es la derecha, la izquierda o el centro, sino la ambición desmedida que lleva a torcer las reglas del juego y convertir al Estado en una plataforma de enriquecimiento.
Esa convicción lo ha llevado a protagonizar fuertes debates públicos. En ellos habla de lo que considera una captura del Estado por redes políticas y económicas que se reparten contratos, cargos y poder.
La vida cotidiana y las heridas del país
Pero en medio de ese tono combativo también aparece un Enciso distinto: el de la vida cotidiana. Vive con su pareja, también abogada, con quien comparte una rutina sencilla que empieza cada mañana con un café. Mientras ella prepara la bebida, él tiende la cama. Luego revisan la agenda del día, una agenda que en tiempos de campaña suele ser frenética.
A pesar de la intensidad de la política, intenta reservar espacios para conversar y cerrar el día juntos. La pareja planea casarse próximamente, una boda que tuvieron que aplazar debido a la dinámica electoral.
En un momento más introspectivo de la conversación, Enciso reflexiona sobre palabras como heridas, conflicto y reconciliación. Allí aparece otra de sus preocupaciones: las cicatrices profundas que ha dejado la historia reciente del país.
Para él, Colombia es una nación llena de traumas acumulados (violencia, polarización, resentimientos) que todavía no ha logrado sanar completamente. Y cree que la política debería ayudar a cerrar esas heridas, en lugar de profundizarlas.
Por eso insiste en que uno de los grandes riesgos actuales es la radicalización del debate público. Advierte que presentar la política como una lucha entre “buenos y malos” termina destruyendo la democracia y alimentando los extremos.
Su apuesta, dice, es recuperar un espacio político donde la crítica sea fuerte pero responsable; donde el desacuerdo no se convierta en odio y donde la integridad vuelva a ser un valor central.
Al final, todo su discurso vuelve al mismo punto de partida, a una idea que repite con convicción y que resume su visión del país: Colombia tiene que dejar de normalizar la corrupción.
