José Manuel Restrepo: una vida dedicada a regalar gotas de esperanza

Vie, 05/06/2026 - 21:15
José Manuel Restrepo abre las puertas de su historia personal en Kién es Kién. Desde una infancia marcada por las becas y el esfuerzo familiar hasta el duelo por la muerte de su padre.
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José Manuel Restrepo: una vida dedicada a regalar gotas de esperanza

Por Adriana Bernal – Kién es Kién

Fue becado toda su vida, perdió a su padre en medio de una crisis económica, encontró el amor en una cita a ciegas y convirtió la educación en una misión. En Kien es Kien, José Manuel Restrepo revela la historia personal detrás del economista, el rector, el profesor y el hoy candidato a la Vicepresidencia.

Hay personas que construyen su historia alrededor del poder. Otras alrededor del reconocimiento. José Manuel Restrepo construyó la suya alrededor de una palabra que repite constantemente y que parece haberse convertido en el eje de su vida: esperanza.

Detrás del economista, del exministro, del exrector universitario y del candidato vicepresidencial hay un hombre que todavía se emociona al recordar a su abuelo secando café bajo el sol, a una madre que hizo de la educación una causa de vida y a un padre que luchó hasta el final por sacar adelante a su familia.

Nació en Bogotá, en un hogar donde las cosas nunca sobraron. Su madre era maestra de inglés y su padre trabajaba en el negocio de finca raíz. No había privilegios ni caminos fáciles. Había esfuerzo.

Por eso, cuando habla de su infancia, no recuerda lujos ni comodidades. Recuerda un triciclo rojo con vagón, los viajes al campo con su abuelo cafetero y las lecciones silenciosas que aprendió observando a los adultos trabajar sin descanso.

Aquellos años terminarían marcando el rumbo de toda su vida.

La educación fue la puerta que le permitió avanzar.

Fue becado en el colegio. Fue becado en la universidad. También en sus estudios de posgrado. Lo dice sin rodeos: sin esas oportunidades no habría podido estudiar.

Quizás por eso nunca ha visto la educación como una estadística o una política pública. Para él siempre ha sido algo más personal. Algo que transforma vidas.

Y ninguna historia refleja mejor esa convicción que la de un joven que un día le escribió cuando era rector de la Universidad del Rosario.

El muchacho firmaba cada correo como “El Soñador”.

Le pedía ayuda para estudiar medicina. Restrepo recibió el mensaje como tantos otros que llegaban diariamente a su oficina. Sin embargo, algo en aquella insistencia terminó llamando su atención. Decidió ayudarlo. Más tarde apareció otra universidad dispuesta a cubrir el porcentaje restante de la matrícula.

El joven pudo estudiar.

Años después volvió a encontrarlo convertido en profesional.

No llegó a pedir nada. Solo quería agradecer.

Y antes de marcharse le dejó una frase que José Manuel Restrepo nunca olvidó:

“Por favor, siga regalando gotas de esperanza”.

Desde entonces convirtió esa expresión en una filosofía de vida.

Las gotas de esperanza aparecen una y otra vez durante la conversación. Son la explicación de muchas de sus decisiones. También de su forma de entender el servicio público.

Por eso, cuando se le pregunta por qué aceptó acompañar a Abelardo de la Espriella en la fórmula presidencial, responde con una frase que parece resumir toda su visión de país:

“No hay milagros sin esperanza y tampoco hay esperanza sin milagros”.

Pero la esperanza no ha sido el único ingrediente de su historia.

También ha conocido la adversidad.

Uno de los momentos más difíciles llegó con la muerte de su padre.

Aún recuerda la sensación de soledad que sintió al tener que asumir una compleja situación financiera familiar. De un momento a otro pasó de ser hijo a convertirse en quien debía organizar cuentas, enfrentar deudas y tomar decisiones difíciles.

No habla desde el resentimiento. Habla desde el aprendizaje.

Aquella experiencia le enseñó que las crisis revelan el carácter de las personas y que las responsabilidades no siempre llegan cuando uno está preparado para recibirlas.

Tal vez por eso se convirtió en un hombre profundamente disciplinado.

Le apasiona la historia. Disfruta las biografías. Lee geografía con el mismo entusiasmo con el que otros leen novelas. Le interesa entender cómo se construyen las sociedades y cómo las personas enfrentan sus propios desafíos.

Pero si hay un tema que ilumina especialmente su rostro durante la conversación es la familia.

La historia de amor con Tatiana comenzó en una cita a ciegas organizada por amigos comunes.

No hubo grandes planes ni estrategias.

Solo una invitación de fin de semana.

Ella llegó sin saber mucho de él. Él apareció en un restaurante donde todos parecían conocerlo. Lo que comenzó como una salida casual terminó convirtiéndose en una historia de más de dos décadas.

Hoy hablan con orgullo de sus tres hijos: Julián, Alejandro y María.

Cada uno diferente. Cada uno con su propio camino.

Y todos unidos por una misma convicción familiar: servir.

Durante años han participado juntos en brigadas sociales, proyectos comunitarios y actividades de acompañamiento a familias.

Esa dimensión humana también se fortaleció a través del dolor.

La familia vivió una tragedia que cambió para siempre sus vidas: el feminicidio de una sobrina en México.

Lejos de quedarse atrapados en la rabia o la impotencia, decidieron transformar el sufrimiento en una causa.

Desde entonces han trabajado para acompañar y apoyar a mujeres víctimas de violencia, convencidos de que incluso las experiencias más difíciles pueden convertirse en oportunidades para ayudar a otros.

La espiritualidad ocupa un lugar igualmente importante en su vida.

No como una bandera política ni como una estrategia electoral.

Simplemente como una forma de vivir.

Habla de la oración diaria, de las misas en familia y de los pequeños símbolos que siempre lo acompañan cuando asume nuevas responsabilidades.

Una cruz de madera.

Una fotografía familiar.

Una imagen religiosa.

Y un árbol.

Siempre un árbol.

Dice que le gusta tener uno cerca porque le recuerda que las cosas importantes requieren tiempo, raíces y cuidado.

Esa misma visión aparece cuando habla de liderazgo.

No cree demasiado en el éxito.

Prefiere hablar de grandeza.

Porque el éxito puede medirse en cargos, reconocimientos o resultados. La grandeza, en cambio, se mide por la huella que una persona deja en los demás.

Quizás por eso defiende tanto las segundas oportunidades.

Como rector decidió abrirles las puertas a estudiantes que habían cometido errores y que muchos consideraban casos perdidos. Algunos de ellos terminaron convirtiéndose en los mejores alumnos de sus promociones.

Aquellas experiencias reforzaron una convicción que hoy mantiene intacta: las personas pueden cambiar cuando alguien decide creer en ellas.

Al terminar la conversación queda la sensación de haber conocido a alguien que, más allá de la política, sigue viéndose a sí mismo como un educador.

Un hombre que habla de futuro, pero que no olvida de dónde viene.

Que recuerda con gratitud las becas que recibió.

Que sigue emocionándose con la historia de “El Soñador”.

Que encuentra sentido en servir.

Y que parece convencido de que Colombia necesita algo más que discursos y confrontaciones.

Necesita esperanza.

Porque detrás del exministro, del rector y del candidato sigue viviendo el profesor que cree que una conversación, una oportunidad o una beca pueden cambiar un destino.

Y que una sola gota de esperanza puede transformar una vida entera.

Creado Por
Adriana Bernal
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